Cero virgenes.

Capítulo 20/2: Hola, hijo.

El invernadero se quedó en una oscuridad tan completa que Sandra tuvo que comprobar que seguía teniendo los ojos abiertos.

Detrás del seto, agachados en el barro, ella y Romeo contenían la respiración como dos niños escondidos en un armario. A su izquierda, a través del cristal empañado, se oía el gotear de la condensación sobre las hojas. A su derecha, muy cerca, el corazón de Romeo golpeaba con un ritmo tan fuerte que ella creyó que iba a delatarlos.

—Hola, hijo—repitió la voz, desde dentro, más suave.

—No —dijo Augusto.

Fue un susurro apenas. No parecía dirigido a nadie, ni siquiera a la sombra, sino a una puerta interior que llevaba años cerrada.

—No eres él.

—No.

—Su voz era más grave.

—Lo sé.

—Más... —Augusto tragó saliva—. Más cansada.

—Eso es porque lo recuerdas con quince años. Todas las voces de entonces eran más grandes.

Romeo hizo ademán de levantarse. Sandra le clavó los dedos en el antebrazo, con tanta fuerza que le dejó una quinta marca morada junto a las otras cuatro, y negó con la cabeza en la oscuridad, aunque él no podía verla. Le pegó los labios a la oreja.

—Prometimos...

—Es mi padre.

—Y lo estamos escuchando por primera vez sin que se rompa.

Romeo cerró los ojos. Se quedó inmóvil, con los puños apretados contra los muslos. A través del cristal, el diálogo continuaba en aquella penumbra cargada de olor a tierra y a gardenias.

—¿Quién eres? —preguntó Augusto.

—Todavía no.

—Llevo seis meses recibiendo tus cartas.

—Lo sé.

—Cada noche voy a ese banco del puerto. Cada noche encuentro un sobre bajo una piedra. —La voz se le quebró—. Me caí anoche por ti. Me torcí el tobillo.

—Lo siento.

—No lo sientes.

—Un poco.

—¿Cuánto?

—Más de lo que imaginas. —Un silencio corto—. Pero no podía acercarme antes. Tenías que llegar solo hasta aquí.

—¿Aquí adónde?

—A la habitación.

El silencio que siguió fue tan hondo que Sandra oyó el crujido de una hoja al caer.

—Estabas allí —dijo Augusto.

—Sí.

—Detrás de la puerta.

—Sí.

—Cuando mi padre grababa. Cuando me dijo que me abrigara.

—Sí.

—Me tomaste la mano.

—Te tomé la mano.

Sandra se llevó los nudillos a la boca para no gritar. A su lado, Romeo temblaba entero, con la frente apoyada contra el cristal. En el interior, Augusto emitió un sonido muy raro, a medio camino entre un sollozo y una risa.

—Yo pensaba que lo había soñado —dijo—. Que era una pesadilla. Un hombre con olor a limón que me apretaba los dedos y me decía...

—*Olvida, niño. Esta noche no ha pasado nada.*

—Eso. —La voz de Augusto se hizo diminuta—. Y yo obedecí.

—Eras un niño.

—Tengo cincuenta y ocho años.

—Por eso mismo tardaste tanto en entenderlo.

—¿Fue una orden?

—Fue una súplica. —Hubo una pausa—. Pero tú no podías saberlo.

—¿Por qué me pediste que olvidara?

—Porque si recordabas, te iban a hacer callar.

—¿Quiénes?

—Esos nombres los dirás tú el catorce.

—¡Estoy harto del catorce! —gritó Augusto, y su voz estalló en el invernadero con tanta fuerza que una orquídea se desprendió de su tiesto y rodó por el suelo—. ¡Estoy harto de fechas, de cartas, de números, de rosas, de hilos! ¡Llevo cuarenta y tres años intentando entender por qué mi padre me miró así en el muelle, por qué me mandó a casa, por qué...!

—Te mandó a casa para salvarte —dijo la voz.

Augusto se calló.

—Te mandó a casa porque había visto lo que iba a pasar. Y porque quería que durmieras, aunque fuera una noche más, en una cama caliente.

—¿Y a ti? ¿Qué te mandó?

—A mí no me mandó nada. —Una risa seca, rota—. Yo ya estaba condenado.

Fuera, Sandra sintió que se le erizaba la piel. Detrás de ella, a unos metros, algo se movió entre los arbustos con un crujido suave. Giró la cabeza de golpe. Dos ojos amarillos la miraron desde la oscuridad, a la altura del suelo, y se estrecharon en una expresión de enorme reproche.

—Ramón —susurró.

El gato, con una dignidad absoluta, salió de entre los helechos, se sentó entre los dos con las patas juntas y, tras observar la escena con los párpados entornados, soltó un estornudo larguísimo, ruidoso, indecente.

—*¡Achís!*

El silencio dentro del invernadero fue instantáneo.

—Hay alguien fuera —dijo la voz.

—Son mis hijos —dijo Augusto, con una calma cansada—. Llevan diez minutos respirando detrás del seto.

Sandra se tapó la cara con las manos. Romeo soltó un gemido ahogado y se dejó caer de espaldas en el barro, mirando el cielo sin estrellas.

—Qué vergüenza.

—Es culpa del gato.

—Es culpa de todos.

—Entrad —dijo Augusto—. Si queréis oír, entrad. Pero rápido.

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La lámpara de aceite se encendió sola.

No fue un truco. Fue un chasquido, un chisporroteo, y de pronto una llama anaranjada iluminó de nuevo la mesa de trabajo, las paredes de cristal y el corcho cubierto de cartulinas. Augusto, de pie, con las gafas torcidas y las manos todavía temblando, miraba la puerta con los ojos muy abiertos. En una de las palmeras enanas, a pocos pasos de la mesa, una silla de mimbre se mecía suavemente, vacía.

Nadie más había en el invernadero.

—Se ha ido —dijo Romeo, entrando a la carrera con el pijama manchado de barro.

—Estaba aquí.

—¿Por dónde?

—Por la trasera. —Augusto señaló una puertecita de servicio, entornada, que daba al huerto—. Siempre ha entrado y salido por ahí.

—¿Siempre?

—Lleva meses viniendo.

—¿Y tú no...?

—No lo había visto hasta esta noche. Solo oía los pasos. —Se quitó las gafas y se frotó los ojos con el dorso de la mano—. Dejaba los sobres en el banco del puerto. Pero a veces, al volver a casa, encontraba en mi mesilla una rosa blanca. Y en el invernadero, la lámpara encendida.

—¿Entonces es de la casa?




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