Cero virgenes.

Capítulo 29 /2: La marea no espera

El chasquido de la cerradura resonó por la escalera de caracol como el golpe de una tapa de ataúd, y durante dos segundos nadie en la sala de las siete velas se movió.

Después se movió todo a la vez.

Romeo cruzó el arco de dos zancadas y subió los peldaños de piedra con el agua salpicándole las botas. Bernardo lo siguió, con el chaqué empapado hasta las rodillas y una agilidad que ningún mayordomo de sesenta y tantos años debería tener. Detrás corrió Augusto, resbalando, con las gafas torcidas. Y detrás de todos, sin que nadie la invitara, Delfina, que en las situaciones límite se transformaba en una especie de ariete con rulos.

—¡Abrid! —gritó Romeo, golpeando el bronce con los puños—. ¡Abrid la puerta!

—¡Estamos dentro! —gritó Bernardo.

—¡Hay una señora embarazada! —gritó Delfina.

—¡Y una vieja con cadera de hierro! —gritó la voz de Eleonora desde abajo, con una dignidad que arrancó una carcajada histérica a Valeria.

Nadie contestó. Se oía el mar al otro lado, lamiendo el metal, y encima, muy lejos, el graznido de una gaviota que parecía reírse. Romeo apoyó la frente contra la puerta, jadeando. Sandra, que había subido tras él con el sobre de su abuela apretado contra el pecho, lo agarró del brazo.

—Romeo.

—Está cerrada.

—Lo sé.

—Con llave. Por fuera.

—Romeo, escúchame. —Le giró la cara con las dos manos—. Las estrellas.

—¿Qué?

—Las cuatro piezas. El anillo, la llave, el colgante y la piedra de Marina. —Se llevó la mano al cuello, donde el cordón colgaba vacío—. Las dejé puestas en la cerradura. Por el otro lado.

Se miraron. Fue uno de esos silencios largos en que se cae la última pared de un razonamiento.

—Quien ha cerrado —dijo él, despacio— tiene ahora las cuatro estrellas.

—Y la puerta que las usaba.

—Y no necesita llaves, porque ya las tiene.

—Es una trampa limpia —dijo una voz ronca, a sus espaldas.

Silvestre Valmont subía la escalera apoyado en su bastón de nogal, con la barba blanca cubierta de gotas de salitre y los ojos grises fijos en el bronce. Tocó la superficie con dos dedos, como quien acaricia un animal que lo ha traicionado.

—Alejandro la diseñó así —dijo—. Se abre desde fuera con las tres estrellas más una. Se cierra desde fuera con las mismas. Desde dentro, no se abre con nada.

—¿Con nada?

—Con ninguna llave. Solo con ayuda.

—Pues ayuda hay de sobra —dijo Romeo, con una sonrisa desesperada—. Fuera tenemos un equipo de apoyo muy competente.

—Dime, muchacho —dijo el anciano, con una media sonrisa—, ¿esa gente que dices tiene alguna idea de cómo se abre una puerta de bronce de cuatro dedos de espesor?

Romeo se quedó callado.

—Tienen un bate —murmuró Sandra.

—De béisbol —añadió Valeria, desde abajo.

—Y un loro —dijo Marina.

—Disecado —precisó Fausto.

Silvestre soltó una carcajada seca, apoyó la frente contra la puerta y dejó escapar un suspiro.

—Qué familia.

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El agua les llegó a los tobillos antes de que Heliodoro terminara de cablear.

Lo hizo a toda velocidad, de rodillas sobre la mesa de roble, con una linterna entre los dientes y Wilfredo abierto como un melón. Tenía el abrigo hecho una bola, las gafas empañadas y el pelo blanco erizado en un halo electrizante. A su alrededor, sobre el mantel de lino, se amontonaban cables de colores, un destornillador, una navaja, la cuchara de Delfina y dos galletas de mantequilla que nadie recordaba haber sacado de ninguna parte.

—¡Necesito una antena! —gritó.

—¿Cómo de grande? —preguntó Marina.

—De un metro y medio.

—Hay un perchero.

—¡Perfecto!

Cuatro personas arrancaron el perchero de roble de la pared, lo apoyaron contra el techo y lo ataron a Wilfredo con la corbata de don Hilario, que lo entregó sin una queja. Heliodoro giró dos botones, pulsó una tecla y levantó un dedo.

—Frecuencia de la Vespa. Banda ciudadana. Si Remigio no la ha apagado...

Un crujido de estática. Un chasquido. Después, entre silbidos y ruidos de mar, una voz lejana, angustiada, deformada por la distancia:

—...¡Wilfredo! ¿Me recibes? ¡Aquí Dante! ¡Cambio!

—¡Dante! —gritó Sandra, abalanzándose sobre el micrófono—. ¡Dante, estamos aquí!

—¡Sandra! ¡Dios mío! ¡Estáis vivos!

—¡Estamos inundándonos!

—¡Eso es peor!

—¿Qué ha pasado arriba?

—¡Nada! ¡Ese es el problema! —La voz de Dante sonaba al borde de un ataque de nervios—. Estábamos todos en la losa, mirando la escalera. De repente se ha cerrado. Sin ruido. Sin nadie. Como si se la hubiera tragado el agua.

—¿Habéis visto a alguien?

—¡A nadie!

—¡Yo he visto un pájaro! —gritó la voz de Gaspar, de fondo—. ¡Pero era una gaviota!

—¿Y Iván? ¿Desde la grúa?

Una pausa, un crepitar. Después, la voz de Iván Roldán, tensa, jadeante, con el viento silbándole en el micrófono.

—Os veo la losa entera. A Dante, a Mateo, a Gaspar, a mi tío en la barca... No se ha movido nadie. Ni un alma.

—¿Y Ignacio?

—Dormido. Con la caña en la mano. Lleva diez minutos pescando en una roca.

—¿Y mi madre? —preguntó Romeo, arrancándole el micrófono a Sandra—. ¿Y Beatriz?

—Arriba, en la escalinata. Desmayada. Con elegancia. Lucía la está abanicando.

—¿Y mi padre? —se oyó una voz ronca, entrecortada, que Sandra reconoció como la de Ernesto—. ¿Y mi hija?

—¡Papá!

—¡Sandra! ¡Hija mía!

—Estoy bien. Estamos todos bien. Pero necesitamos que abráis la puerta.

—¡Con qué!

—¡Con lo que sea!

—¡Tenemos un bate!

—¡Úsalo!

—¡Es de mi cuñado!

—¡Gaspar! —gritaron seis voces.

—Vale, vale. Voy.

Un golpe seco, metálico, resonó en la puerta. Después otro. Después tres seguidos, con un ritmo desesperado de tambor mal afinado. Pero el bronce ni se estremeció. A través de la mole de metal se filtraba, apagada, la voz de Gaspar, que murmuraba entre jadeos: "Lo siento, cuñado."




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