A las ocho en punto de la mañana, el coche negro de Charlotte se detuvo frente al hotel de Giulia con la precisión habitual. No hubo bocinazo ni apuro. Solo la pausa exacta de quien sabe que el tiempo, ahí, le pertenece.
Giulia apareció casi de inmediato, abrigo claro, sonrisa despierta, el pelo aún con ese desorden controlado de quien no tuvo que pelear con el espejo. Abrió la puerta trasera y subió sin preguntar, sentándose junto a Charlotte con una naturalidad que no necesitaba explicaciones.
—Vaya —dijo, apenas acomodándose—. Pensé que a ti te gustaba ir adelante.
Charlotte giró apenas el rostro, una ceja levantada, la comisura de los labios torciéndose lo justo.
—Viejos hábitos.
Giulia no dejó pasar la frase.
—¿Ah, sí? —preguntó, ladeando la cabeza—. ¿Entonces ahora eres de las mujeres que rompen hábitos?
El doble sentido quedó suspendido entre ambas como algo que no necesitaba traducción. Charlotte sostuvo la mirada apenas un segundo más de lo necesario, asintió con una calma deliberada y cambió el rumbo con la precisión de siempre.
—¿Trajiste el pasaporte?
Giulia soltó una risa baja y rebuscó en su bolsa. Lo sacó y lo agitó frente a ella.
—Aquí está. Empiezo a pensar que cumplir años en la familia Queen es un asunto serio. Internacional, incluso.
Charlotte la miró de lado y una sonrisa abiertamente sarcástica se le dibujó en los labios.
—No hacemos nada a medias.
El coche arrancó.
No hubo más conversación hasta llegar al aeropuerto privado. El movimiento fue fluido, casi coreografiado. Bajaron, caminaron, subieron. Y fue apenas al cruzar la escalerilla cuando Giulia entendió que no era la única invitada.
Había niños. Muchos. Alrededor de diez, quizá más. Niñeras atentos, padres con sacos impecables que no llevaban iniciales bordadas, pero que Giulia reconocía sin esfuerzo. Riqueza discreta, educada, de la que no necesita anunciarse.
Y al fondo, inconfundibles, los Queen.
Evelyn conversaba con otra madre. Richard revisaba algo en su teléfono. Y en el centro de todo, Sophia.
Tiara de princesa ligeramente torcida. Una banda cruzándole el pecho que anunciaba, sin margen de duda, que ella era la cumpleañera.
Apenas las vio, Sophia corrió.
No gritó. No pidió permiso. Corrió directo a Charlotte y le tomó la mano con una determinación que no admitía negociación. Charlotte no dijo nada. No se agachó. No hizo un gesto dramático. Simplemente cerró los dedos alrededor de los de la niña.
Y desde ese momento, quedó claro: Charlotte ya no le pertenecía al avión, ni al viaje, ni a nadie más.
Le pertenecía a Sophia.
Giulia lo notó. No como celos. Como dato.
Tomaron asiento juntas. Charlotte al centro, Giulia a su lado. Sophia desapareció enseguida entre risas y carreras con otros niños. Así transcurrieron las siguientes tres horas: voces infantiles, dibujos improvisados, niñeras vigilando desde la periferia.
Charlotte apenas habló. Observaba. Respondía cuando Sophia regresaba a contarle algo. Giulia, en cambio, miraba a Charlotte.
Y entendía.
Al aterrizar, la euforia estalló. Niños corriendo, mochilas arrastradas, voces agudas llenando la pista. Las niñeras salieron detrás como un ejército entrenado. Sophia no dudó. Corrió directo a Charlotte, le tomó la mano otra vez y bajaron juntas.
En la pista esperaban varios coches.
En uno subieron solo ellas tres.
Y entonces, a lo lejos, apareció.
El castillo.
Imponente, irreal, perfectamente fuera de escala con la mañana. Sophia lo vio primero. Sus ojos se abrieron como si el mundo acabara de crecer de golpe. Las enormes perlas café brillaron con una luz nueva.
Charlotte sonrió.
Intentó contenerla. No lo logró del todo.
Giulia lo vio. Vio esa devoción silenciosa. Esa grieta abierta a propósito. Charlotte no estaba fingiendo. Estaba entregando algo.
Al llegar al parque, el personal las condujo con una eficiencia impecable. Les ofrecieron bebidas, recogieron abrigos —Florida era fresca, pero nada comparado con Nueva York— y dejaron que las risas se acomodaran, sonando a dinero bien invertido.
Entonces, el anfitrión avanzó.
Abrió las puertas.
Y el mundo apareció.
Arcoíris. Unicornios. Soles sonrientes. Castillos. Globos personalizados. Colores por todas partes. Exactamente como en los dibujos. Exactamente como en las reuniones.
Charlotte lo había hecho real.
Sophia se descolocó.
Gritó. Brincó. Señaló todo al mismo tiempo. Corría de un lado a otro llamando a Charlotte, preguntándole si recordaba cuando habían dibujado “eso”, o “aquello”, o “lo otro”.
Charlotte apenas sonreía.
Pero Giulia, que la conocía mejor que nadie, sabía: estaba extasiada.
Y Giulia también lo estaba.
Unos minutos después, Jonathan entró al salón cargando una caja inmensa que el personal recibió enseguida. Sophia soltó la mano de Charlotte y corrió hacia él.
Jonathan se arrodilló.
Hizo una reverencia exagerada. Le besó la mano como un príncipe.
Sophia respondió con una reverencia perfecta.
Jonathan le susurró algo al oído. Sophia dio dos saltitos de emoción y juntos caminaron hacia Charlotte.
Jonathan la besó. Casto. Breve.
Y entonces lo vio.
El anillo.
Sonrió. Tomó la mano de Charlotte y acarició el diamante con el pulgar, orgulloso, sin decir nada.
Charlotte los condujo hasta la mesa donde Evelyn y Giulia hablaban animadamente.
—Jonathan —dijo—, ella es Giulia.
—Giulia —continuó—, él es Jonathan.
Jonathan sonrió con cortesía genuina y le extendió la mano.
—Por fin conozco a la famosa Giulia.
Giulia la estrechó sin dudar, divertida.
—El famoso eres tú —respondió—. Aunque tendrás que contarme cómo lograste pedirle matrimonio. Charlotte no tiene magia para esos relatos.
Jonathan rió.
Y ese fue, sin que nadie lo notara en ese instante, el verdadero inicio del día.