Charlotte

Capítulo 89. — Lo que no se celebra, se decide.

Volvía a ser noviembre, pero ya no era el mismo año ni el mismo tablero.

Adele era un éxito mundial. No una promesa, no una apuesta bien jugada: un fenómeno sostenido, con cifras que ya no necesitaban defensa y un equipo interno de Interscope que hablaba del proyecto como uno de esos hitos que se estudian después. Richard estaba complacido, lo suficiente como para no decirlo en voz alta, y Charlotte sabía que, viniendo de él, eso equivalía a una ovación.

Era su cumpleaños.

Y el día empezó exactamente como ella esperaba.

El ramo llegó temprano: rosas blancas, tallos largos, arreglo impecable, elegancia sin esfuerzo. La tarjeta no necesitaba firma.

“Feliz cumpleaños, Queen.”

Giulia.

El ritual seguía en pie. O al menos la parte de Giulia. Charlotte tomó la tarjeta, la observó apenas un segundo y la guardó en la gaveta de su escritorio, en el mismo lugar donde descansaban las cosas que no se exhiben pero tampoco se descartan. Luego trabajó. Todo el día. Como si esa fecha no significara nada más que una anotación discreta en el calendario.

Al mediodía, Evelyn llamó por FaceTime. Sophia apareció en pantalla con la misma seriedad concentrada del año anterior, decidida a cantar el cumpleaños completo sin perder una sílaba. Charlotte escuchó, corrigió una nota, sonrió apenas cuando terminó y colgó sin dramatismos. Dos años consecutivos. Eso, para ella, ya era estadística suficiente como para admitir que algo estaba cambiando.

De Jonathan no hubo nada.

Ni mensaje.
Ni llamada.
Ni flores.
Ni presencia.

Y no fue extraño.

Era Jonathan conociéndola. Jonathan entendiendo que Charlotte Queen no necesitaba que su cumpleaños se convirtiera en un evento, ni en una prueba pública de afecto. Él respetaba eso. Y, aunque ella no lo formulara así, lo agradecía.

Cuando la tarde cayó del todo, Richard entró a su oficina sin anunciarse. No habló. No preguntó. Dejó una caja negra de terciopelo sobre el escritorio y la miró un segundo más de lo habitual. Luego se encogió de hombros, señaló la caja con un gesto mínimo y salió.

Charlotte la abrió.

Una gargantilla plateada —oro blanco, seguramente— con diamantes ovalados, sobria, precisa, absolutamente de su gusto. No sonrió. No suspiró. La guardó en la cartera y se fue.

El chofer la dejó frente a su edificio. Durante el ascenso al penthouse intentó no pensar en nada. No en lo bien que Jonathan encajaba sin invadir. No en Sophia cantando por segundo año consecutivo. No en la tarjeta de Giulia, después de más de diez años de historia compartida. No en lo que ese equilibrio extraño empezaba a parecerse peligrosamente a una vida.

El timbre sonó.

Las puertas se abrieron.

Y Charlotte se detuvo.

La mesa del comedor estaba puesta. Cristales. Velas. Precisión absoluta. Dio un par de pasos más y, al asomarse a la cocina, vio al chef detrás de la barra, terminando de emplatar. Sushi dispuesto con exactitud quirúrgica. Salsas. Vino. El chef asintió en silencio.

Charlotte avanzó hasta el comedor.

Jonathan estaba allí.

Saco oscuro. Camisa con un par de botones desabrochados. Relajado, pero no informal. Sonriente, pero sin exagerar el gesto.

—Esto no es por tu cumpleaños —dijo apenas la vio—. Y no hay torta.

Charlotte torció la sonrisa.

—Qué alivio —respondió—. Odiaría tener que fingir entusiasmo.

Jonathan se acercó, le quitó el abrigo con un gesto lento, deliberado, y se inclinó apenas para hablarle al oído.

—No vamos a tener la misma pelea de hace un año —susurró—. Esta noche solo te dejas atender.

Charlotte no se apartó.

No respondió de inmediato.

Solo avanzó un paso más hacia el centro del departamento, consciente de algo que todavía no pensaba nombrar: Jonathan no estaba rompiendo ninguna de sus reglas. Estaba jugando dentro de ellas.

Y eso, viniendo de él, no podía significar nada trivial.

La noche apenas comenzaba.

Y Charlotte Queen todavía no sabía que no había sido invitada a una celebración, sino a una decisión.

La cena avanzó con la precisión de todo lo que Jonathan tocaba cuando decidía hacerlo bien.

Un mesero de traje oscuro comenzó a servir los platos sin una sola palabra innecesaria. Fue una secuencia larga y pensada: entradas delicadas, sabores medidos, tiempos exactos. Charlotte elogió al chef sin entusiasmo exagerado, como quien reconoce competencia real, y bebió el vino con esa atención quirúrgica que reservaba para las cosas que valían la pena.

—Sigo sin entender cómo conseguiste acceso a mi departamento —comentó en algún punto, apoyando el codo en la mesa—. Voy a quejarme con la administración. Esto es una violación directa al concepto de seguridad.

Jonathan sonrió, tranquilo, sin defenderse.

—Estoy dispuesto a enfrentar las consecuencias —respondió—. Incluso una auditoría.

—No bromees con eso —replicó ella—. Podría destruir carreras.

—La mía sobrevivirá —dijo él, levantando la copa—. La tuya, claramente no depende de mí.

Charlotte torció la sonrisa, satisfecha con la respuesta, y siguió comiendo.

La cena terminó sin prisa. El último plato fue retirado, las copas se rellenaron una vez más y el silencio que quedó no fue incómodo, sino deliberado. Jonathan tomó la servilleta, se limpió los labios con cuidado y la dejó a un costado del plato antes de levantar la vista hacia ella.

—Necesito que me escuches —dijo—. Y que no me interrumpas hasta que termine.

Charlotte lo observó un segundo largo. Luego asintió, tomó la copa y dio un trago lento antes de acomodarse en la silla.

—Adelante —respondió—. Tienes mi atención completa.

Jonathan respiró hondo, aunque no parecía nervioso.

—Un “no” siempre va a ser una respuesta esperada —comenzó, con una sonrisa breve—. Lo digo para que no sientas presión por cortesía.

Charlotte sonrió apenas, ladeada, pero no dijo nada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.