Cero virgenes.

Capítulo 22: Té, tarta y tres días.

La cocina de la mansión Valmont a la una de la madrugada era el único lugar de la casa donde nadie había instalado todavía ningún secreto.

Había una mesa de madera con la marca de cien años de cuchillos, una cafetera de cobre, un reloj de pared que llevaba atrasado un cuarto de hora desde 1994 y un olor a pan tostado que hacía pensar en infancias felices y en cuentas sin pagar. Bernardo, sin chaqué, con el delantal de lona y las mangas remangadas, servía el té en tazas de porcelana desparejadas. Valeria se había sentado junto a la ventana con la pierna estirada sobre una silla. Augusto, en bata, contemplaba la tarta de almendras con la expresión de quien ve un viejo amigo que lo ha traicionado. Romeo y Sandra se habían acomodado en el suelo, junto a la nevera, con la espalda contra la puerta y una manta compartida.

—Esto es una asamblea —dijo Sandra.

—Es un velatorio con pastel —corrigió Valeria.

—Es una cena tardía —dijo Bernardo—. Y las cenas tardías, señores, se hacen con la verdad en la mano.

—Qué frase tan bonita.

—Es de una galleta de la fortuna.

Nadie se rio, pero Ramón, desde lo alto de la nevera, se estiró con un bostezo que sonó casi a aprobación.

—Reglas —dijo Romeo, levantando un dedo.

—Otra vez con las reglas —murmuró Augusto.

—Estas son simples. Cada uno cuenta algo que no ha dicho. Una cosa. Pequeña o grande. Y nadie interrumpe.

—¿Y si no queremos?

—Entonces pasa el turno. Pero no se miente.

—Eso me parece justo —dijo Valeria.

—Empiezo yo —se ofreció Gaspar, que había aparecido en la puerta con una bolsa de hielo en la rodilla y el termo bajo el brazo—. Cuando era niño, rompí la ventana del colegio con una pelota y le eché la culpa a un compañero que se llamaba Ezequiel. Todavía me escribe cada Navidad.

—Eso no es un secreto, es un chiste —dijo Lucía.

—Es mi mayor vergüenza.

—Qué vida tan plácida has tenido.

—Es lo que digo yo.

Hubo risas pequeñas, tibias, de esas que ayudan a bajar el nivel del agua. Después fue Lucía quien dijo que en la boda había comido tres trozos de tarta antes de la ceremonia, y Dante, que había aparecido detrás de Gaspar arrastrando a un Mateo adormilado, confesó que seguía debiendo diez pesos a Mateo y que llevaba tres meses fingiendo que no. Mateo, sin abrir los ojos, murmuró que lo sabía y que lo apuntaba todo.

Cuando le tocó a Sandra, tomó aire.

—Tengo un pendiente que no puedo quitarme —dijo— y creo que me lo puso mi abuela por alguna razón que todavía no entiendo. Y tengo miedo de lo que haya dentro.

Silencio. Romeo, a su lado, le apretó la mano por debajo de la manta.

—Yo —dijo él—. Tengo miedo de que mi padre recuerde. Y tengo más miedo de que no recuerde.

Augusto levantó la cabeza de golpe. Se miraron. El té de ambos humeaba entre las manos.

—Yo —dijo Augusto, muy despacio, después de un silencio largo— tengo miedo de que ese hombre que me tomó la mano fuera alguien a quien quise.

Nadie dijo nada. Bernardo dejó la tetera sobre la mesa con una delicadeza exagerada.

—Yo no tengo miedo —dijo Valeria—. Tengo rabia. Y una hermana.

—Eso ya lo hemos oído.

—Pero no lo habíais oído en voz alta, con tarta.

—Es verdad. —Sandra sonrió—. Mejora con el azúcar.

Fue entonces cuando la puerta de la cocina se abrió con un chirrido lento y por ella entró Eleonora Valmont, con un camisón gris, una rebeca de lana y la redecilla en el pelo. No traía bastón. Caminaba con una mano apoyada en el marco de la puerta, y a Sandra le pareció que en las últimas veinticuatro horas se había encogido varios centímetros.

—Hace diez minutos que os oigo —dijo.

—Abuela...

—No me interrumpáis. —Se acercó a la mesa, retiró una silla con dos dedos temblorosos y se sentó—. Quiero participar.

Un silencio absoluto. Bernardo, sin una palabra, sirvió una taza y la colocó delante de ella. Eleonora la rodeó con las manos, aunque no bebió.

—Tengo algo que contar —dijo—. Que no he contado jamás.

—Señora —murmuró Bernardo—, no es necesario.

—Es necesario, Bernardo. Llevo cuarenta y tres años diciendo que no. —Alzó los ojos grises, que brillaban con una luz extraña—. La noche del naufragio, cuando todos dormían, bajé al rompeolas sola. Con el anillo de Mercedes en la mano. Se lo había encontrado Gustavo en el bolsillo del chaleco de mi marido, y me lo trajo a casa envuelto en un pañuelo.

—¿Gustavo?

—Sí. Fue él quien me lo entregó. Me dijo: "Esto era de ella. Tíralo, Eleonora. Tíralo antes de que te quemes."

Nadie respiró.

—Lo lancé al mar con toda mi rabia. Y resbalé. Los bloques estaban mojados. Me caí de cabeza, entre dos rocas, al agua negra. Recuerdo el frío. Recuerdo que pensé: "Qué ridícula, morir por una joya."

—Eleonora —susurró Sandra.

—Y entonces alguien me agarró del brazo.

El reloj atrasado del fondo de la cocina dio la una y cuarto.

—Fue una mano fuerte. Cálida. Me sacó del agua con una sola sacudida. Me dejó sobre la roca, tosiendo. Y una voz de hombre, grave, que no reconocí, me dijo muy bajo: "Vete a casa, Leona."

—¿Leona? —dijo Romeo, casi sin voz.

—Me llamó Leona. —Se le quebró la voz—. Y yo pensé que era Alejandro. Que el mar se lo había devuelto. Que venía a regañarme una vez más por llorar sobre cuadernos.

—¿Lo viste?

—No. Estaba de espaldas. Lo único que vi fue una silueta alta, con un sombrero, que se alejaba por el espigón con un paso desigual.

—Cojeaba.

—Cojeaba. —Eleonora cerró los ojos—. Y desde entonces, cada noche del catorce de octubre, durante cuarenta y tres años, he esperado que volviera. Para darle las gracias. Para insultarlo. Para preguntarle quién era.

Nadie dijo nada. Bernardo se llevó dos dedos a los ojos con la discreción de un lord. Augusto, sentado a la mesa, había palidecido hasta quedar del color de la tarta.

—Madre —dijo, en un hilo—. ¿Y por qué no me lo contaste?




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