Cero virgenes.

Capítulo 18: Dentro de ti.

Romeo abrió la puerta con el paraguas por delante, como quien carga una bayoneta.

—¡Alto ahí!

—¡No me mates! —gritó una voz aguda.

Valeria Montenegro, descalza, en bata de seda negra y con el pelo suelto sobre los hombros, levantaba una mano en señal de rendición y sostenía con la otra su bastón, que apuntaba al suelo como un perro avergonzado. A su espalda, el pasillo se perdía en la oscuridad.

—¿Eres tú quien golpea?

—Llevo tres minutos llamando. Con el bastón. Porque no tengo otra cosa.

—¿Por qué?

—Porque he oído pasos en el piso de arriba. Pasos de alguien que cojeaba. Y luego un golpe contra tu puerta.

—Yo no he oído ningún golpe.

—Pues yo sí. Y ya que estaba... —Valeria se pasó la lengua por los labios secos—. Quería comprobar que seguís vivos.

Sandra se había incorporado en la cama, con la colcha hasta la barbilla y el móvil muerto en la mano. Ramón, a los pies, había arqueado el lomo y bufaba con la mirada fija en la abogada, algo que no hacía con nadie desde la noche del museo.

—Ramón no te quiere —observó ella.

—Los gatos son muy intuitivos.

—Eso mismo digo yo.

—Pues entonces escucha a tu gato y no a mí. —Valeria sacó un teléfono del bolsillo de la bata y se lo tendió a Romeo—. Mira.

Era una pantalla con un solo mensaje, recibido a las 2:47.

"Cuida de ella. Ya no estás sola."

Sin firma. Sin remite. Solo una ola diminuta, dibujada con un emoticono torpe.

—¿Esto qué significa? —preguntó Romeo.

—No lo sé. Pero lo he recibido casi a la vez que el vuestro.

—¿Cómo sabes que recibimos uno?

—Porque tienes la cara de quien acaba de leer algo que no le gusta. Y ella tiene el móvil apagado, que es lo que hace la gente cuando quiere esconder un mensaje.

Sandra y Romeo se miraron. Valeria, con una media sonrisa, apoyó el peso en el bastón.

—No hace falta que me creáis. Solo os pido que me dejéis pasar aquí el resto de la noche. En el sillón. Con la luz encendida.

—¿Por qué?

—Porque, por primera vez en cuarenta y ocho horas, tengo miedo.

Sandra la observó largo rato. Los ojos de Valeria, siempre tan alerta, estaban rojos y cansados, y en la comisura de los labios temblaba algo que podía ser sinceridad o un ensayo muy bueno de ella.

—Entra —dijo por fin.

—¿Segura? —murmuró Romeo.

—No —admitió Sandra—. Pero la dejamos donde podamos verla.

—Con cariño.

—Con muchísimo.

Valeria se acomodó en el sillón junto a la ventana, con las piernas dobladas y el bastón sobre las rodillas. Romeo se sentó en el suelo, junto a la cama, apoyado en la pared, con el paraguas entre las piernas. Nadie durmió. Fuera, la lluvia fue amainando hasta convertirse en un goteo cansado, y las primeras luces del amanecer tiñeron los cristales de un gris perla.

Ocho días.

---

A las diez de la mañana, la biblioteca de los Valmont se había convertido en un cuartel general.

Sobre la mesa de caoba, entre tazas, termos y un plato de churros que Lucía había traído de madrugada, alguien había desplegado un mapa del puerto viejo con chinchetas de colores. En la pared, sujeto con celo, colgaba un tablón de corcho que Gaspar había "tomado prestado" de la editorial, cubierto de fotografías, notas y un ovillo de lana roja que Dante iba enrollando de un punto a otro con la solemnidad de un detective de película.

—Este es Ferrer —dijo, clavando una chincheta en un retrato—. Este, Andrés. Este, Ambrosio, el chófer simpático. Este, Fausto, prófugo. Este, Augusto, atormentado.

—Padre no está atormentado —protestó Romeo.

—Está en la lista de "sospechosos que lloran en invernaderos".

—Es una categoría que acabas de inventar.

—Es una categoría muy útil.

Mateo, sentado en el suelo con un cuaderno, levantó la mano.

—Yo quiero un cargo.

—¿Cuál?

—Jefe de logística.

—Eres jefe de nada —dijo Dante—. Te quedaste sin gasolina.

—Fue una avería.

—Fue tu coche.

—Era el tuyo.

—Era mío, sí, pero tú conducías.

—¡Silencio! —dijo Sandra, dando un golpe en la mesa con una taza—. Tenemos ocho días. Y muchas preguntas.

Todos callaron. Era la primera vez que alzaba la voz en la casa, y el efecto fue instantáneo: Gaspar se enderezó, Ignacio dejó de mordisquear un churro y hasta Ramón, desde lo alto de una estantería, abrió un ojo con respeto.

—Bien —continuó, ya más suave—. La primera es obvia. Quiero hablar de dentro de ti.

Hubo un silencio incómodo. Lucía, que mordisqueaba un churro con la expresión de quien no ha dormido desde el miércoles, se aclaró la garganta.

—Tengo una teoría.

—Dispara.

—No te va a gustar.

—Dispara igual.

—Creo que el tercer objeto no es un objeto. —Dejó el churro en el plato—. Creo que es el bebé.

El silencio se volvió físico. Romeo sintió que el estómago se le encogía. Sandra se quedó inmóvil, con las dos manos sobre el vientre.

—Lucía...

—Piénsalo. El testamento de Alejandro exige un heredero descendiente de las dos familias. Mercedes y Alejandro. Ríos y Valmont. —Alzó las manos—. Tú eres la nieta de Mercedes. Romeo, el nieto de Alejandro. Ese niño es el único que une las dos sangres.

—Eso es una metáfora —dijo Valeria, desde su rincón.

—O un código.

—Los códigos de Alejandro eran de Morse, de música y de papel crema —replicó la abogada—. No de embriología.

—Pero dentro de ti...

—Puede ser otra cosa.

—¿Como qué?

—No lo sé. —Valeria se frotó las sienes—. Pero un testamento no se escribe con una criatura de por medio. Se escribe con objetos, con llaves, con cajas de seguridad. Si dice "dentro de ti", es que Mercedes escondió algo en el cuerpo de Sandra.

—Qué dulce —murmuró Ignacio.

—Qué espeluznante —corrigió Gaspar.

—Yo no tengo nada dentro —dijo Sandra, con un hilo de voz—. Salvo...

Se detuvo. Se miró las manos. Sus ojos, de pronto muy abiertos, saltaron de Romeo a Lucía y de Lucía al colgante de plata que ya no estaba en su cuello.




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