Cero virgenes.

Capítulo 21: La lista de los siete.

El bastón estaba en el fondo del armario de Valeria, entre un abrigo rojo y una caja de zapatos, apoyado contra la pared como si siempre hubiera vivido allí.

Era de nogal oscuro, tallado en espiral, con una empuñadura de plata mate en forma de pomo y una contera de goma desgastada por el uso. Ramón lo olisqueó de arriba abajo con la solemnidad de un perito judicial, rodeó a Valeria, se sentó sobre su pie vendado y la miró con aire de juez que aún no ha decidido.

—No lo he tocado —dijo ella.

—Nadie ha dicho nada —respondió Romeo.

—Lo estáis pensando.

—Lo estamos mirando —corrigió Sandra—. Es distinto.

—Es lo mismo cuando se hace con tanto cariño.

Eleonora se había quedado en el umbral de la habitación, con la espalda tiesa y la redecilla todavía puesta. No entró. Contempló el bastón durante tanto rato que a Sandra le pareció que hasta la lámpara de la mesilla había bajado la voz.

—Lo hizo tallar un artesano de Cádiz —dijo por fin—. En 1962. Alejandro tenía una cojera de infancia y se negaba a admitirlo, así que lo llamaba "mi complemento de caballero".

—¿Cojeaba?

—De la pierna izquierda. Muy poco. Solo cuando llovía.

—¿Izquierda? —repitió Sandra, y notó que Romeo le apretaba la mano.

—Izquierda. ¿Por qué?

—Por nada.

"El hombre cojeaba del pie izquierdo. No del derecho." Era la posdata de Ofelia. Nadie lo dijo en voz alta, pero Valeria, desde la cama, soltó un suspiro largo.

—Genial. Esto empeora por minutos.

—Tu bastón —dijo Romeo, señalando el que ella llevaba en la mano— también es de madera tallada.

—Me lo dieron en el hospital.

—¿Quién?

—Una enfermera con trenza.

—¿Es de verdad?

—Romeo —dijo Valeria, con una dulzura peligrosa—, si quisiera hacerme pasar por la sombra de tu abuelo, no le pediría el bastón a una enfermera.

—Es un argumento sólido —admitió Sandra.

—Es el único que tengo.

—Lo guardamos en la biblioteca —decidió Bernardo, con voz neutra—. Con llave. Y la llave la guardo yo.

—Como la del invernadero —dijo Eleonora.

—Como las demás, señora.

Eleonora hizo un gesto con la mano, el de quien tiene cuarenta años de práctica en dejar pasar lo que le duele. Pero cuando Bernardo tomó el bastón con las dos manos, ella dio un paso adelante, alargó los dedos, rozó apenas la plata del pomo y los retiró como quien toca un cazo al rojo.

—Está tibio —murmuró.

—Lleva horas en un armario.

—Está tibio, Bernardo.

Nadie contestó. En el pasillo, un reloj de pared dio las ocho.

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La biblioteca olía a papel viejo, a té frío y a un nerviosismo que se mascaba.

Bernardo depositó el bastón sobre la mesa de caoba, encima de un paño de terciopelo, y retrocedió un paso con las manos a la espalda. Alrededor se agolpaban Sandra, Romeo, Valeria, Lucía, Dante, Mateo, Gaspar con la rodilla vendada, un Ignacio que despertaba por fases y, al fondo, Eleonora y Augusto, sentados en dos sillones distintos, sin mirarse. Delfina había traído un plato de galletas que nadie tocó.

—Mirad esto —dijo Sandra.

Con la uña, señaló la base del pomo. Había un anillo de plata liso, casi invisible, y justo debajo, hundido en el metal con una precisión de relojero, un ojo de cerradura minúsculo con forma de estrella.

—Es del tamaño de una lenteja —dijo Gaspar.

—O de una llavecita de latón.

—Del siete —dijo Romeo.

Sandra sacó del bolsillo la llavecita de la taza. Se la tendió a Bernardo, que negó con la cabeza.

—Lo hará usted, señorita. Es de su abuela la mitad de esta historia.

—Eso no es verdad.

—Es una verdad muy educada.

Sandra tomó aire. Acercó la llave. Encajó a la primera, como si hubiera esperado cuarenta y tres años a que alguien la acompañara. Giró un cuarto de vuelta. Se oyó un clic suave, y el pomo de plata se desenroscó con un chirrido, revelando un hueco cilíndrico del grosor de un lápiz.

Dentro había un rollo de papel.

—Cuidado —susurró Lucía.

—Ya tengo cuidado.

—Pues ten más.

Sandra lo extrajo con dos dedos y lo desenrolló sobre el terciopelo. Era un papel amarillento, fino como una cebolla, cubierto de una letra inglesa perfecta y de manchas de humedad. Arriba, a modo de título, alguien había escrito con trazo firme:

Los que sabrán, y callarán.

Debajo, siete líneas. Siete iniciales, cada una con una fecha, y un breve espacio en blanco donde debería haber un verbo.

1. M. R. — 14-10-83

2. G. F. — 14-10-83

3. E. V. — 14-10-83

4. A. V. — 14-10-83

Las líneas cinco y seis estaban emborronadas por una gota de agua que había disuelto la tinta hasta dejar solo dos manchas grises, una con la forma vaga de una H. La séptima línea estaba completamente en blanco, salvo por un signo de interrogación dibujado con más cuidado que el resto, y debajo, diminuta, una ola.

Nadie respiró.

—E. V. —dijo Romeo, con la voz rota.

—Eleonora Valmont —dijo Sandra.

—A. V. —dijo Augusto, muy despacio.

—Augusto Valmont.

—Yo —dijo él, como quien lee su propio nombre en una esquela.

—M. R. —dijo Valeria—. Mercedes Ríos.

—G. F. —dijo Dante—. Gustavo Ferrer.

Nadie contestó. Eleonora se había puesto del color de la cera. No miraba el papel. Miraba un punto muy lejano, más allá de la ventana, donde la niebla se deshacía en jirones sobre los setos.

—Alejandro escribió mi nombre —murmuró.

—Eso parece.

—El día catorce. Antes de zarpar.

—Antes —confirmó Sandra.

—Sabía que yo callaría.

—Sabía que sabrías —corrigió Romeo, con cuidado—. Y que callarías. Pero no te acusa, abuela. Es una lista, no una sentencia.

—Es una profecía.

—Es una manera de decir que confiaba en que alguien lo escucharía.

Eleonora lo miró. En sus ojos grises, siempre tan duros, algo se aflojó apenas, como una cuerda que llevara cuarenta años tensa.




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