El sombrero cayó al suelo con un golpe de fieltro, y durante tres segundos nadie dijo nada.
Era un rostro de hombre muy viejo, curtido por mil inviernos de sal, con una barba blanca recortada al ras, unas cejas tan pobladas que parecían dos gaviotas dormidas y unos ojos de un azul desteñido, casi gris, que miraban a Romeo con una ternura absolutamente desproporcionada para la situación. Tenía la nariz rota por un lado, una cicatriz fina que le cruzaba la mejilla izquierda y las manos enguantadas de cuero negro, apoyadas en la empuñadura de un bastón de madera sin tallar.
Romeo bajó muy despacio el bastón de nogal.
—No puede ser —dijo.
—Hola, grumete.
—¿Capitán...?
—Eusebio. Capitán Eusebio Roldán, para los que me quedan.
—Capitán Eusebio —repitió Romeo, y la voz se le quebró en la mitad—. Usted... usted me enseñó a pescar.
—En el espigón del puerto viejo. Con una caña de bambú y un anzuelo oxidado. —El viejo sonrió, y la sonrisa le arrugó todo el rostro—. Pescaste una zapatilla. La primera vez. Y lloraste, porque creías que era una lubina muerta.
—Tenía seis años.
—Siete. Lo recuerdo bien. Fue un martes.
—Usted desapareció cuando yo tenía doce.
—Un verano. Sin despedirme. —Bajó la mirada—. Fue lo más cobarde que he hecho en mi vida, y tengo en el expediente cosas bastante feas.
Sandra, a medio paso de Romeo, había dejado de respirar. Ramón, encaramado a su pila de cajas, bajó de un salto con la cola enhiesta, cruzó el desván con paso de diplomático, se frotó contra el bastón del viejo y se sentó sobre su bota con un ronroneo atronador.
—Este gato me conoce —dijo el capitán, con voz ronca.
—Conoce a todo el mundo —dijo Sandra.
—No. A casi nadie. —Se agachó con un crujido de rodillas y le rascó detrás de las orejas con dos dedos nudosos—. A mí me conoce porque le di jamón en una boda.
—¿En nuestra boda?
—Estaba en el jardín, escondido detrás de un seto. —Alzó los ojos, con un destello travieso—. No pude resistirme. Es una costumbre mía: ver a los que quiero casarse desde las sombras.
Bernardo, que no había dicho una palabra, dio un paso al frente con el rostro tan pálido que parecía de cera.
—Capitán —dijo, con un hilo de voz.
—Bernardo, muchacho.
—Usted figuraba como fallecido.
—Figuro en muchas listas.
—Cuando su hermano Anselmo... —Se llevó una mano al pecho—. Su hermano Anselmo, el archivero, me lo contó. Que había visto su nombre en la lista de tripulantes. Que no había vuelto.
—Mi hermano Anselmo es un hombre muy bueno y muy mal informado. —El capitán se incorporó con ayuda del bastón—. Nunca estuve en esa lista.
—¿Cómo?
—No aparecía. Ni yo, ni mi sombra. —Hizo una pausa—. Subí al Estrella del Norte como polizón.
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Se sentaron sobre los baúles, formando un corro extraño entre maniquíes cubiertos de sábanas y lámparas sin pantalla. La luz de la claraboya caía en diagonal sobre el polvo, dibujando un cono dorado que pasaba, sin pedir permiso, por encima de la cabeza de cada uno. Bernardo, tras dudar medio segundo, sacó un termo de su chaleco y sirvió té en tres tazas de latón.
—Siempre llevo uno encima —murmuró.
—Eres un hombre de recursos —dijo el capitán.
—Cuarenta años, capitán.
—Cuarenta y tres —corrigió el viejo, y sonrió con tristeza—. Los que cumplimos todos a la vez.
Romeo se había sentado en un baúl, con las manos entre las rodillas y la mirada clavada en aquel rostro que, de pronto, le devolvía el olor a algas, el balanceo de una barca y el tacto áspero de una cuerda de pesca. A su lado, Sandra le había tomado una mano y la apretaba sin darse cuenta.
—Capitán —dijo él, con mucho cuidado—. Necesito saber una cosa.
—Dispara.
—¿Usted es el hombre del sombrero?
—Soy uno de ellos.
—¿Uno?
—Hay más de uno. Siempre los hubo. —Dio un sorbo al té y arrugó la nariz—. Esto está frío.
—Perdone.
—No, no. Lo prefiero así. Me recuerda a cuando navegaba. —Dejó la taza sobre un maniquí y entrelazó las manos enguantadas sobre el pomo del bastón—. Os lo contaré a medias. Porque lo que sé a medias es lo único que puedo contar sin faltar a una promesa.
—¿A quién se la hizo?
—A Alejandro. —Hizo una pausa que a Sandra le pareció infinita—. La noche antes de zarpar. Me llamó a su despacho a las once. Yo era contramaestre del Estrella, pero esa noche no me tocaba guardia. Me dijo: "Eusebio, quiero que mañana subas al barco sin que nadie te vea".
—¿Por qué?
—Porque no se fiaba de su propia tripulación.
—¿De quién?
—De alguien. No me dijo el nombre. —Alzó los ojos—. Y yo no pregunté. Era un hombre al que se le obedecía sin hacer preguntas. A veces creo que ese fue mi mayor error.
—¿Y subió?
—Subí. Me escondí en el pañol de las cuerdas, junto a la sala de máquinas, con una linterna, un bocadillo y una pistola de bengalas. Y desde ahí vi lo que pasó.
Nadie respiraba. Ramón, sobre la bota del viejo, había dejado de ronronear y miraba a todos con los ojos entornados.
—Vi a un hombre bajar a la sala de máquinas a medianoche. Con una caja de herramientas. Alguien de la tripulación, o eso pensé. Llevaba un uniforme azul y una gorra que le tapaba la cara.
—¿No lo reconoció?
—Estaba oscuro. Y yo estaba asustado. —Se pasó una mano por la barba—. Pero lo vi trabajar. Dos horas. Cortando cables. Sustituyendo piezas. Con una precisión de relojero.
—Un sabotaje.
—Un trabajo de profesional. —El capitán hizo una mueca—. Y entonces, hacia las dos y media, ocurrió algo que todavía no entiendo.
—¿Qué?
—Se detuvo. Se quedó parado, con las pinzas en la mano, mirando el suelo. Como si dudara. Y luego, muy bajito, dijo algo.
—¿Qué dijo?
—"Perdóname, Mercedes."
Un silencio helado cayó sobre el desván. Sandra sintió que se le erizaba el vello de los brazos. Era la misma frase que ella había escrito en las cuatro páginas del final de su novela, la que había salido de su memoria sin que supiera de dónde. Romeo la miró con los ojos muy abiertos.