Romeo bajó a desayunar a las ocho menos cuarto con la camisa mal abrochada, el pelo hecho un nido y una sonrisa que no conseguía quitarse de la cara por mucho que lo intentara.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días —respondieron nueve voces, con un tono demasiado inocente.
La mesa del comedor estaba puesta para todos. Beatriz untaba mantequilla en una tostada con la concentración de un cirujano. Augusto leía el periódico del revés. Delfina removía el café con una cuchara que no había metido en ninguna taza. Dante, Mateo, Lucía, Gaspar e Ignacio se habían quedado a dormir en los sofás, y los cinco lo miraban con la expresión de quien guarda un secreto y se muere por soltarlo.
—¿Qué pasa? —preguntó Romeo.
—Nada —dijo Dante.
—Absolutamente nada —dijo Mateo.
—Hace una mañana preciosa —dijo Lucía.
—Llueve.
—Pues precisamente.
Sandra apareció tres minutos después, con el pelo húmedo, un vestido de lana verde y las mejillas del color de una granada. Se sentó junto a Romeo sin mirarlo. Él se sirvió café sin mirarla. Ninguno de los dos alzó los ojos del mantel durante medio minuto largo, hasta que Ignacio, que desde hacía un rato removía los cereales con la mirada perdida, murmuró en voz muy baja, con la cara dormida:
—....y entonces se besaron en la terraza, bajo la lluvia, y el gato rompió la taza...
Silencio absoluto.
—¡Ignacio! —dijeron seis voces.
—...y fue muy bonito, y lloré un poquito detrás de la cortina...
—¡IGNACIO!
—¿Eh? —Parpadeó, desorientado—. ¿Qué pasa?
—Estás dormido —dijo Romeo, con la cara escarlata.
—Estoy desayunando.
—Con los ojos cerrados.
—Es mi forma de concentrarme.
Delfina soltó la cuchara con un tintineo triunfal. Dante se tapó la boca con una servilleta. Beatriz, sin levantar la vista de la tostada, murmuró con voz temblorosa:
—Qué alegría, hijo.
—Madre...
—Qué alegría tan grande.
—Madre, por favor.
—Es que yo siempre lo supe —dijo Beatriz, y se desmayó con una elegancia admirable sobre el respaldo de su silla.
Augusto, sin dejar de leer el periódico del revés, alargó una mano, tomó el abanico que descansaba sobre la mesa y empezó a abanicarla con la calma de un hombre que lo hace cada semana.
—Enhorabuena —dijo, sin alzar los ojos—. A los dos.
Sandra se hundió en la silla. Romeo se tapó la cara con las dos manos. En el extremo opuesto de la mesa, Valeria, que acababa de entrar en bata de seda con su bastón, se detuvo en el umbral, miró la escena, miró a la pareja, y esbozó una sonrisa pequeña, extraña, que no tenía nada de burla.
—Vaya —dijo—. Qué mañana.
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Bernardo los esperaba en la despensa a las nueve y diez.
Los citó con una mirada, nada más. Sandra y Romeo lo siguieron entre sacos de harina, estantes de conservas y el jamón que seguía colgado del techo como un péndulo de carne. El mayordomo cerró la puerta con llave, encendió una bombilla desnuda y puso sobre un barril la llavecita de latón que había encontrado entre los pedazos de porcelana.
—La taza —dijo Romeo.
—La taza.
—¿De quién era?
—Del servicio de té de la señora Eleonora. Dinastía Qing. Cuarenta años de custodia. —Bernardo apretó los labios—. Estaba en la vitrina del salón de los retratos. Cerrada con llave.
—¿Y cómo llegó a la terraza?
—No lo sé, señor. Esa es la pregunta que me quita el sueño.
—¿Alguien tiene la llave de la vitrina?
—La señora. Y yo.
—¿Y nadie más?
—Hasta hace tres semanas, el señor Fausto. —Bernardo hizo una pausa—. Se la entregó la señora en confianza, para que sacara unos documentos.
—Fausto —murmuró Sandra.
—Quizá.
—O quizá alguien quiere que pensemos en Fausto.
—O quizá es Fausto quien quiere que pensemos en alguien más.
—Esta casa es un laberinto —dijo Romeo, con un suspiro.
—Es una familia, señor.
—Es lo mismo.
Sandra tomó la llavecita entre dos dedos y la giró bajo la luz. Medía poco más de dos centímetros. La cabeza era una estrella de ocho puntas, idéntica a la de la llave del casillero cuarenta y tres, pero más pequeña, más fina, con un dentado que parecía casi de reloj. En el vástago, grabado con un punzón, había un número diminuto.
—Un siete.
—¿Un siete?
—O una uve invertida.
—Un siete —confirmó Bernardo, que había sacado unas gafas de lectura del bolsillo—. Por la forma del trazo.
—Siete días —murmuró Sandra.
—Nos quedan ocho.
—Siete cerraduras entonces.
—O el séptimo...
—Basta —dijo Romeo, con una sonrisa cansada—. No empecemos con las numerologías.
—Es que cada vez que aparece un número...
—Lo sé. Pero necesitamos una cerradura.
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Probaron la llavecita en la hora siguiente con una paciencia que rozaba la desesperación.
Lo hicieron con el piano de cola (donde seguían escondidas las páginas del manuscrito), con la caja fuerte del despacho de Augusto, con el cofre de la ropa blanca, con el baúl de viaje de Delfina y con una cajita de música que alguien había dejado sobre una cómoda. No encajó en ninguna. Hasta el gato intentó colaborar, metiendo la nariz en un cerrojo que resultó ser el del armario de las escobas.
—Esto es absurdo —dijo Lucía, sentada en el suelo del vestíbulo con una taza de chocolate en la mano.
—Es meticuloso —corrigió Gaspar, que había ido tachando cerraduras de una lista con un lápiz rojo.
—Llevamos una hora.
—Cuarenta y siete minutos.
—Eres insufrible.
—Soy editor.
—Es lo mismo.
—Eso me ha dicho Sandra muchas veces.
En el piso de arriba, Eleonora los observaba desde el rellano, apoyada en su bastón, con la expresión de quien sabe algo y ha decidido callarlo por orgullo. Romeo la vio. Subió los escalones de dos en dos hasta quedar frente a ella.
—Abuela.
—Dime.
—La taza. La de la dinastía Qing.