Charlotte

Capítulo 91. — Calendarios que no se negocian.

Evelyn no aceptó con entusiasmo la decisión de Charlotte de no iniciar los preparativos en diciembre.
No era una negativa al matrimonio —eso estaba decidido—, sino una postergación estratégica. Charlotte quería empezar en el nuevo año, cuando el trabajo aflojara lo suficiente como para no convertir la boda en otra variable de estrés mal gestionado.

Jonathan estuvo de acuerdo desde el principio. No con condescendencia, no con paciencia forzada, sino con una claridad que a Charlotte le resultó casi incómoda de lo natural que fue.

—Tus tiempos son razonables —le dijo—. Y son tuyos. Todo lo demás es ruido.

Y así, sin grandes discursos, diciembre pasó. Ventas, cierres, prensa, gira, decisiones que no admitían distracciones. Evelyn esperó… apenas.

Fue a mediados de enero cuando Charlotte la vio atravesar el umbral de su oficina, apenas anunciada por el intercomunicador, con ese nuevo físico que el ejercicio constante y la actividad disciplinada le habían dado después del susto médico. Caminaba rápido. Decidida. Demasiado despierta para alguien que supuestamente solo “venía a saludar”.

Charlotte se reclinó en su silla, cruzó los brazos y la observó llegar.

—No acepto negativas —dijo Evelyn, sin preámbulo.

Charlotte se puso de pie.

—Ni yo improvisaciones —respondió, seca.

Evelyn la besó en la mejilla como si no hubiera escuchado nada.

—Acompáñame.

No fue una invitación. Fue una orden envuelta en afecto.

Subieron al ascensor mientras Evelyn hablaba sin pausa: fechas tentativas, agendas, llamadas que ya había hecho “solo para consultar”, ideas que no había pedido permiso para tener. Charlotte fingía interés, asentía cuando correspondía y archivaba cada palabra con esa atención selectiva que siempre había sido su ventaja… aunque últimamente no sabía si también era un castigo.

Bajaron en una planta que Charlotte no esperaba.

No la sala de juntas pequeña.
No la funcional.

La grande.

Más de doce asientos, pantallas encendidas, bocetos extendidos, iPads con fotos de flores, mesas, vestidos, pasteles y una cantidad obscena de conceptos visuales. Personas que Charlotte no conocía conversaban entre sí con entusiasmo contenido.

Y al fondo de la mesa, como si nada de eso tuviera que ver con ella, Sophia.

Lápices de colores. Hojas blancas. La nana sentada a su lado.

Apenas la vio, Sophia se bajó de la silla y corrió hasta Charlotte, abrazándole la pierna con esa determinación que no pedía permiso.

Charlotte hizo una mueca que, en su lenguaje, se parecía bastante a una sonrisa. Le tomó la mano y se sentó, dejando que Sophia ocupara la silla contigua.

Evelyn no perdió tiempo.

—La boda será por la iglesia —dijo—. Es lo correcto.

Charlotte la dejó ganar. Iglesia o no, el matrimonio sería legal. Eso era lo único que importaba.

El número de invitados fue la primera fricción real.

—Los menos posibles —dijo Charlotte.

—Sé razonable —respondió Evelyn—. Necesitamos al menos trescientos.

—Es demasiado.

—Trescientos por familia es apenas lo justo —corrigió Evelyn, como si estuviera hablando de cubiertos.

Charlotte puso los ojos en blanco y dejó que continuaran.

Ubicación. Estilo. Jardines románticos. Palabras que no le decían nada.

Se distrajo observando a Sophia, que coloreaba con una concentración absoluta. El dibujo era una torta enorme, rosa, con arcoíris y mariposas.

—¿Qué es eso? —preguntó Charlotte.

—Mi torta —respondió Sophia—. De mi cumpleaños. Mamá dijo que podía diseñarla como ustedes están haciendo la tuya.

Charlotte asintió, registrando el dato.

Evelyn recuperó su atención justo cuando Jonathan entró en la sala. Le lanzó esa mirada inequívoca de hazte cargo. Él entendió al instante y tomó asiento al otro lado de Evelyn, opinando con soltura mientras Charlotte se desconectaba deliberadamente.

Tomó un lápiz del estuche de Sophia.

—¿Puedo ayudar?

—Dibuja un sol —pidió la niña—. Arriba. En el tercer piso.

—Déjame en paz un momento con la boda —pidió Charlotte—. ¿Podemos tener una cena sin flores ni vestidos?

Evelyn asintió.

En el coche, Sophia tomó el control absoluto de la conversación. Mostraba orgullosa los diseños de castillos inflables, decoraciones y tortas que habían pintado juntas. Ese fue el tema durante toda la cena.

Al volver al departamento, Jonathan se despidió con cuidado.

—Entiendo si fue demasiado —dijo—. No tenemos que casarnos pronto. Ni siquiera este año.

Charlotte rió.

—¿Abrumada? No.

—Entonces…

—Me abruma pedirle eso a Giulia —admitió—. Desde que Sophia llegó casi no nos vemos. Nos alejamos demasiado como para pedirle algo así.

—¿Ya no hay cariño?

Charlotte rió, sarcástica.

—No te pongas cursi.

Se inclinó y lo besó.

Corto. Claro.

—Buenas noches, Dickins.

Jonathan sonrió.

Y Charlotte cerró la puerta sabiendo algo con certeza incómoda y precisa:
no le temía al matrimonio, ni a la boda, ni a Evelyn.

Le temía —un poco— a las conversaciones que todavía no había tenido.

Y eso, por primera vez, no tenía nada que ver con el control.




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