La mañana siguiente al beso transcurrió en un estado de alerta mutua que habría hecho las delicias de cualquier entomólogo.
Romeo y Sandra se cruzaron seis veces antes del mediodía. En las escaleras, en el vestíbulo, en la puerta de la cocina, junto a la cafetera. Cada vez se detuvieron, se miraron, dijeron "hola" con voz de quien se acaba de aprender la palabra y siguieron su camino con las orejas encendidas. A la séptima, Ignacio, que los vigilaba desde lo alto de la barandilla con los prismáticos de ópera, anunció a gritos:
—¡Siete! ¡Se han saludado siete veces!
—¡Ignacio! —dijeron los dos.
—Es un récord. Voy a apuntarlo.
—Estás sonámbulo.
—Estoy documentando.
Dante, que acababa de bajar con el pelo revuelto y una libreta, pidió silencio con una palmada.
—Ensayo general del código. Cada uno en su puesto.
—No hay puestos —dijo Mateo.
—Los imaginamos. Tú eres la lonja. Gaspar es el tejado. Lucía, el coche de huida.
—El coche de Lucía no huye —dijo Lucía—. Agoniza.
—Pues es un coche de huida lento. Cuando oigáis "Hoy hace buen día para pescar", significa que todo va bien. Si digo "Hoy no pican", significa peligro.
—¿Y si pican? —preguntó Gaspar.
—Entonces improvisamos.
—Esto es un desastre —murmuró Sandra, y se llevó la mano al lóbulo izquierdo, donde el pendiente de su abuela brillaba con una discreción sospechosa.
—Es un desastre con método —replicó Dante, con orgullo.
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La señorita Ofelia Whitmore recibió a Eleonora Valmont a las cuatro de la tarde, sentada en la mecedora, con el chal verde sobre los hombros y un libro de Dickens abierto en el regazo.
—Llegas tarde —dijo, sin levantar los ojos.
—Hay mucho tráfico.
—Cuarenta y tres años de tráfico. Qué contrariedad.
Bernardo, de pie junto a la puerta con la gorra de chófer entre las manos, contuvo el aliento. Eleonora, apoyada en su bastón doblado, con un abrigo gris y un sombrero de ala corta, se quedó en el umbral con una expresión que él no le había visto jamás: la de una niña a punto de ser regañada.
—Ofelia.
—Eleonora.
—Estás igual.
—Mentirosa. Estoy hecha una ruina. —Cerró el libro con un golpe seco—. Tú sí que estás igual. Con la espalda de una regla y la cara de que todo el mundo te debe algo.
—Me debes una taza de té.
—Te debo una reprimenda. Siéntate. Y endereza esa postura.
—Estoy erguida.
—Estás erguida como una percha. Es distinto.
Eleonora, con un resoplido de dignidad herida, se sentó en la silla de madera frente a la mecedora. Bernardo, al ver que las dos se medían con la mirada como dos espadachines retirados, hizo una reverencia mínima y se retiró hacia el pasillo, pero no cerró la puerta del todo. Se quedó apoyado en la pared, fingiendo contemplar una litografía de un faro.
Durante un minuto largo, ninguna dijo nada.
—He leído tu carta —dijo Eleonora, por fin.
—Lo sé.
—Dices que ya es hora.
—Lo es.
—Todavía no.
—Siempre dices lo mismo.
—Porque siempre es cierto.
—Eleonora. —Ofelia se quitó las gafas y la miró de frente, con los ojos pequeños, claros, un poco acuosos por la edad—. Llevo cuarenta y tres años guardando un secreto que no es mío. Se me está cayendo de las manos.
—Lo sé.
—Voy a morirme pronto.
—No digas tonterías.
—Tengo noventa y cuatro años y una cadera de cristal. No es una tontería. Es una estadística. —Sonrió con una amargura dulce—. Y quiero irme sin que tu nieto me mire con esa cara de huérfano.
—¿Qué cara?
—La que ponía su padre a los quince años.
Eleonora cerró los ojos. Bernardo, desde el pasillo, sintió que se le encogía el estómago.
—No quiero hablar de Augusto.
—Pues hablaremos de otra cosa. —Ofelia abrió un cajón de la mesilla y sacó un sobre pequeño, de papel color crema, lacrado con una ola—. Esto me lo dio Alejandro hace cuarenta y tres años. Me dijo que te lo entregara solo cuando llegara la hora. Y que no lo abrieras antes del catorce de octubre.
—¿Por qué?
—No me lo dijo. Pero me hizo prometer que lo leerías en el rompeolas.
—¿En el rompeolas?
—Con la marea baja.
Eleonora tomó el sobre con dos dedos. Lo giró. El lacre estaba intacto. En el anverso, con una caligrafía que reconoció al instante y que le quemó los ojos, había una sola palabra.
*Leona.*
Hacía cuarenta y tres años que nadie la llamaba así.
—No lo abriré —dijo, con voz ronca.
—Lo abrirás.
—No.
—Eleonora. —Ofelia alargó una mano nudosa y le cubrió los dedos—. Te enseñé a escribir cuando tenías nueve años. Te regañé por llorar sobre los cuadernos. Y te digo ahora lo mismo que entonces: la letra es el carácter hecho visible.
—Ya lo sé.
—Pues enséñale al mundo el tuyo.
La anciana apretó los labios. Una lágrima resbaló por su mejilla y le goteó sobre el abrigo gris. Ofelia, sin soltarla, alargó la otra mano hacia un pañuelo bordado y se lo tendió.
—Suénate.
—Estoy bien.
—Suénate, he dicho. Delante de mí puedes llorar.
Eleonora obedeció. Bernardo, en el pasillo, miró hacia el techo con tanta atención que a punto estuvo de torcerse el cuello. Cuando volvió a oír la voz de su señora, sonaba más suave, casi joven.
—Gracias, Ofelia.
—De nada. Y ahora, ¿puedo pedirte una cosa?
—Dime.
—Dile a ese mayordomo que está escuchando que se anude bien la corbata. Se le ve torcida desde aquí.
Bernardo dio un respingo. Se llevó la mano al cuello. Eleonora, con la cara todavía húmeda, soltó una carcajada breve, ahogada, que le sacudió los hombros.
—Bernardo.
—Señora.
—Ven aquí.
Entró, rojo hasta las orejas, con la gorra apretada contra el pecho. Ofelia lo miró de arriba abajo con ojos de inspectora.
—Acércate.
—Señorita.
Con dos movimientos rápidos, la anciana le arregló el nudo de la corbata, le alisó la solapa y le dio una palmadita en la mejilla.