Charlotte cerró la puerta detrás de Jonathan sin hacer ruido. No apoyó la espalda. No suspiró. No se quedó quieta. Se movió con la eficiencia automática de quien sabe exactamente qué hacer cuando no quiere pensar todavía.
Se quitó el abrigo primero, luego el blazer, dejándolos caer sobre el respaldo de una silla sin preocuparse por la forma. Se sacó las botas junto a la entrada y caminó descalza hasta el bar. Sirvió un whisky doble, sin hielo, y dio el primer trago antes de girar sobre sí misma, como si ese gesto fuera parte de un ritual aprendido.
Con el vaso en la mano cruzó el departamento hasta el despacho. Encendió la luz y fue directo al escritorio, sin detenerse a mirar nada más. Abrió un cajón, sacó papel, sacó una pluma. Se sentó.
Durante un segundo largo no escribió.
Solo apoyó la punta de la pluma sobre la hoja, como si necesitara sentir el peso real de lo que estaba a punto de hacer.
Entonces empezó.
Giulia,
Sé que nos hemos distanciado. No hace falta maquillarlo ni buscar una causa elegante. Las llamadas se fueron apagando hace tiempo y no sabría decirte exactamente cuándo dejamos de intentarlo. Supongo que así funcionan algunas cosas cuando nadie las empuja con suficiente fuerza.
No sé cuándo vas a leer esto. Si sigues en Arizona, quizá lo tengas en las manos en un par de días. Si no, llegará cuando tenga que llegar. En cualquier caso, no podía enviarte un correo ni un mensaje para algo así. Me pareció cobarde. Y tú nunca fuiste alguien para quien yo eligiera el camino fácil.
Voy a casarme.
Lo escribo así porque decirlo en voz alta todavía me resulta extraño. Conocí a alguien que encajó —sin pedirlo— con lo que soy. No con lo que represento, no con lo que esperan de mí. Me pidió matrimonio durante una cena que insistió en aclarar que no era por mi cumpleaños, lo cual dice bastante de él.
Al parecer, tener una dama de honor es un requisito. No sabía eso. Tampoco pensé que me importaría. Pero no hay nadie que pueda ocupar ese lugar que no seas tú.
No te escribo para obligarte a nada. Te escribo porque, si aceptas, quiero que sea por decisión propia y no por inercia. Te envío tickets de ida y vuelta, con fechas abiertas, para cuando tengas un par de días y quieras venir a Nueva York. Podemos cenar. Hablar. Ver si quieres hacer parte del circo que Evelyn dirige con entusiasmo quirúrgico y unos preparativos que, por ahora, todavía no tienen fecha.
Si no, lo entenderé.
Pero necesitaba decírtelo así.
—C.
Charlotte dejó la pluma sobre el escritorio y leyó la carta una sola vez. No corrigió nada. No agregó despedidas. No firmó con su nombre completo. Dobló el papel con cuidado, lo metió en un sobre y lo selló.
Se levantó, salió del despacho con la carta en la mano, terminó el whisky de un solo trago y caminó hasta la habitación. Dejó el sobre sobre la mesa de noche, como si necesitara saber dónde estaba antes de continuar con cualquier otra cosa.
Luego fue al baño.
Abrió el grifo, dejó correr el agua caliente y llenó la tina con espuma hasta que el vapor empezó a empañar los espejos. Se desvistió sin prisa y se sumergió, cerrando los ojos cuando el calor la envolvió por completo.
Por primera vez ese día, no pensó en calendarios, ni en listas, ni en decisiones pendientes.
Había hecho lo único que no se podía delegar.
Lo demás —como casi todo— podía esperar hasta la mañana siguiente.
A la mañana siguiente, Charlotte llegó a la oficina con la misma puntualidad exacta de siempre.
El edificio no sabía nada.
Los pasillos no sabían nada.
La ciudad —como de costumbre— no debía saber nada.
Dejó el abrigo en su despacho, encendió las luces y revisó el correo como si la noche anterior no hubiera existido. Respondió dos mensajes urgentes, firmó un documento pendiente y solo entonces abrió el cajón lateral del escritorio. Sacó el sobre sellado y lo sostuvo un segundo entre los dedos, lo suficiente como para confirmar que seguía siendo real.
Llamó a su secretaria.
Cuando ella entró, Charlotte no levantó la voz ni cambió el tono.
—Necesito que envíes esto hoy mismo —dijo, extendiéndole el sobre—. Por mensajería prioritaria.
La secretaria lo tomó con cuidado.
—¿Alguna instrucción adicional?
Charlotte asintió.
—Compra dos tiquetes de ida y vuelta a Nueva York. Fechas abiertas. Clase ejecutiva. Sin restricciones. —Pausa mínima—. Adjunta los comprobantes dentro del envío.
La secretaria no preguntó nada. Asintió una vez más.
—¿Destino de origen?
—Italia o Arizona —respondió Charlotte—. Donde esté.
—Entendido.
La secretaria salió con la misma discreción con la que había entrado, y Charlotte volvió a su escritorio sin mirar la puerta cerrarse. No siguió el recorrido del sobre. No pensó en cuándo llegaría ni en cómo sería recibido. Eso ya no le pertenecía.
El día comenzó.
Reuniones.
Llamadas.
Decisiones.
Adele seguía en números altos. El equipo estaba alineado. Las proyecciones para la siguiente fase de la gira exigían atención inmediata. Charlotte se movió entre temas con la claridad habitual, resolviendo, delegando, anticipando conflictos antes de que existieran.
En ningún momento alguien mencionó bodas.
En ningún momento alguien mencionó anillos.
En ningún momento Jonathan apareció en su agenda.
Y eso estaba bien.
Charlotte trabajó como si la carta no hubiera sido escrita.
Como si ninguna boda estuviera siendo planificada en segundo plano.
Como si un diamante no descansara en algún lugar de su departamento esperando convertirse en símbolo.