Cero virgenes.

Capítulo 25: La víspera

El ángel llevaba cuarenta y tres años escupiendo agua, y su silencio era tan raro que a las seis de la mañana la mitad de la casa había bajado al jardín a mirarlo.

Estaban todos en pijama, abrigos y botas de goma desparejadas. Delfina había traído una manta para el ángel, por si tenía frío. Beatriz, desde la terraza, observaba con la expresión de quien presencia un eclipse. Ignacio, completamente despierto por primera vez en una semana, aseguraba que lo había soñado la noche anterior, con todos los detalles, y que en el sueño la fuente decía "ya era hora".

—No digas tonterías —dijo Dante.

—Es una advertencia.

—Es una tubería.

—Es las dos cosas.

Sandra y Romeo se acercaron al borde de piedra, con Valeria y Ernesto detrás. La lluvia había cesado de madrugada, y en el aire flotaba un olor a hierba aplastada y a mar lejano. En la pila de la fuente, sin el chorro que llevaba medio siglo agitándola, el agua se había quedado quieta como un espejo. En su fondo, a un metro de profundidad, se distinguían las baldosas azules, un par de monedas y el reflejo de un cielo sin nubes.

De la mano derecha del ángel, tendida hacia delante, colgaba un hilo de plata con un colgante gris.

Sandra lo desprendió con dos dedos. Era el suyo. La piedra, la cadenita, el broche un poco torcido que su padre le había reparado en la boda. Lo sostuvo en la palma de la mano y notó que le temblaban los dedos.

—Lo ha devuelto.

—*Gracias por guardármelo* —dijo Romeo, citando la tarjeta del museo—. Y ahora, gracias por el préstamo.

—Qué educado.

—Es un villano de cuna.

—¿Mira esto? —dijo Valeria, agachada junto a la base de la estatua.

El pedestal del ángel era un cilindro de piedra gris, cubierto de musgo, con las alas apoyadas en una cornisa y un círculo de bronce en la parte frontal, justo a la altura de las rodillas de la figura. Valeria había raspado el verdín con la uña. Debajo apareció un relieve fino: un ala de pájaro, con las plumas grabadas una a una, y en el centro, muy pequeño, un agujero de cerradura.

—Una llave con forma de ala —dijo.

—Marina —susurró Sandra.

Sacó la llavecita de plata ennegrecida que descansaba en un pañuelo de seda dentro de su bolsillo. Valeria se la tomó, con un cuidado casi reverente, y se la devolvió.

—Tienes que ser tú.

—¿Por qué?

—Porque la llevabas en el cuerpo.

Sandra miró a Romeo. Él asintió con una sonrisa pequeña. Se arrodilló en la hierba mojada, apartó el musgo con los dedos y encajó la llave en la cerradura. Entró sin esfuerzo. Giró un cuarto de vuelta. Se oyó un chasquido leve, casi musical.

El círculo de bronce se abrió como la tapa de un reloj de bolsillo.

Detrás había un hueco, no más grande que una caja de cerillas, forrado de terciopelo verde. Dentro, perfectamente colocados, tres objetos.

Un lazo de raso blanco, algo amarillento, con un nudo pequeño y deshilachado en una punta.

Un rollo de película fotográfica, de los antiguos, guardado en un canuto de plástico negro.

Y un silbato de latón, diminuto, del tamaño de un dedo, con una estrella de ocho puntas grabada en la boquilla.

Sandra tomó el lazo. Valeria lo vio y se llevó las manos a la boca.

—Es el suyo —dijo, con la voz hecha trizas—. El que llevaba el último domingo. Se lo ató mi hermana... Marina se lo ató sola, con la lengua fuera, y le quedó torcido.

—Parece que le quedó torcido a propósito —dijo Ernesto, con ternura—. Era muy suyo.

—¿Y el silbato?

Nadie lo sabía. Romeo lo tomó entre los dedos y lo miró bajo la luz del amanecer. Después, con el aire de quien está a punto de hacer una locura, se lo llevó a los labios.

—No lo soples —dijo Sandra.

—Es solo una prueba.

—Es lo que dice siempre el principio de una película de terror.

—Una nota. Suave.

—Romeo.

Sopló.

Fue un sonido finísimo, casi inaudible, de una pureza extraña. Una sola nota, aguda y limpia, que se alargó en el aire del jardín como un hilo de seda. Todos contuvieron el aliento. En la terraza, Beatriz se santiguó. Ramón, sentado en el borde de la pila, estiró las orejas con un gesto de profundo reconocimiento.

—Eso es un mi —dijo una voz a sus espaldas.

Se giraron a la vez. Leandro, en la puerta del jardín, vestido de jardinero con un mono verde, un sombrero de paja y una regadera en la mano, los miraba con una ceja arqueada y la barba un poco menos postiza que la última vez.

—¡Leandro! —gritó Romeo.

—Chsss. Estoy regando.

—Estás en nuestro jardín.

—Con una regadera. Es una tapadera excelente.

—¿Hace cuánto que estás aquí?

—Desde las cinco. Detrás del seto. Con una manta. —Se acercó con paso despreocupado y se agachó junto al silbato—. Un mi. La sexta cuerda. El de la tablatura, el compás cuarenta y tres. Eso es lo que Alejandro quería que oyéramos.

—¿Qué significa?

—Que el silencio de la habanera no es un silencio. Es una nota. —Le dio un golpecito al silbato con el dedo—. Y esta nota tiene que sonar en un sitio concreto, en un momento concreto.

—¿Dónde?

—No lo sé todavía.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque siempre es cierto. —Sonrió y le tomó el rollo de película a Sandra—. Esto lo revelo yo. Conozco a un tipo que tiene un cuarto oscuro en el sótano de un teatro.

—Es peligroso.

—Es un teatro. —Se guardó el canuto en el bolsillo del mono—. Os veo mañana. Por si acaso.

Y echó a andar hacia el huerto con la regadera, silbando por lo bajo algo que a Sandra le puso la piel de gallina. Romeo lo siguió con la mirada.

—Es la habanera —dijo.

—Con el compás cuarenta y tres bien tocado —confirmó Valeria.

—Está perfecta.

—Es un genio.

—Es un cotilla con barba —dijo Romeo, y le salió una sonrisa.

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Bernardo los esperaba en la despensa.

No lo había citado nadie. Estaba de pie junto al barril de la harina, con el chaqué impecable, las manos a la espalda y la expresión de quien lleva una hora preparando un discurso que no piensa pronunciar. Sandra cerró la puerta con llave. Romeo, a su lado, se apoyó en un estante de conservas con los brazos cruzados.




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