Cero virgenes.

Capítulo 29: Los que callaron

Eleonora Valmont llevaba ochenta y cuatro años sin perder la compostura. La perdió en los siete segundos que siguieron al ruido de su bastón contra el suelo de piedra.

—Alejandro —dijo, con un hilo de voz.

El hombre sentado a la mesa de las siete velas giró la silla muy despacio. Tenía la barba blanca recortada al ras, la nariz recta de los Valmont, la mandíbula firme, unos ojos grises rodeados de arrugas y una boca que se curvaba hacia un lado con una burla antigua y cansada. Era la cara del retrato de la biblioteca. Pero cuando se levantó, apoyándose en un bastón de nogal tallado, Sandra vio que cojeaba de la pierna izquierda con una soltura de años, y que la cara, vista de frente, tenía algo distinto: una dulzura que el retrato nunca había tenido.

—No, Leona —dijo—. Lo lamento. No soy él.

—Tienes su voz.

—Tengo su garganta. Es herencia de madre. —Hizo una reverencia leve, casi torera—. Soy el que nunca ha sabido imitarle la letra.

—No puede ser.

—Silvestre Valmont, para servirla. Ochenta y siete años, difunto desde 1961, con unas ganas enormes de dejar de serlo.

Un silencio de piedra cayó sobre la sala circular. Bernardo, que sostenía a Eleonora por la cintura, cerró los ojos. Augusto dio un paso atrás y chocó contra Romeo. Sandra sintió que se le cortaba el aire. En alguna parte, muy lejos, el agua lamía las paredes con un rumor de aviso.

—Tío abuelo —dijo Romeo, con una voz que no reconoció como suya.

—Sobrino nieto. Qué alegría. Tienes la frente de tu abuelo y la sonrisa de tu madre. Eso es una suerte.

—No sonrío.

—Estás a punto. Se te nota en las comisuras.

Ramón, que había entrado primero, estaba sentado sobre las rodillas del anciano con las orejas hacia delante y un ronroneo atronador. Silvestre le rascó detrás de las orejas sin mirarlo.

—Y este señor —añadió— lleva cuatro meses trayéndome jamón.

—¿Jamón? —preguntó Sandra.

—Del de Delfina. Del bueno. Lo escondía en el pañuelo de Bernardo. —Se encogió de hombros—. No se lo digáis a la cocinera.

—¡Mi jamón! —gritó una voz ahogada, desde la escalera.

Todos se volvieron. Por el arco bajo asomaba, jadeante, con la bufanda mal puesta y un tupé revuelto de tanto correr, Delfina, que había bajado sin permiso, con una fiambrera de bocadillos de mortadela y una expresión de furia sagrada.

—¡Delfina! —dijo Beatriz, desde algún escalón más arriba.

—¡Alguien me roba el jamón desde abril y era un muerto!

—Un difunto —corrigió Silvestre.

—¡Era un difunto con buen paladar!

—Siempre lo tuve.

Delfina abrió la boca para replicar y se quedó con ella abierta. Detrás de Silvestre, entre dos estantes de roble cargados de archivadores, algo se movió. Una sombra redonda, con un gorro de dormir rojo, un abrigo de lana y una maleta de cuero bajo el brazo, salió a la luz de las velas con la cabeza gacha y las orejas del color de un tomate.

—Hola, Del —dijo Fausto.

La fiambrera de mortadela cayó al suelo con un golpe sordo.

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Tardaron cuatro minutos en que nadie gritara.

Fue una conversación a trompicones, entre exclamaciones, sillas arrastradas y un mantel de lino que Bernardo había extendido sobre la mesa de roble, como quien prepara una merienda en la tumba. Eleonora, sentada en una silla de mimbre, con el sombrero de plumas torcido y las manos crispadas sobre las rodillas, miraba al hombre de la barba blanca sin pestañear. Delfina, de pie junto a su marido, lo aporreaba con la bufanda en el hombro mientras sollozaba que llevaba cuarenta años creyendo que tenía una amante.

—¡Una amante, Fausto!

—Lo sé.

—¡Me hiciste pensar en una amante!

—Era mejor que la verdad.

—¡La verdad es un tío con barba que se come mi jamón!

—Es un tío con sentido común —dijo Silvestre, desde su silla.

—¡Tú cállate!

—Cierto. Me callo.

Fausto, con la cabeza hundida entre los hombros, se dejó pegar con una resignación sagrada. Cuando por fin Delfina se quedó sin aliento y se echó en sus brazos llorando a moco tendido, él la rodeó con torpeza, con los ojos cerrados, murmurando "perdona, perdona, perdona" como una letanía.

—Lo hice por Augusto —dijo, al fin, mirando a su cuñado por encima del hombro de su mujer.

—¿Por mí?

—Yo tenía veintiséis años. Tú, cuarenta y uno. —Tragó saliva—. Aquella noche de 1996, cuando trajeron a la niña, subí a buscarte y te encontré llorando en el despacho. Dijiste que habías visto a un fantasma. Que un hombre te había tomado de la mano en el muelle de niño y que no recordabas su cara.

—No lo recuerdo.

—Porque yo te lo pedí.

Augusto parpadeó.

—¿Cómo?

—Fui a ver a Silvestre esa misma noche. Lo encontré en el pasadizo del despacho. Con un sombrero. Le dije: "Mi hermano va a volverse loco." Y él me contestó: "Entonces tendrás que ayudarme a que olvide."

—Era un niño —dijo Silvestre, con la voz muy suave—. Con quince años y un terror que le comía las entrañas. Si recordaba, lo habrían callado. Así que le pedí que olvidara. Y tú lo hiciste, hijo.

—Me tomaste de la mano.

—Para que no te cayeras.

—Me dijiste "olvida, niño".

—Y funcionó cuarenta años. —Sonrió con tristeza—. Soy mejor consolador que conspirador.

Augusto se quitó las gafas. Las limpió con la manga. Se las volvió a poner. Cuando levantó la vista tenía los ojos húmedos y una sonrisa temblorosa, la de quien descubre que el monstruo que lo asustó de niño era un anciano que le estaba salvando.

—Gracias.

—No me las des. Todavía no sabes lo peor.

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Lo peor llegó contado a trozos, con una voz serena que se quebraba en las pausas.

Silvestre Valmont había nacido en 1939, el hermano pequeño, el que tocaba la guitarra, el que no quería saber nada de navieras. A los veintidós se metió en un lío de juego y dinero con unos socios de Alejandro, entre ellos un joven Gustavo Ferrer y su padre, Alejandro Ferrer, que le prestaron una cantidad indecente y le exigieron intereses de por vida. Una noche de verano, en un velero, frente al puerto viejo, se tiró al agua con un chaleco de corcho y desapareció.




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