Charlotte

Capítulo 86. — La semana uno.

Jonathan no se anunció.

No pasó por recepción. No pidió permiso. No esperó a que el día se acomodara. Entró como entran las cosas que ya se sienten con derecho a existir en un espacio.

Tocó una vez.

Abrió.

Y dejó la tablet sobre el escritorio de Charlotte como si estuviera entregando una sentencia.

Charlotte levantó la vista con lentitud calculada. Tenía un café intacto a un costado y una pila de documentos que no pensaba atender todavía. Lo miró a él antes de mirar la pantalla. Contuvo una sonrisa. No por sorpresa. Por confirmación.

—¿Vienes a presumir gráficos o a interrumpir mi mañana? —preguntó, plana.

Jonathan sonrió. Esa sonrisa satisfecha que no pedía aprobación.

Deslizó la tablet hacia ella.

—Top 3. Dos días consecutivos. Peleando el número dos —dijo—. Streaming, ventas físicas, descargas. Todo alineado.

Charlotte miró la pantalla apenas un segundo. Lo suficiente para verificar que el mundo estaba obedeciendo.

—Bien —dijo—. Está haciendo lo que debe.

Jonathan inclinó la cabeza, divertido.

—Eso no es lo que vine a decirte.

Charlotte apoyó la espalda en la silla y cruzó las piernas.

—Ilumíname.

—Es un hecho —dijo él, directo—. Somos pareja.

Charlotte dejó escapar una risa breve. Baja. Casi indulgente.

—¿Necesitas un trofeo? ¿Una medalla? ¿Un aplauso por hacer tu trabajo?

Jonathan se sentó sin que ella lo invitara. Se cruzó de piernas, cómodo, retador.

—No te hagas la distraída —respondió—. Sabes que no estoy hablando de Adele.

Charlotte giró la silla. Se puso de pie. No por nervio. Por juego. Caminó hablando, ya planeando.

—La siguiente fase es gira —dijo—. Grande. Inversión real. Ciudades clave. Nada de prueba piloto…

Jonathan la observó un segundo más. Luego se levantó.

La siguió.

Y le tomó la muñeca.

Firme. Exacto. Sin violencia. La atrajo hasta su pecho como si el gesto hubiera sido ensayado.

Charlotte alzó la barbilla, sonrisa torcida, desafío puro.

Jonathan bajó la voz.

—En una semana vas a ser oficialmente mi novia —dijo—. Y voy a cobrarte el cinismo.

Charlotte arqueó una ceja.

—¿Eso es una amenaza?

Jonathan no respondió con palabras.

Le robó un beso.

Uno real. Sin cálculo. Sin testigos.

Se separó apenas.

—Es una advertencia —dijo—. Y no voy a cobrarte con daño físico… sino con lo que de verdad te molesta.

Charlotte sostuvo la mirada. Fuego quieto.

Jonathan tomó su tablet.

Y salió.

Como si nada hubiera pasado.

Como si todo acabara de empezar.

Charlotte hizo exactamente lo que Jonathan esperaba que hiciera: no le dio el gusto. No comentó el beso, no lo persiguió con la mirada, no permitió que la comisura de su boca delatara nada. Volvió a su escritorio con la serenidad calculada de quien no puede permitirse registrar una variable emocional en horario laboral. Acomodó los papeles que había movido al levantarse, tomó el café que ya estaba frío y siguió leyendo como si Jonathan no hubiera existido en esa habitación cinco segundos antes, como si no le hubiera tomado la muñeca ni arrastrado su cuerpo a una distancia que no figuraba en ningún contrato.

El edificio, sin embargo, sí lo registró. Y Jonathan también.

A partir de esa mañana, los encuentros comenzaron a suceder con una frecuencia demasiado precisa para ser casualidad. Jonathan empezó a aparecer en los pasillos con una naturalidad sospechosa. Desde afuera, cualquiera habría dicho que era coincidencia. Desde adentro, para Charlotte, era cálculo puro. Estaba ahí cuando ella salía de una llamada pesada con la junta, apoyado contra una pared como si solo estuviera revisando su teléfono. Estaba en recepción cuando ella cruzaba el lobby, sin escolta, sin prisa, lo suficientemente visible para recordarle que existía y lo suficientemente discreto para que nadie pudiera acusarlo de insistente.

En más de una ocasión, caminó a su lado sin tocarla, acompasando el paso como aquella primera mañana en Interscope, saludando a empleados por su nombre con esa cortesía británica que nunca se rompía, aunque por debajo estuviera provocándola.

—Buenos días, Charlotte.

Ella no se detenía.

—Dickins.

Eso era todo.

El ascensor se convirtió en el territorio más peligroso. Ahí no había salida elegante. Jonathan subía uno o dos pisos antes que ella y cuando Charlotte entraba lo encontraba ya de pie en una esquina, impecable, como si el edificio se lo hubiera entregado en bandeja. A veces hablaba. A veces no. A veces solo le dedicaba una sonrisa mínima, torcida, ese gesto que no era seducción sino recordatorio.

—Sigues evitando mirarme —decía alguna vez, sin reproche.

—Sigo trabajando —respondía ella, sin levantar la vista.

Otras veces, el silencio era peor. El reflejo de Jonathan en el vidrio, su presencia sólida a un metro de distancia, la sensación de que él sabía exactamente qué estaba provocando.

Jonathan no volvió a tocarla. No repitió el beso. No lo necesitaba. Lo que estaba haciendo era más irritante: estaba construyendo proximidad con estrategia, instalándose en el perímetro de su día. Y lo decía, además, con esa insolencia educada que a Charlotte le resultaba doblemente ofensiva.

—No te preocupes —le dijo una tarde, cuando coincidieron al salir del ascensor—. No pienso romper nada antes de tiempo.

Charlotte se detuvo apenas.

—¿Romper qué?

Jonathan sonrió.

—Tú lo sabes.

Y siguió caminando como si nada.

Mientras jugaba ese juego sobre su piel, Jonathan hacía lo otro sin fallar un solo día: enviaba informes. No había emoción en esos correos. No había signos de exclamación ni frases infladas. Solo gráficos limpios, cifras incontestables, listados donde Adele no dejaba de subir.

Charlotte los abría con frialdad profesional. Verificaba. Asentía una vez. Archivaba.

—Top 5 otra vez —murmuró una mañana, sola en su oficina—. Bien.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.