Charlotte despertó a las seis de la mañana sin alarma.
No fue sobresalto ni ansiedad. Fue ese estado incómodo en el que la mente ya está despierta mientras el cuerpo todavía pretende no estarlo. Los pensamientos no eran caóticos, pero sí demasiados como para quedarse en la cama fingiendo descanso.
No lo intentó.
Se levantó, se puso un conjunto sencillo, una chaqueta y bajó directo al sótano. El coche arrancó sin música, sin llamadas, sin distracciones. El trayecto hasta el gimnasio fue breve, automático, como si su cuerpo conociera el camino mejor que ella.
Entró antes de las seis y media.
Entrenó con método, no con furia. Cardio largo, pesas medidas, estiramientos conscientes. Nada de castigo, nada de descarga emocional. Solo movimiento sostenido, respiración controlada, sudor suficiente como para ordenar la cabeza sin necesidad de pensar en nada concreto.
Cuando salió, pasadas las ocho, el frío de la mañana le despejó lo último que quedaba de ruido interno.
Se sentó en el coche, tomó el móvil y marcó sin revisar contactos.
—Recepción, buenos días.
—Buenos días —respondió Charlotte—. Necesito que hagan llegar una nota a la habitación de la señora Giulia Giordano.
La formalidad era deliberada.
Pidió que estuviera lista al mediodía para un brunch con un equipo reducido de planners y con Evelyn. Nada más. Sin contexto. Sin explicaciones.
Colgó antes de que le ofrecieran algo adicional.
Dejó el móvil en el asiento del acompañante y volvió a casa.
El departamento estaba en silencio cuando entró. No encendió música. No abrió cortinas. Fue directo al baño, abrió el grifo y dejó correr el agua caliente hasta que el vapor empezó a llenar el espacio.
Se duchó sin prisa.
Después, ya envuelta en una bata, se dedicó un par de horas completas sin agenda ni objetivos. Se puso crema con movimientos lentos, casi mecánicos. Se secó el cabello con paciencia. No pensó. No repasó conversaciones. No anticipó escenas.
Era un intervalo raro, y lo sostuvo.
Cerca de las once empezó a vestirse.
Eligió tonos neutros: pantalón beige a la cadera, chaleco estructurado, camisa de mangas largas metida dentro del pantalón. Botines a juego. La gabardina, dos tonos más oscura, cerraba el conjunto con esa sobriedad precisa que no buscaba atención, pero la obtenía igual.
A las once y media estaba lista.
Fue entonces cuando se detuvo.
La caja estaba donde siempre. Cerrada. Discreta. El anillo dentro, como si todavía no hubiera decidido reclamar su lugar en el mundo real.
Charlotte la tomó.
No hubo debate interno. No hubo comparación. No pensó en Giulia, ni en Evelyn, ni en nadie más. Lo hizo por una razón simple y suficiente: porque era suyo. Porque esa decisión ya estaba tomada.
Se colocó el anillo con un gesto firme, sin mirarlo demasiado tiempo.
No como anuncio.
No como prueba.
Como pertenencia.
Tomó el abrigo, las llaves y salió.
El coche de Charlotte se detuvo frente a la entrada del hotel sin necesidad de indicaciones. El chofer bajó primero, rodeó el vehículo y abrió la puerta trasera con el gesto preciso de siempre.
Giulia ya estaba allí.
Elegante sin esfuerzo, refinada sin rigidez, sonriente de esa manera que no pedía permiso. Abrigo claro, postura recta, presencia intacta. Giulia. La misma de siempre y, al mismo tiempo, inevitablemente distinta.
Charlotte bajó del coche y no hubo saludo verbal inmediato. Se miraron apenas un segundo más de lo estrictamente necesario, como si ese reconocimiento silencioso fuera suficiente para confirmar que ambas estaban exactamente donde debían estar.
—¿Lista? —preguntó Charlotte, ya girando hacia el coche.
—Desde hace quince minutos —respondió Giulia, entrando sin ayuda.
No hubo más palabras.
Fueron directo a la terraza de uno de los edificios más altos de la ciudad. Un restaurante elegante que se esforzaba por parecer casual, con madera clara, manteles discretos y una vista que no necesitaba presentación. El anfitrión reconoció a Charlotte apenas cruzaron el umbral y las condujo sin ceremonia innecesaria hasta la mesa asignada.
Allí estaban.
Cuatro planners sonrientes, carpetas abiertas, iPads alineados. Evelyn, impecable, con esa sonrisa suya que no era igual a ninguna otra: educada, firme, estratégica. A un costado, la niñera. Y Sophia.
Vestido rosa, medias veladas, abrigo blanco de piel suave. El cabello oscuro suelto, perfectamente peinado. El peluche atado al brazo como una extensión natural de sí misma.
Apenas vio a Charlotte, Sophia no gritó ni saltó. Se bajó de la silla con cuidado, caminó directo hacia ella y le tomó la mano. Solo eso. Como si fuera lo más lógico del mundo.
Charlotte bajó la mirada y apretó suavemente esos dedos pequeños. Giulia observó la escena con una sonrisa que no intentó ocultar.
Evelyn se acercó enseguida, saludó a Giulia con un doble beso y las invitó a sentarse.
El brunch comenzó como lo que, en realidad, era: una junta disfrazada de comida elegante. Los planners hablaron de cronogramas, de paletas de color, de proveedores que “había que asegurar cuanto antes”. Charlotte escuchaba sin verdadero interés. Lo justo. Lo necesario.
Giulia lo notó.
Fue ella quien siguió el ritmo de Evelyn y del equipo, sonriendo, preguntando, opinando con una soltura que no era improvisada. Charlotte las observaba desde su lugar, interviniendo solo cuando quería precisión: detalles concretos.
Y de inmediato continuaba la intensa conversación de los dibujos que Sophia y ella habían hecho en reuniones anteriores, ajustes mínimos que cerraban discusiones enteras.
Comieron bien. Bebieron vino blanco. La vista de Nueva York se abría en un círculo casi perfecto, y aunque la temperatura marcaba apenas tres grados, el sol y la altura hacían que se sintiera como un amable diez, quizá doce.