Charlotte

Capítulo 93. — Un lugar seguro.

Pasaron alrededor de veinte días sin noticias de Giulia.
La carta había sido entregada —eso era un hecho confirmado—, pero no hubo respuesta. Ni una llamada. Ni un mensaje. Ni una señal indirecta. Nada que pudiera interpretarse como aceptación o rechazo. Solo silencio.

Charlotte no volvió sobre el tema. No porque no pensara en ello, sino porque había aprendido, desde muy temprano, que insistir no aceleraba las respuestas importantes. Algunas cosas llegaban cuando estaban listas. O no llegaban nunca.

Los preparativos continuaron, inevitablemente. Evelyn y Jonathan llevaban la delantera con una eficiencia casi alarmante, discutiendo fechas tentativas, proveedores y listas que parecían multiplicarse por sí solas. Del otro lado de la mesa, Sophia y Charlotte estaban concentradas en algo que, para ambas, era mucho más urgente: el tercer cumpleaños de la niña, que sería ese domingo.

Había papeles de colores, bocetos torcidos, globos dibujados fuera de proporción y discusiones serias sobre si los unicornios debían ser rosas o blancos. Charlotte se permitía ese espacio con una naturalidad que todavía la sorprendía. Diseñar una fiesta con Sophia era, curiosamente, lo único del proceso que no sentía invasivo.

El viernes llegó sin ceremonia.

Faltaban diez minutos para las siete de la mañana cuando el coche se detuvo frente al edificio de Interscope. El cielo aún estaba gris, la ciudad apenas despertaba y Charlotte bajó con la bolsa en una mano y el teléfono en la otra, repasando mentalmente la primera reunión del día.

Fue entonces cuando lo sintió.

No fue visual al principio. Fue esa percepción incómoda, casi física, de ser observada. Como si el aire hubiera cambiado apenas cruzó la acera.

Giulia también lo sintió.

Estaba sentada en uno de los sillones de la recepción, con las piernas cruzadas, un café intacto sobre la mesa baja. En el instante exacto en que Charlotte puso un pie dentro del edificio, Giulia descruzó las piernas y se puso de pie, como si el gesto hubiera estado esperando ese momento preciso.

La recepcionista abrió la boca para anunciarla.

Charlotte levantó una mano sin mirar atrás.

Silencio.

Giulia sonrió primero. No grande. No provocadora. Solo esa sonrisa que Charlotte conocía demasiado bien.

—Hola —dijo Giulia.

Charlotte se detuvo a una distancia prudente. No retrocedió. No avanzó.

—¿Qué haces aquí tan temprano? —preguntó, con la voz firme, limpia.

Giulia inclinó un poco la cabeza.

—Tu carta no indicaba fecha ni hora.

Ambas sonrieron. No fue sarcasmo. No fue ironía. Fue reconocimiento.

—Aterricé hace una hora —continuó Giulia—. Y como exigiste —añadió, con un brillo divertido—, dispongo de algunos días para hacer de payasa en el circo.

Charlotte soltó una risa breve, real. No cínica. No defensiva.

—Siempre exageras mis términos.

—Siempre los cumplo —replicó Giulia.

Charlotte no respondió. Giró sobre sus talones y caminó directo hacia los ascensores, sin mirar atrás, segura de algo que no necesitaba comprobar. Los tacones de aguja de Giulia resonaron un paso detrás de ella, acompasados, precisos, familiares.

El sonido la siguió hasta el ascensor.

Las puertas se abrieron.

Entraron.

Giulia llevaba una bolsa pequeña en la mano. Charlotte la notó por el reflejo del acero pulido, pero no preguntó nada. Todavía no.

El ascensor empezó a subir.

Y, por primera vez en veinte días, el silencio dejó de ser una ausencia.
Ahora era una presencia compartida.

Las puertas del ascensor se abrieron en el último piso sin aviso sonoro.

Charlotte salió primero, con ese paso suyo que no espera compañía ni permiso. No dio indicaciones, no miró atrás. Caminó directo por el pasillo acristalado hasta su oficina y, al llegar, empujó la puerta… y se detuvo.

Por primera vez en mucho tiempo, sostuvo la puerta abierta.

Giulia alzó una ceja, divertida por el gesto mínimo pero elocuente, y entró sin prisa.

—Vaya —comentó, mirando alrededor—. La suite presidencial de Interscope. Supongo que valió la pena la doble carrera, las ojeras y todas esas exigencias

Charlotte cerró la puerta detrás de ella sin responder al comentario. Se quitó la gabardina con un movimiento limpio, la dejó sobre una silla y señaló el sillón frente al escritorio.

—Siéntate.

Giulia obedeció, cruzando las piernas con calma estudiada.

—¿Café? —preguntó Charlotte, ya encaminándose hacia su escritorio—. ¿Agua?

Giulia ladeó la cabeza.

—Esperaba que pudiéramos desayunar juntas.

Charlotte se sentó del otro lado del escritorio, acomodó un par de papeles que no necesitaban ser acomodados y negó una sola vez.

—No puedo. No avisaste. No cancelo una agenda así de repente.

Giulia torció la sonrisa, sin molestia real.

—¿Entonces tu plan era tenerme en Nueva York encerrada en un hotel?

Charlotte alzó la vista.

—¿En cuál te registraste?

Giulia se lo dijo sin rodeos.

Charlotte asintió, como si ya hubiera tomado una decisión antes de hacer la pregunta.

—Tienes mi coche y mi chofer a disposición. —Pausa breve—. Despejare la agenda los próximos días.

Giulia la miró con atención.

—¿Eso es una orden o una cortesía?

—Es logística —respondió Charlotte—. Y sí, ambas estamos condenadas a ir a la fiesta de ensueño de Sophia.

Giulia sonrió, esta vez abiertamente.

—Suena… inevitable.

Charlotte sostuvo la mirada.

—En la cena te explico.

Giulia inclinó la cabeza, juguetona.

—¿Eso es una invitación?

Charlotte asintió una vez.

—Es tradición —dijo—. Y hay que respetarla.

Giulia se levantó del sillón, tomó la bolsa que había traído consigo y se dirigió a la puerta.

—Entonces nos vemos esta noche, Queen.

Charlotte no corrigió el tono ni el nombre.

—Esta noche —confirmó.

La puerta se cerró detrás de Giulia.




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