La habanera seguía sonando al otro lado del bronce, lenta, serena, sin una sola nota fuera de sitio.
En la sala de las siete velas, con el agua por la cintura y las llamas apagándose una a una, nadie se atrevía a respirar. Silvestre Valmont ladeó la cabeza con la atención de quien reconoce una voz entre mil.
—Lo toca bien —dijo—. Demasiado bien para ser un enemigo.
—¿Quién es? —susurró Romeo.
—Un poeta que cree que los silencios se gestionan con música.
Un golpe seco resonó en el techo. Después otro, y otro. Bernardo, pálido, con las manos apoyadas en el hombro de Eleonora, tradujo los golpes en voz baja.
—*L. L. E. G. O. A. B. R. I. D.*
—¿"Llego, abrid"? —preguntó Sandra.
—*A. L. A. T. R. A. M. P. I. L. L. A.*
Todos miraron hacia arriba. En el techo de la sala, entre dos vigas de roble ennegrecidas por la humedad, había una trampilla cuadrada que nadie había visto, con un relieve de ala de pájaro tallado en el metal y un ojo de cerradura minúsculo.
—El ala —dijo Valeria.
—La llave de Marina —dijo Sandra, y sacó del bolsillo la llavecita de plata que había sostenido toda la tarde como un amuleto.
Pero la cerradura estaba demasiado alta. Romeo se encaramó a la mesa de roble, con el agua salpicando los manteles, y alargó una mano. No llegaba. Heliodoro, desde un rincón, le tendió el perchero que había atado a Wilfredo como antena. Dante, de ser él, habría dicho que aquello era una operación de alto riesgo. Romeo, que no era Dante, murmuró un "perdón, abuelo" a las vigas de la casa y encajó el extremo del perchero bajo la trampilla.
—Sube —dijo.
—¿Yo? —preguntó Sandra.
—Eres la que lleva el ala.
—Pesas más que yo.
—Pero tú tienes la llave.
Con un suspiro, se encaramó a los hombros de su marido. Él, con los dientes apretados y las rodillas dobladas, aguantó. Ella palpó la cerradura. La llave de plata entró a la primera. Giró un cuarto de vuelta.
La trampilla se abrió hacia arriba con un quejido, y por el hueco entró una columna de luz dorada, de atardecer, y un olor intenso a salitre y a cielo abierto.
Y una cara.
Una cara de barba mal afeitada, pelo revuelto, ojos oscuros y una sonrisa torcida que Sandra habría reconocido en cualquier laberinto.
—Hola, cuñada —dijo Leandro, asomando medio cuerpo con una guitarra a la espalda—. Os he traído aire.
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El torreón del faro olía a polvo, a gaviotas y a cuarenta años de abandono.
Era una torre pequeña, de piedra, con una escalera de caracol de hierro y una linterna apagada en lo alto. La trampilla daba a la base. Leandro, con un mono de jardinero lleno de barro, había atado a una viga una escala de cuerda que descendía hasta la sala inundada. Subían uno por uno, en un orden improvisado que Don Hilario supervisó con la libreta en alto y el maletín sujeto entre los dientes.
—Primero las señoras —dijo.
—Primero los viejos —dijo Silvestre.
—Primero los que sepan trepar —dijo Heliodoro, con una frialdad científica.
—Primero Ramón —dijo Sandra.
El gato, que había nadado con la cola alta y la dignidad intacta, saltó a la cuerda, trepó con elegancia felina y desapareció por la trampilla con un maullido de despedida. Después subió Marina, ágil, con la trenza empapada. Después Valeria, ayudada por Fausto, que había descubierto en la escalera de cuerda una vocación frustrada. Después Delfina, con la fiambrera de mortadela atada a la espalda. Después Ambrosio, que tuvo que ser izado entre cuatro, con una disculpa para cada peldaño.
Eleonora fue la última de las mujeres. Bernardo la sujetó por la cintura mientras ella, con el sombrero de plumas hecho una ruina y el bastón colgado del antebrazo, ascendía con una determinación de piedra.
—No me mire, Bernardo.
—No la miro, señora.
—Y no me suelte.
—Jamás.
—Eso dijiste hace cuarenta años.
—Y lo sigo diciendo.
Arriba, Leandro y Augusto la recibieron en brazos. La depositaron en el suelo de la torre con la solemnidad de quien deja una antigüedad frágil, y ella se sacudió la falda empapada, alzó la barbilla y declaró, a nadie en particular:
—Esto ha sido ridículo.
—Ha sido un rescate —dijo Leandro.
—Ha sido una comedia con aspiraciones.
—Las mejores.
Cuando por fin el último subió, Heliodoro con Wilfredo en brazos como un recién nacido, la sala de abajo estaba completamente inundada. Las siete velas se habían apagado. En el agua negra flotaba un solo objeto: un mantel de lino blanco, desplegado como una sábana sobre una mesa que ya no existía.
Fue entonces cuando Sandra, sentada en el último escalón de la escalera de caracol, con el sobre de su abuela apretado contra el pecho y Romeo a su lado, recuperó el aliento y volvió a abrirlo.
—Falta la tercera cosa —dijo.
—Léela —dijo Eleonora, desde el rincón.
—Ahora.
—Ahora. Mientras todavía podamos oírla.
Sandra tomó aire.
*"La tercera: que no culpes al hombre equivocado.*
*Yo lo hice durante quince años. Creí que había sido Silvestre. Lo vi en el muelle, con el guante y la cojera de su hermano, la noche antes de zarpar. Grabé su nombre en esta cinta con la rabia de una viuda.*
*En 1996, cuando recuperé la cinta, ya dudaba. Tapé su nombre con un mi, para que nadie lo oyera antes de que yo supiera la verdad.*
*La verdad me la dio un hombre en 1998, en su lecho de muerte. Se llamaba Venancio Roca. Fue el mayordomo de la casa Valmont durante treinta años. Me confesó que cortó el último cable. Que lo hizo por dinero y por miedo: los socios le habían prometido pagar el tratamiento de su hija enferma, y él no supo decir que no.*
*Murió pidiendo perdón. Yo se lo di. Es lo único que he regalado en mi vida que me haya costado de verdad.*
*Dile a Silvestre que no era él. Dile a Leona que no se culpe por haberle dado el té durante treinta años. Dile al muchacho que le sostuvo la mano, que no heredó nada de su culpa."*