Mercedes Eleonora Valmont Ríos llegó al mundo un martes de mayo, a las cinco y doce de la tarde, con la marea baja y un sentido del humor heredado de media familia.
Antes de que eso ocurriera, la mansión Valmont atravesó el domingo más caótico de su historia, lo cual es mucho decir.
Empezó a mediodía, con la comida familiar de siempre y una novedad en el menú. Delfina, indultada tras seis meses de cocina vigilada, había presentado un postre que describió, con las manos en las caderas y los ojos brillantes, como "mi regreso triunfal".
—Helado de aceitunas —anunció.
—No —dijeron once voces.
—Es una receta gallega.
—Delfina —dijo Eleonora, desde la cabecera de la mesa, con la rebeca gris y la espalda recta de siempre—. Hay cosas que una familia no perdona.
—Pues yo...
—Ay.
Todos se volvieron hacia Sandra. Estaba sentada junto a Romeo, con un vestido de lana verde que le quedaba como una carpa, las manos sobre un vientre enorme y una expresión de profunda sorpresa. Bajo la silla, sobre el parqué encerado, se extendía un charco que no debería estar allí.
—Romeo —dijo, con mucha calma.
—Dime.
—Se me ha roto el mar.
Hubo un segundo de silencio absoluto. Romeo Valmont, treinta y un años, director de una naviera, hombre de reglas ridículas y frases gastadas, se puso de pie tan deprisa que derribó la silla, el mantel, una jarra de agua y la bandeja de las aceitunas.
—¡El mar ha devuelto un zapato! —gritó.
—¡Esa es la frase clave! —gritó Dante, desde el otro extremo.
—¡Hoy no pican! —gritó Mateo.
—¡Hay marea alta! —gritó Gaspar, con una pierna sobre la silla y el bate de su cuñado en la mano, por si acaso.
—¡Hoy hace buen día para pescar! —gritó Ignacio, que acababa de despertar.
—Esa no es —dijo Lucía.
—Es para animar.
—Ya vale —dijo Sandra, riéndose a carcajadas entre una contracción y la siguiente—. Ya vale. Vamos al hospital. Con orden.
—¡Con orden! —gritó Romeo, y salió corriendo hacia la puerta con el paraguas negro de Remigio, que llevaba seis meses sin soltar por una superstición que nadie se atrevía a discutir.
Esperó dos minutos en el patio. Después volvió, la cogió del brazo con una delicadeza de relojero y la acompañó hasta el coche.
—Querido —dijo Sandra.
—Dime.
—Es un paraguas. No llueve.
—Lo sé.
—Y estás al revés.
—¿Qué?
—Lo llevas con el mango hacia arriba.
—Es que me tiembla la mano.
—Lo sé. —Le acarició la mejilla—. Respira.
—Estoy respirando.
—Respira más.
El Rolls-Royce Silver Shadow de 1974, que había estado parado desde el rompeolas, arrancó a la primera, con un rugido de elefante resucitado. Bernardo, al volante, con la gorra de chófer y los guantes blancos, giró la cabeza con una calma de buque insignia.
—Señores, ¿al hospital?
—Al hospital.
—¿Con toda la familia?
—Con toda la familia.
—Entonces —dijo, y por primera vez en cuarenta años se permitió una sonrisa de oreja a oreja— hoy puedo infringir el límite de velocidad.
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La doctora Elvira Ponce, menuda, de pelo gris y sonrisa expeditiva, los recibió en la puerta del paritorio con una carpeta y la expresión de quien lo ha visto todo.
—Señora Valmont. Señor Valmont. Y... —Contó con la vista—. Veintitrés personas.
—Familia —dijo Eleonora, entrando en la sala de espera con paso de reina—. Y un gato.
—Los gatos no entran.
—Es un perro guía.
—Miau —dijo Ramón, con acento.
—Ya conozco a este perro —suspiró la doctora—. Salió en el periódico. Que se quede fuera. Y el padre, conmigo.
—Yo —dijo Romeo, muy pálido.
—Usted.
—Yo me encargo de que no se desmaye —dijo una voz grave desde detrás.
Era Silvestre Valmont, con su barba blanca, su bastón de nogal y un jersey de cuello alto que Fausto le había prestado. Había abandonado la cabecera de la mesa para abrazar a Sandra, para tomar la mano de Romeo, para susurrarle algo al oído que nadie oyó, pero que hizo sonreír al futuro padre de una manera trémula y casi niña.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó Sandra, mientras la camilla se alejaba.
—Que no me preocupe. Que la familia lo hace muy bien en las situaciones límite.
—Es verdad.
—Y que si me desmayo, me recoge él.
—Qué consuelo.
—Lo es.
Pasaron siete horas. O tres, según Delfina, que contaba a su manera. En la sala de espera, rodeada de termos, bocadillos de mortadela y cojines traídos de casa, la familia entera improvisó una vigilia que acabó siendo la mejor partida de mus de la historia. Eusebio cantó una habanera en voz baja. Valeria y Marina, sentadas en el mismo sillón con una manta compartida, se turnaron para tejer un gorrito amarillo que no tenía forma de gorrito. Gaspar le propuso matrimonio a Lucía en el pasillo, con un anillo de caramelo, y ella contestó que dependía del menú. Eleonora, en una silla de plástico, rezaba con los labios apretados. Y Bernardo, de pie junto a la puerta, con el chaqué impecable y las manos a la espalda, hacía guardia con la dignidad de un centinela.
—Siéntese —dijo Eleonora, sin mirarlo.
—Estoy bien, señora.
—Siéntese, Bernardo.
—No sería correcto.
—Siéntese a mi lado o me levanto yo.
Bernardo se sentó. Rígido como un poste, en el borde de la silla de plástico. Ella le puso una mano sobre el antebrazo. No dijo nada más. Pasaron veinte minutos.
A las cinco y doce de la tarde, entre los gritos de una enfermera y un portazo seco, un llanto agudo, limpio y sostenido atravesó el pasillo.
Nadie dijo nada. Hasta Ignacio dejó de mascar.
Fue Heliodoro quien se levantó, con Wilfredo bajo el brazo y los auriculares torcidos, y colocó un diapasón de bolsillo junto a la puerta del paritorio. Lo golpeó contra la rodilla. Acercó la oreja. Se quedó inmóvil.
—Es un *mi* —susurró.
—¿Qué?
—El llanto. Es un *mi* perfecto. A 659 hercios. —Se le quebró la voz—. Alejandro habría llorado de gusto.