Iván Roldán bajó del tejado por la escalera de incendios con la cámara apretada contra el pecho y la cara del color de un folio.
Bernardo le abrió la puerta del desván sin una palabra, con la dignidad de quien ya ha visto entrar por la claraboya a todo tipo de gente. El fotógrafo se quedó en el umbral, entre cristales rotos y maniquíes cubiertos de sábanas, con la gabardina beige llena de polvo y una expresión que ninguno de los presentes le había visto jamás: la de un hombre al que han quitado el suelo de debajo de los pies sin avisar.
—¿Cómo ha dicho? —preguntó.
—Que eres igualito que tu padre —repitió el capitán Eusebio, con el sombrero apretado contra el pecho.
—Mi padre murió hace cuarenta y tres años.
—Lo sé. Lo vi zarpar.
—Usted no puede saber eso.
—Iván Roldán, marinero de segunda. Un metro setenta y dos, bigote de morsa y una cicatriz en la ceja por una pelea con un cocinero. —El viejo sonrió con una tristeza inmensa—. Silbaba mal. Le decíamos el Desafinado.
Iván dejó caer la cámara. Colgó de la correa y se balanceó contra su vientre como un péndulo.
—Mi madre... —empezó, y le falló la voz—. Mi madre guarda en la cómoda una foto de mi padre con un marinero que tiene bigote y una nariz torcida. Siempre me ha dicho que era su hermano. Mi tío. Que se perdió en el mar el mismo verano.
—Es que tenía bigote.
—Ahora lo lleva en la barba.
—Es una evolución.
Hubo un silencio de tres segundos. Después Iván cruzó el desván con tres zancadas, tropezó con una lámpara sin pantalla y se echó en los brazos del capitán con tanta fuerza que los dos estuvieron a punto de caer sobre un baúl. Se oyó un sollozo ahogado, un "tío" que sonó a niño de cinco años y el crujido de dos espaldas viejas que llevaban demasiado tiempo cargando.
Sandra le tendió un pañuelo de papel a Romeo, que le tendió otro a Bernardo, que le tendió el suyo bordado a Eleonora, que lo rechazó con un gesto de dignidad y se secó los ojos con la manga de la rebeca. Ramón, sentado sobre una pila de cajas, bostezó con la aprobación de un crítico teatral.
—Entonces el jueves —dijo el capitán, separándose para mirarlo— fuiste tú quien se cayó del cerezo del jardín de los Valmont.
—Me resbalé.
—Estabas fotografiando una ventana.
—Es mi trabajo.
—Es una vergüenza familiar.
—Tío...
—Te lo digo con cariño. —El viejo le alisó la gabardina con dos manotazos—. Tu padre se habría muerto de la risa.
—Por eso me he pasado un año subido a árboles —dijo Iván, con una risa húmeda—. Porque quería saber qué pasó. Y nadie me contaba nada.
—Ahora sí.
—¿Todo?
—Casi todo. —Eusebio le puso una mano en el hombro—. Lo que sé a medias. Que es lo que pude prometer.
Iván se enjugó la cara con el dorso de la mano. Después, muy despacio, descolgó la cámara de su cuello, sacó la tarjeta de memoria con dos dedos temblorosos y se la tendió a Sandra.
—Es lo de esta tarde. Las fotos del desván. Del capitán. De todos.
—No tienes por qué...
—Sí tengo. —Alzó la barbilla—. No voy a publicar esto jamás. Ni esto ni nada que ponga en peligro a mi tío. Yo no soy un paparazzi.
—Eres las dos cosas —dijo Sandra, con una sonrisa—. Hay que comer.
—Pues voy a ser solo una. —Se aclaró la garganta—. ¿Os sirve un tipo con furgoneta, depósito lleno y mucha experiencia en esconderse en árboles?
—Nos sirve cualquiera que sepa tirar una piedra al agua —dijo Romeo.
—Eso lo hago de maravilla.
—Entonces bienvenido.
Cuando la noticia llegó al resto del equipo, Dante, con un cuaderno en la mano y una seriedad desmedida, lo nombró en el acto Jefe de Reconocimiento Aéreo (Árboles). Iván aceptó el cargo con una reverencia. Gaspar, desde la rodilla vendada, preguntó si él también podía tener un título. Le asignaron Responsable de Caídas.
---
Esa noche, a las doce y diez, sonó el móvil de Sandra.
Contestó sentada en el borde de la cama, con el pelo suelto, el cuaderno de espiral abierto sobre las rodillas y un hombre dormido a su lado, con un brazo extendido sobre la colcha y la boca entreabierta. No había muralla de cojines. Ni conejo de centinela. Solo un gato naranja enroscado a los pies y una puerta interior abierta de par en par, como una promesa.
—¿Heliodoro?
—Con ciencia y sin sueño —respondió la voz del técnico, bajita, con un fondo de zumbidos—. Tengo un avance. Pequeño. Pero un avance.
—Dígame.
—Sobre la palabra que se borró en la cara B. "Se llama..."
Sandra dejó de respirar. A su lado, Romeo abrió un ojo, y al ver su cara se incorporó de golpe, buscando sus gafas imaginarias.
—He recuperado el primer sonido.
—¿Una letra?
—Una consonante. Fricativa. Sorda. —Se oyó el crujido de una silla—. Es una f, o una s, o una z muy flojita. La cinta está tan dañada que no consigo distinguir.
—¿Una f?
—O una s.
—F de Fausto —murmuró Romeo.
—S de Sandra —dijo ella, con un escalofrío.
—O de Ferrer. O de Sebastián. O de Soledad. O de una señora que no hemos conocido. —El técnico suspiró—. Mañana tendré más. O no. La ciencia es una amante caprichosa.
—Gracias, Heliodoro.
—No me las dé. Duerma. Su cara de insomnio se oye hasta por teléfono.
Colgó. Sandra se quedó mirando la pantalla apagada con los labios apretados. Romeo, sin decir nada, le puso una mano en la espalda y la fue acercando hasta que ella apoyó la frente en su pecho.
—No es una s—dijo él.
—No lo sabes.
—Lo sé. Porque si lo fuera, serías la séptima, y tú ya has hecho demasiado por esta casa para que te pongan en una lista.
Sandra soltó una risa temblorosa contra su camiseta.
—Qué razonamiento tan poco científico.
—Es un razonamiento de marido.
—Todavía no te he perdonado.
—Lo sé.
—Pero ya casi.
—También lo sé.
Se acostaron sin hablar más. Ramón saltó al centro de la colcha, dio tres vueltas y se hizo un ovillo entre los dos con un ronroneo de vecino que ha aprobado la reforma. Antes de dormirse, Sandra buscó a tientas la mano de Romeo.