A las diez de la noche, la familia Valmont descubrió que no sabía estar despierta sin motivo.
Beatriz se había sentado en el sofá del salón con una labor de punto que llevaba tres años sin terminar y que esa noche avanzó cuatro filas. Delfina, incapaz de cocinar por decreto familiar, reorganizó el aparador de la vajilla por colores, luego por tamaños y por último por orden alfabético, con el desconcierto de quien no sabe dónde poner un salero. Ignacio, que por primera vez en semanas no tenía sueño, se paseaba por el vestíbulo con los prismáticos de ópera, vigilando la puerta con una dedicación conmovedora.
—Esto es insoportable —dijo Dante, tirado en una alfombra con los zapatos en la mano.
—Es una vigilia —corrigió Gaspar, con la rodilla en alto y una bolsa de guisantes congelados.
—Es una sala de espera con chimenea.
—Es lo mismo, pero con mejor ambiente.
Fue Ernesto quien rompió el hechizo. Desde su sillón, con la manta sobre las rodillas y media sardina olvidada en un platillo, soltó una tos educada y preguntó:
—¿Alguien sabe jugar al mus?
Hubo un silencio sorprendido.
—Yo —dijo Lucía.
—Yo también —dijo Mateo.
—Yo lo vi una vez en la tele —dijo Ignacio.
—Perfecto. Con cuatro tenemos pareja. —Ernesto sacó del bolsillo del chaleco una baraja española con las esquinas dobladas y la dejó sobre la mesa con una solemnidad de croupier—. Parejas contra parejas. Y el que pierda friega los cacharros.
—Yo no friego —dijo Romeo.
—Nadie te lo ha pedido, hijo.
—Perdón. Es el instinto.
Se formaron las parejas con una mezcla de ceremonia y escándalo. Ernesto y Lucía contra Dante y Mateo, para empezar. Después, cuando Gaspar insistió en que él también era un estratega de talla mundial, hubo que improvisar un torneo con eliminatorias, un cuaderno de puntuaciones y una disputa sobre si los mellizos de Delfina contaban como pareja (no existían, pero ella lo defendió con una vehemencia de abogada).
A las once y media, la final enfrentaba a Sandra y Valeria contra Romeo y Augusto. O contra Romeo y la silla vacía de Augusto, porque nadie tuvo valor de retirarla, y a falta de pareja, Ramón se subió a ella con una pata levantada, asumiendo el cargo con una dignidad de ministro.
—Es un gato —dijo Valeria.
—Es un jugador —dijo Romeo.
—No sabe contar.
—Tiene más intuición que tú.
—Eso es verdad —admitió ella.
Lo que ocurrió después fue una masacre.
Sandra jugaba al mus como lo hacía todo: con una sonrisa dulce y una mirada que a Romeo le recordaba, cada vez que levantaba una carta, a un tiburón con gafas de lectura. Envidó a la grande con tres reyes. Subió el órdago a la pequeña con un as y un dos. Ganó el punto con un juego que él juraba imposible. Valeria, a su lado, repartía guiños, silbidos y señas con la oreja que dejaron a toda la mesa atónita.
—Eso son señas —protestó Romeo.
—Son movimientos naturales.
—Te has tocado el lóbulo tres veces.
—Me pica.
—Tienes el pendiente vacío.
—Por eso me pica más.
—Esto es una conspiración.
—Esto es una partida limpia. —Sandra apoyó la barbilla en una mano—. Lo único que ocurre es que te estoy ganando.
—Con tres reyes.
—Con tres reyes y una mirada.
—¿Qué mirada?
—Esta.
Lo miró. Fue una mirada larga, lenta, de ojos muy abiertos y labios entreabiertos, la que ponía cuando algo le divertía de verdad. Romeo sintió que se le olvidaba hasta el nombre de la baraja. Dejó caer la carta que sostenía. Se le cayó sobre el mantel, boca arriba. Un tres de copas.
—Gané —dijo ella.
—No he apostado todavía.
—Ya lo has hecho.
—¿Cómo?
—Con la cara.
Estalló una carcajada general. Hasta Eleonora, que presidía la mesa con una taza de tila y la rectitud de un juez de instrucción, se tapó la boca con los dedos. Romeo se dejó caer contra el respaldo, derrotado, con una sonrisa que no conseguía esconder.
—Cero apuestas contra mi esposa —murmuró—. Regla nueva.
—Apúntala —dijo Sandra.
—Ya está apuntada.
—¿Dónde?
—Aquí. —Se llevó la mano al pecho—. Con letra pequeña.
—Qué cursi.
—Es una cursilería con fundamento.
—Y con diecisiete rotas más —dijo ella, y sacó del bolsillo del jersey el cuaderno de espiral, abierto por la página de las *Nuevas reglas de la señora Valmont*—. ¿Quieres que las repasemos?
—No.
—Te las leo igual.
Se aclaró la garganta con teatralidad. Toda la mesa se inclinó hacia delante.
—*Regla uno de Romeo Valmont. Cero vírgenes.* —Alzó la mirada—. Rota en una noche de cócteles azules, con sombrilla de servilleta, por mi persona.
—Por favor —murmuró Romeo.
—*Regla dos. Cero dramas.* Rota con un naufragio, un notario, un gato, cuatro desmayos de tu madre y un baile en una gala.
—Mi madre no se ha desmayado cuatro veces —dijo Beatriz, desde el sofá.
—Siete, querida —dijo Delfina—. Las he contado.
—*Regla tres. Cero compromisos.* Rota con un anillo en un dedo y una cláusula séptima bis.
—*Regla cuatro* —prosiguió, con una voz más suave—. *Cero sentimientos.*
—Esa no la leas —dijo Romeo.
—Esa es la mejor.
—Sandra...
—Rota. —Cerró el cuaderno—. En una terraza. Bajo la lluvia. Con un gato que rompió una taza de la dinastía Qing.
Un silencio cálido, de los que se ven. En el fondo de la sala, Ernesto se sonó la nariz con un ruido de trompeta. Valeria, mirando al techo, murmuró que estaba a punto de llorar y que no iba a admitirlo. Lucía le pasó un pañuelo sin decir nada.
—Hay una quinta —dijo Sandra.
—¿Cuál?
—La mía. —Se inclinó sobre la mesa, hasta quedar a un palmo de su cara—. *Romper las reglas de Romeo Valmont es mucho más divertido que obedecerlas.*
—Eso no es una regla.
—Es una conclusión.
—Es una amenaza.
—Es las dos cosas. —Sonrió—. Como mi suegra.