Cero virgenes.

Capítulo 20: La marea de las cinco y doce.

Sandra desayunó con una tirita de dinosaurios en el dedo índice y la sensación de tener una espina clavada en algún lugar más profundo que la piel.

—Es una herida mínima —dijo Lucía, que le había puesto la tirita con la solemnidad de una cirujana—. Pero la rosa tenía mala intención.

—Las rosas no tienen intención.

—Esa sí. Se notaba en la espina.

La rosa blanca descansaba en un vaso de agua, en medio de la mesa del comedor, como un testigo al que nadie se atrevía a interrogar. La familia entera la rodeaba con la desconfianza que se reserva a los regalos de desconocidos. Dante le había hecho una foto desde tres ángulos. Gaspar la había olido con el cuaderno en la mano. Ignacio, dormido sobre su cuenco de cereales, murmuraba algo sobre jardineros y traiciones.

Eleonora fue la última en bajar. Se detuvo ante la mesa, apoyada en el bastón, y miró la flor durante tanto rato que Sandra pensó que había vuelto a convertirse en estatua.

—Pregunten por Leona —leyó en voz alta, con la tarjeta entre dos dedos.

—Eso dice —confirmó Romeo.

—¿Dónde la encontrasteis?

—En la biblioteca. Alguien la dejó sobre la mesa mientras la luz estaba apagada.

—Qué oportuno.

—Abuela —dijo él—. ¿Quién te llamaba Leona?

La anciana tardó en contestar. Dejó la tarjeta junto al vaso, se sentó con una lentitud ceremoniosa y se alisó la falda con las dos manos.

—Tres personas —dijo—. Mi madre. Mi marido. Y Ofelia, cuando era pequeña y creía que yo no la oía.

—Tu madre murió en 1971.

—Sí.

—Tu marido murió en 1983.

—Eso dicen.

Un silencio incómodo cayó sobre la mesa. Beatriz se llevó la servilleta a los labios. Delfina, con la boca llena de bizcocho, dejó de masticar. Bernardo, junto al aparador, estudió el techo con interés.

—Entonces —dijo Sandra, con cuidado— queda Ofelia.

—Que tiene noventa y cuatro años y una cadera de cristal.

—¿Y Bernardo?

—Bernardo lo oyó una vez. Detrás de una columna. —Eleonora ni siquiera lo miró—. Y no ha vuelto a pronunciarlo jamás.

—Jamás, señora —confirmó el mayordomo.

—Entonces alguien más lo ha aprendido —dijo Romeo.

—Eso parece.

—¿Quién?

—No lo sé. —La anciana alzó la barbilla—. Pero quien sea quiere que yo sepa que lo sabe. Y que lo sepáis vosotros.

Tomó la rosa, la sacó del vaso, le quitó con dos dedos la espina más larga y la dejó caer en el plato, con un gesto tan sereno que a Sandra le recorrió la espalda un escalofrío.

—Hace cuarenta y tres años —dijo— que no veo una rosa blanca sin preguntarme cuánto tiempo falta.

—¿Para qué?

—Para que me presenten la factura.

Se levantó, se colocó la flor en la solapa del chaleco gris y salió del comedor con el paso recto y los ojos secos. Nadie dijo nada. Solo Ignacio, desde su cuenco, murmuró entre sueños:

—...con tarta de almendras, no hay factura que valga...

---

A las once de la mañana, Augusto Valmont se encerró en su despacho con el libro de orquídeas, una taza de té frío y la tarjeta crema.

Echó el pestillo. Corrió las cortinas. Se sentó frente al escritorio, a la luz tenue de una lámpara de bronce, y sacó el pequeño rectángulo de cartulina del bolsillo del pantalón. Lo puso sobre el secante. Lo miró.

Siete.

Una ola. Una fecha. Nada más.

Dio la vuelta a la tarjeta. En el reverso, con la letra inglesa de siempre, había una frase que no estaba el día anterior.

Recuerda la habitación.

Augusto cerró los ojos. Sintió el corazón golpearle las costillas, como una mano pequeña que llamara a una puerta cerrada. Pensó en una voz que decía "Ve a abrigarte. Hace mucho frío." Pensó en un taxi esperando en una calle con niebla. Pensó en la manga de una chaqueta que olía a colonia de limón y a mar.

—No quiero —susurró.

El silencio del despacho no le respondió.

—No quiero recordar.

Abrió el libro por la mitad, depositó la tarjeta entre las páginas de las orquídeas del género Cattleya y cerró el volumen con un golpe seco. Después apoyó la frente sobre las manos y se quedó así, inmóvil, hasta que el reloj de pared dio las doce.

Fuera, en el pasillo, alguien se alejó de puntillas.

---

El rompeolas del puerto viejo era una lengua de piedra gris que se internaba trescientos metros en el mar, con bloques enormes de hormigón apilados sin orden, cubiertos de algas, de gaviotas y de la costra blanca de mil tormentas. Al final había un faro minúsculo, apagado desde hacía décadas, y un último bloque más ancho que los demás, plano como un altar.

A las cinco de la tarde, el grupo entero había tomado posiciones.

—Mateo, ¿me recibes? —dijo Dante, hablando contra la solapa de su chaqueta.

—Te recibo.

—¿Dónde estás?

—En la lonja. Con un bocadillo.

—Eso no es una posición táctica.

—Es una posición estratégica. Desde aquí se ve todo.

—Pero ¿estás vigilando?

—Estoy masticando y vigilando.

—Bien. Gaspar, ¿tejado?

—En el tejado —respondió una voz temblorosa desde lo alto de un almacén de redes, a diez metros del suelo—. Con el bate. Y con vértigo.

—¡Lucía!

—En el coche —dijo Lucía, desde un utilitario verde botella aparcado junto a la escollera—. Con el motor encendido. Que es lo máximo que puedo prometer.

—¡Ignacio!

Nadie contestó.

—¡Ignacio!

—Está dormido —informó Valeria, desde un banco de piedra—. Hace diez minutos que lo veo andar hacia el agua.

—¿Hacia el agua?

—Con una caña de pescar. No sé de dónde la ha sacado.

Todos se volvieron. Efectivamente, a veinte metros del inicio del espigón, con el pijama de rayas, los prismáticos al cuello y una caña de bambú en la mano, Ignacio avanzaba con paso lento y ojos cerrados sobre los bloques mojados, tarareando una melodía incomprensible.

—¡Que se cae! —gritó Sandra.

—¡Que no se despierte! —gritó Romeo.




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