Cero virgenes.

Capítulo 24: La caja de zapatos de Ernesto

Ernesto Ríos no soltó la caja de zapatos ni cuando Bernardo le ofreció tomar su sombrero, su abrigo y su paraguas, ni cuando Ramón se le enroscó entre los tobillos con un ronroneo de bienvenida.

—Es mejor que la lleve yo —dijo—. Me da calma.

—Naturalmente, señor —respondió el mayordomo, sin insistir.

Le temblaban las manos. Tenía el traje gris empapado hasta las rodillas, el pelo canoso pegado a la frente y los zapatos llenos de barro. En el vestíbulo, bajo la araña de cristal, miraba el techo, las columnas y los retratos con la expresión de quien entra en una iglesia sin saber si lo han invitado.

—Papá —dijo Sandra, agarrándole las dos manos—. ¿Has venido conduciendo?

—Cien kilómetros.

—Con esta lluvia.

—Con los limpiaparabrisas a mano. —Esbozó una sonrisa trémula—. Se rompió el motor a mitad de camino. Los he movido yo con un cordel desde la ventanilla.

—Eso es una locura.

—Es un truco de marinero.

—¿Y por qué no llamaste?

—Porque si llamaba, no venía. —Bajó la voz—. Esta tarde, al volver de comprar sardinas, encontré un sobre debajo de mi puerta.

—¿Qué sobre?

Ernesto metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un papel color crema, doblado en tres, ligeramente húmedo. Sandra lo desplegó. Una letra inglesa. Una ola. Cinco palabras.

"Cuéntale lo de Marina. Ya."

—Sin firma —dijo Romeo.

—Sin falta —dijo Ernesto—. Hace treinta años que no escribo esa palabra en voz alta.

—¿Marina?

—Marina.

Se hizo un silencio. Valeria, de pie en el último escalón, apoyada en el bastón, se había quedado blanca como la cal. Bernardo, junto a la puerta, bajó la mirada con una rapidez que a Sandra le pareció demasiado rápida.

—Será mejor que pase a la biblioteca, señor Ríos —dijo, con voz neutra—. Prepararé té.

—Y sardinas —dijo Ernesto, y sacó de otro bolsillo una bolsita de plástico que olía inconfundiblemente a puerto—. Por si hay hambre.

—Papá.

—Es una tradición.

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La biblioteca, a la una de la madrugada, parecía una sala de espera de un tribunal.

Habían despertado a media casa. Beatriz, con una bata de seda rosa y una mascarilla de pepino que no había tenido tiempo de quitarse, se sentó en el diván con las manos entrelazadas. Augusto ocupó un sillón de orejas, con las gafas empañadas y un libro de orquídeas abierto en las rodillas. Delfina trajo una bandeja con galletas (de las de mantequilla, de las seguras) y se quedó de pie junto a la chimenea, sin saber dónde ponerse. Lucía llegó con un abrigo sobre el pijama de dinosaurios y una bufanda hecha un ovillo. Dante, Mateo y Gaspar se amontonaron en el suelo, junto a un Ignacio que había recuperado el color pero seguía bostezando con los ojos entornados.

Eleonora fue la última en entrar. Apoyada en el bastón, con la redecilla en el pelo y el rostro hecho de cera, se detuvo en el umbral y miró al hombre del traje gris, que se había puesto de pie con una rapidez de colegial.

—Señora Valmont —dijo él, con una inclinación torpe.

—Señor Ríos.

—Soy el hijo de Mercedes.

—Lo sé. —Los ojos grises recorrieron su rostro, el de un hombre de sesenta años, ancho, amable, con las ojeras de quien se acuesta demasiado tarde—. Tienes sus manos.

—Eso me dicen.

—Y su manera de apretar la mandíbula cuando no sabes qué decir.

—Es un defecto familiar.

—Todas las familias tienen alguno. —Hizo un gesto con la barbilla—. Siéntate. No me gusta ver a un hombre de pie en mi casa a estas horas.

—Gracias.

—Y quítate esa chaqueta, que estás calado.

—Estoy bien, señora.

—Bernardo, tráele una manta.

—Ya viene, señora.

Ernesto se sentó en el borde de un sillón, con la caja de zapatos sobre las rodillas, y se quedó mirando la tapa sin decir nada. Fuera, la lluvia golpeaba los cristales con la terquedad de quien llama a una puerta desde hace años. Ramón saltó a su regazo, se acomodó sobre la caja y dejó escapar un suspiro de gato satisfecho.

—Mi madre hablaba de usted —dijo Ernesto, al fin.

—¿Bien o mal?

—Con respeto.

—Qué decepción.

—Decía que era la mujer más terca que conocía. Y que por eso la admiraba.

Eleonora soltó un resoplido que podría haber sido una risa o una tos. Se acomodó en el sillón junto a Augusto, con la espalda tan recta como siempre, y cruzó las manos sobre el bastón.

—Habla.

—Es una historia larga.

—Tenemos toda la noche.

—Y muy desordenada.

—Empieza por el principio, entonces.

Ernesto asintió. Alzó la tapa de la caja con dos dedos temblorosos y la dejó sobre la alfombra.

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—Nunca he sabido contar bien las cosas —empezó—. Mi madre decía que yo hablaba como quien pesca: tirando de un sedal sin saber qué hay al otro lado. Así que perdonen si me enredo.

Dentro de la caja había una cinta de raso rojo, un puñado de dibujos infantiles a lápiz, un zapatito de lana azul y una fotografía en blanco y negro de bordes festoneados.

—Mi madre, a los cuarenta y siete años, empezó a salir los domingos. —Hablaba despacio, buscando cada palabra—. Primero pensé que tenía novio. Qué tontería. Después pensé que iba a misa. No iba a misa. Un día la seguí.

—¿Adónde iba?

—A un hogar de niñas. En las afueras. Nuestra Señora de la Esperanza.

Valeria dejó escapar un sonido seco, como el de una ramita al romperse. Sandra, a su lado, le tomó la mano.

—Se sentaba en un banco del patio —prosiguió Ernesto— con una bolsa de caramelos. Y una niña venía corriendo, con los rizos revueltos y unos ojos de un verde casi gris. Se le tiraba al cuello. Se llamaba Marina.

—Marina —repitió Sandra.

—Mi madre la quería con locura. Yo nunca le pregunté por qué. A veces hay preguntas que son una puerta, y una la mira desde fuera y piensa: mejor no.

—¿Dijo alguna vez de quién era hija?

—Dijo que era hija de una promesa.




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