Charlotte

Capítulo 88. — Reinos que no se piden prestados.

La noche en que todo se volvió oficial no cambió el mundo de inmediato, y eso fue lo primero que tranquilizó a Charlotte.

No hubo titulares filtrados, ni fotos robadas, ni movimientos bruscos en el tablero. A la mañana siguiente, Interscope siguió funcionando con la misma precisión quirúrgica de siempre. Adele seguía en las listas, los informes seguían llegando, las decisiones seguían cayendo sobre el escritorio de Charlotte como piezas inevitables de un engranaje que ella conocía demasiado bien.

Lo que sí cambió fue la manera en que Jonathan empezó a ocupar el espacio.

No como un invasor. No como un acompañante ornamental. Como alguien que entendía exactamente cuándo hablar, cuándo callar y —más importante— cuándo ejecutar sin pedir aplauso.

Trabajaron juntos.

De verdad.

No en cenas ni en gestos sociales, sino en salas de juntas, aeropuertos, llamadas cruzadas a horas imposibles. Charlotte empezó a notar algo que no había previsto: Jonathan no competía con ella. No corregía sus decisiones en público. No usaba la relación como palanca. Si estaba en desacuerdo, lo decía a puerta cerrada, con argumentos, sin dramatismo.

Y cuando ella decidía algo, incluso si no era su opción preferida, él alineaba al equipo como si esa hubiera sido la única posibilidad desde el inicio.

Charlotte no confiaba ciegamente.

Pero empezó a contar con él.

Tres meses después de aquella cena incómoda que había redefinido demasiadas cosas, el trabajo los llevó a Londres. No como gesto romántico, sino como parte natural de la expansión europea de Adele. Reuniones, estudios, prensa. Agenda brutal.

Charlotte conocía Londres. Había estado ahí demasiadas veces como para romantizarla. La ciudad, para ella, era reuniones largas, hoteles correctos y agendas cerradas con precisión quirúrgica. Nada más.

Por eso no levantó la vista del iPad cuando Jonathan lo dijo, como si estuviera hablando de mover una junta.

—Vamos a salir de la ciudad un par de días. Mi familia quiere conocerte.

Charlotte deslizó el dedo por la pantalla una vez más antes de mirarlo por encima del borde.

—¿“Quiere” o “exige”?

Jonathan sonrió, esa sonrisa suya que siempre parecía esconder un dato que todavía no soltaba.

—Quiere. Mucho.

Charlotte cerró el iPad con un clic seco.

—Eso es peor —dijo—. Cuando la gente exige, al menos es honesta.

Jonathan rió bajo.

—Te van a caer bien.

—Eso es lo que dicen siempre antes de una emboscada emocional —respondió ella—. Recuérdame cuántos hermanos tienes. ¿Cero? ¿Uno imaginario?

—Hijo único —confirmó él—. Pero compensado con primas, tías y una abuela que cree que todavía tengo doce años.

Charlotte ladeó la cabeza.

—Perfecto. Un jurado completo.

Jonathan la miró divertido.

—No van a juzgarte.

—Claro que sí —replicó ella—. Solo que con sonrisas.

Eso debió haberla alertado más de lo que lo hizo.

La finca estaba en algún punto frío y verde fuera de Londres, donde el silencio no era vacío sino herencia. No era ostentosa en el sentido Queen; no gritaba dinero nuevo ni poder reciente. Era grande de otra manera: antigua, sólida, con muros que parecían haber visto generaciones pasar sin necesidad de adaptarse.

Charlotte bajó del coche con la misma compostura con la que entraba a cualquier lugar importante, pero algo empezó a descolocarla apenas cruzó el umbral.

No hubo protocolo rígido.
No hubo esa pausa incómoda donde alguien decide si te extiende la mano o te evalúa primero.

Hubo movimiento.

—¡Jonathan!

Una mujer se acercó primero, sin dudar, abrazándolo con una naturalidad que Charlotte no había visto nunca en él. Luego vino otra. Y otra más.

—Así que tú eres Charlotte —dijo su madre, con una sonrisa abierta que no buscaba medir nada—. Por fin.

Ese “por fin” no sonó a examen. Sonó a alivio.

La abuela apareció después, apoyada en un bastón que no parecía necesitar, y le tomó las manos a Charlotte con una calidez que la dejó sin reflejos.

—Eres más alta de lo que imaginaba —comentó—. Me gusta eso.

—Gracias —respondió Charlotte, automática, antes de preguntarse por qué estaba agradeciendo.

Tías, primas, voces cruzadas. Niñas que corrían entre los adultos sin pedir permiso. Las sobrinas —hijas de dos de las primas de Jonathan— se acercaron sin miedo, mirándola como se mira algo nuevo pero interesante.

—¿Habla raro? —susurró una de ellas, sin bajar la voz.

—Habla americano —corrigió otra—. Como en las películas.

Charlotte arqueó una ceja y miró a Jonathan.

—¿Siempre son así de discretas?

—Están siendo educadas —respondió él—. Podrían estar pidiendo autógrafos.

Charlotte se inclinó apenas hacia las niñas.

—No firmo servilletas —dijo—. Pero puedo aceptar sobornos en forma de postre.

Las dos se rieron y salieron corriendo.

Alguien comentó, sin malicia:

—Así que tú eres la mujer que lo tiene aterrizado.

—Ojalá se quede —agregó otra prima, riendo—. Siempre ha sido imposible. Buen chico, pero imposible.

Charlotte sintió algo raro en el pecho. No tensión. No alerta. Algo más incómodo: aceptación.

Jonathan no la soltó, pero tampoco la escondió. No la presentaba como trofeo ni como escudo. Se movía entre su familia con naturalidad, apoyando una mano breve en su espalda, mirándola de vez en cuando como quien comprueba que todo sigue en su lugar.

Y entonces Charlotte entendió algo que no había considerado. Jonathan no era un plebeyo intentando escalar a rey. Tenía su propio reino. Uno sin tronos ni órdenes silenciosas, pero construido en afectos, en presencia constante, en pertenencia real. Una familia enorme que lo quería sin exigirle resultados, que lo celebraba sin pedirle que fuera más de lo que ya era. Y, por extensión, la querían a ella. No por su apellido. No por su cargo. No por lo que representaba. La querían porque él la amaba.




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