El té se enfrió en el suelo del vestíbulo mientras nadie se atrevía a hablar.
Bernardo se había agachado para recoger los fragmentos de porcelana con una lentitud de sonámbulo. Las manos le temblaban, y un corte fino en la yema del pulgar dejaba una gotita de sangre sobre el mármol. Nadie le ofreció ayuda. Había en su postura algo tan íntimo, tan de hombre que necesita estar ocupado para no pensar, que hasta Ignacio, con los prismáticos al cuello y la boca abierta, tuvo el tacto de mirar hacia otro lado.
—Se me han resbalado —repitió.
—Lo hemos visto —dijo Eleonora.
—Perdone, señora. Nunca me había ocurrido.
—Se te han caído dos bandejas en un mes, Bernardo.
—Dos, señora.
—Y yo he roto una taza de la dinastía Qing con un gato.
—Fue el gato, señora.
—Fue el gato —admitió ella—. Ahora levántate.
Bernardo se incorporó con el recogedor lleno de añicos y una expresión de infinita dignidad herida. Eleonora lo miró un instante largo, de arriba abajo, con esos ojos grises que cuarenta años de servicio no habían conseguido descifrar del todo. Después, con una voz muy baja que solo oyeron los que estaban más cerca, dijo:
—Sé lo que vas a decirme.
—Señora...
—No lo digas hoy.
—Es que yo...
—Hoy no. —Alzó la barbilla—. Mañana. Con el té de las ocho y las tostadas de siempre. Y entonces lo hablaremos de pie, tú con tu chaqué y yo con mi bastón, como dos personas civilizadas.
—Mañana —repitió él, con un hilo de voz.
—Mañana.
—Gracias, señora.
—No me las des. —Una sombra de sonrisa—. Todavía no sé si te las debo yo a ti o tú a mí.
Se hizo un silencio denso. Augusto, que seguía de pie en medio del vestíbulo, con el abrigo manchado de barro y las gafas torcidas, había dejado de mirar a Bernardo. Miraba el espejo del aparador, un óvalo enorme de marco dorado que reflejaba la escalera de mármol, el rellano y, al fondo, la penumbra del primer piso.
—Madre —dijo—. Necesito hablar contigo a solas. Cinco minutos.
—Los tienes.
—En la biblioteca.
—Con la puerta cerrada.
—Con llave.
Se miraron. Fue una mirada corta, sin palabras, de las que se cruzan madre e hijo cuando llevan cuarenta y tres años sin saber cómo empezar. Eleonora asintió. Con el bastón golpeando suavemente el mármol, echó a andar hacia el pasillo, y Augusto la siguió con un cojeo cansado.
—Papá —dijo Romeo.
—Dime, hijo.
—¿Estás seguro?
—No. —Esbozó una media sonrisa—. Pero es lo que toca.
Romeo y Sandra se quedaron mirando cómo la puerta de la biblioteca se cerraba tras ellos. Se oyó el giro seco de una llave. Después, nada.
—Estamos obligados a no escuchar —dijo Sandra.
—Lo sé.
—Hemos prometido.
—Lo sé.
—Es la promesa más incómoda de mi vida.
—También de la mía.
Se sentaron en el último escalón de la escalera, uno junto al otro, con la espalda recta y las manos sobre las rodillas, como dos niños castigados. Ramón se acomodó entre los dos, estiró el cuello y apoyó una oreja contra la madera de la puerta, a diez metros de distancia, con la expresión de quien no ha prometido nada a nadie.
—Ramón —susurró Romeo.
—Miau.
—No escuches.
—Miau.
—Es una orden.
—Miau —respondió el gato, sin abandonar su posición.
—Ese gato no tiene moral —dijo Sandra, riéndose bajito.
—Es un gato.
—Es un gato con un trabajo.
—¿Cuál?
—Saber todo lo que nosotros no queremos saber.
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Pasaron veintitrés minutos.
Fueron los veintitrés minutos más largos de la historia de la casa. Delfina, en un arrebato de ansiedad, preparó un desayuno para veinte personas con huevos, bacon, tostadas, mermelada, zumo y un enorme cuenco de fruta cortada con formas geométricas que nadie se atrevió a comentar. Beatriz, que había vuelto a sentarse en el diván con su labor de punto, se desmayó una sola vez, a las ocho y cuarenta, con una elegancia notable. Dante, Mateo y Gaspar ensayaron el código por quinta vez en el comedor, con el loro disecado colocado en el centro de la mesa como un invitado de honor.
—Hoy hace buen día para pescar —declamó Dante.
—Hoy no pican —respondió Mateo.
—Hay marea alta.
—El mar ha devuelto un zapato.
—Y si me quedo sin palabras —dijo Gaspar, levantando un dedo—, ¿qué digo?
—Silbas.
—No sé silbar.
—Pues haces el pino.
—Tengo la rodilla vendada.
—Haces el pino con la rodilla vendada.
—Qué manera de apoyar a un compañero.
El loro, sobre su peana, miraba al frente con una pupila de cristal. Alguien le había colgado al cuello un cartelito que decía Don Silvestre. Jefe de Observación. Nadie recordaba quién.
A las nueve menos diez, la puerta de la biblioteca se abrió.
Eleonora salió la primera. Tenía los ojos enrojecidos, el pelo recogido con una pulcritud implacable y la espalda más recta que nunca. Se detuvo en el umbral, con la mano apoyada en el marco, y miró a los que la esperaban en el vestíbulo. No dijo nada durante un rato. Después carraspeó.
—Nos vamos a las tres.
—¿Todos? —preguntó Romeo.
—Todos los que quieran. —Se alisó la rebeca—. Beatriz, tú te quedas.
—Ni lo sueñes —dijo Beatriz, poniéndose en pie con una energía sorprendente—. Si mi familia se hunde, me hundo con vestido.
—Es un puerto, no el Titanic.
—Es lo mismo cuando una tiene sensibilidad.
—Delfina.
—Voy —dijo Delfina, con el delantal todavía puesto—. Llevo bocadillos.
—Qué previsora.
—Son de mortadela. No hay aceitunas.
—Bendita seas.
Detrás de Eleonora apareció Augusto, con las mejillas húmedas y una expresión extraña, una especie de calma recién estrenada que hacía que pareciera diez años más joven y veinte más cansado. Se acercó a Romeo y le puso una mano en el hombro.
—Lo diré todo —dijo—. Hoy. A las cinco y doce. Delante de todos.