Cero virgenes.

Capítulo 28: Catorce minutos

La mujer de la trenza se giró del todo.

Tenía unos ojos de un verde casi gris, como el mar un día nublado, y una nariz recta con una ligera desviación en el puente, de las que se heredan de golpe. En la comisura derecha de la boca, una línea blanca, finísima, le cruzaba la piel. Se llevó una mano al lazo de raso, comprobó que el nudo seguía torcido y sonrió con una timidez que no pegaba nada con la solemnidad del momento.

—Perdonad el aspecto —dijo—. Hace treinta años que no sé hacerme un nudo decente.

Valeria no contestó. Se había quedado inmóvil a medio paso, con las manos vacías, porque el bastón seguía en el suelo, rodando despacio hacia el borde de la losa. Tenía la boca entreabierta y las lágrimas le caían sin que ella hiciera nada por detenerlas.

—Tienes mi cicatriz —consiguió decir.

—Tú tienes la mía.

—Nos caímos por la escalera.

—Por culpa mía. Te empujé jugando a los pájaros.

—Fue un accidente.

—Fue un empujón. —Sonrió con los ojos brillantes—. Pero me alegro de que lo recuerdes con generosidad.

Valeria cruzó los cuatro metros que las separaban con una zancada coja, torpe, de quien ha olvidado cómo se corre y lo hace igualmente. Se estrelló contra el pecho de Marina con tanta fuerza que las dos estuvieron a punto de caer sobre las rosas. Se abrazaron. Se abrazaron como se abrazan las niñas de seis años en una cama compartida, con los brazos apretados y la cara hundida en el hombro ajeno, sin una sola palabra elegante.

—Estás viva —dijo Valeria, sollozando—. Estás viva, estás viva.

—Eso parece.

—Te busqué veinte años.

—Lo sé. Me lo dijeron.

—¿Quién?

—Un gato.

Todos se volvieron hacia Ramón, que acababa de saltar al borde de la losa con las orejas erguidas. Con un maullido breve, como quien confirma su declaración ante un tribunal, se sentó junto a las rosas y comenzó a lamerse una pata.

—Tiene buen gusto para los mensajeros —dijo Marina, con una risa temblorosa.

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Detrás de ellos, entre los bloques, una figura ruidosa subía el último tramo del espigón con la cámara colgada de un hombro y los prismáticos en la mano.

—¡Que alguien me explique! —gritaba Iván Roldán, resbalando sobre las algas—. ¡Mi madre me dijo que solo tenía un primo! ¡Un primo que se perdió en el mar!

—Iván.

—¡Y ahora resulta que...!

—Iván, cállate un momento. —La voz de Marina era dulce, pero firme—. Te lo cuento todo. Pero deja que respire.

Se separó de Valeria sin soltarle la mano. Se apartó el pelo de la frente con la otra. Miró a todos los presentes, uno por uno: a Sandra, con el cordón de las tres estrellas al cuello; a Romeo, con el paraguas de Remigio apretado como una lanza; a Eleonora, con su sombrero de plumas grises y la espalda rígida; a Augusto, pálido como el yeso; a Bernardo, que miraba el suelo con una expresión de profundo desamparo; a Ernesto, que se había quitado el sombrero.

—Me llamo Marina Roldán —dijo—. Soy hija de Eusebio, el contramaestre del Estrella del Norte. Y estuve cuarenta y dos años creyendo que mi padre me había abandonado.

—Nunca te abandonó —dijo una voz ronca desde el mar.

Se volvieron a la vez. A cien metros de la escollera, en una barca de remos pintada de blanco y azul, un anciano con sombrero de ala ancha y barba recortada al ras levantaba una mano enguantada en señal de saludo. Detrás de él, la niebla se había abierto para dejar ver el horizonte, de un gris perla con una raya de luz dorada.

—¡Papá! —gritó Marina, dándose la vuelta con una sonrisa que le arrugó toda la cara—. ¡Te dije que esperaras!

—¡Esperaba!

—¡Hace un minuto que vienes remando!

—¡Es un efecto óptico!

—¡Es un anciano testarudo!

—¡Eso también!

Eusebio soltó una carcajada que el viento llevó hasta la roca. Iván, con la cara roja y los ojos desorbitados, se dejó caer sobre un bloque y se quedó mirando la barca como quien contempla una aparición.

—Tío —dijo, en un hilo.

—Dime, grumete.

—¿Tengo una prima?

—Tienes una prima.

—¿Y por qué nadie...?

—Porque era la única manera de protegerla. —El viejo dejó de remar. Se quitó el sombrero y lo apretó contra el pecho—. Mi mujer murió de fiebres a los tres meses de que yo desapareciera. La niña nació después, en febrero de 1984, en el hospital de caridad. Mercedes me avisó con una carta escondida en un pescado.

—¿En un pescado?

—Era una mujer de recursos.

—Y yo —continuó Marina, con la voz quebrada— crecí en un hogar de monjas, creyendo que mi padre había muerto en el mar y que mi madre me había dejado una piedra gris para recordarla.

—Era de Mercedes —dijo Sandra, con un hilo de voz.

—Era de Mercedes. —Marina sonrió—. Me lo dijo ella un día. Que mi madre le había pedido que me lo guardara. Que era un regalo y una promesa.

Se llevó la mano al cuello. De un cordel fino, escondido bajo el abrigo crema, sacó un colgante pequeño, de plata ennegrecida, con una piedrecita gris. En la parte de atrás, tan gastada que apenas se veía, brillaba una estrella de ocho puntas.

Sandra sintió que le flaqueaban las rodillas. Romeo la sostuvo del codo.

—Hay cuatro —murmuró ella.

—Cinco, contando el pendiente —dijo Valeria, secándose los ojos con el borde de la manga—. Y la llave.

—Mi abuela repartió todas las piezas.

—Para que nadie pudiera tenerlas juntas sin el consentimiento de otro.

—Qué mujer.

—Era una experta en no fiarse de nadie.

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Eleonora no se había movido.

Seguía de pie sobre la losa, apoyada en el bastón, con la vista clavada en la mujer de la trenza. Tenía la cara descompuesta de una manera tan silenciosa que Sandra tardó en darse cuenta de que estaba llorando. No había un solo gesto: ni un temblor de barbilla ni un parpadeo. Solo dos hilos brillantes que le recorrían las mejillas hasta perderse en el cuello de la rebeca gris.




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