Aterrizaron en Nueva York alrededor de las once de la noche.
La pista estaba silenciosa, húmeda por el frío tardío, y el avión quedó atrás como un paréntesis que se cerraba sin ceremonia. El chofer de Charlotte esperaba donde siempre, impecable, atento, como si no existiera otro modo de recibirlos.
Giulia fue la primera en bajar.
Evelyn la abrazó con ese afecto cálido que ya no pedía traducción. Un abrazo largo, honesto, de esos que no se dan por protocolo. Luego Giulia besó la frente de Sophia, que dormía profundamente apoyada en su hombro, la tiara ya retirada, el cuerpo rendido después de un día demasiado grande incluso para un castillo.
Richard le estrechó la mano con firmeza.
—Gracias por venir —dijo, sin añadir nada más.
Giulia sostuvo el apretón un segundo extra.
—Gracias por invitarme.
No hubo discursos. No hacía falta.
Jonathan subió al asiento del copiloto. Charlotte y Giulia ocuparon la parte trasera. El coche arrancó con suavidad, deslizándose por la noche neoyorquina mientras Jonathan, aprovechando la diferencia horaria, comenzó a responder correos desde su teléfono de trabajo. Londres estaba despierto. Él también.
—Ni se te ocurra madrugar para llevarme al aeropuerto —dijo Giulia de pronto, rompiendo el silencio—. Mi vuelo sale a las seis.
Charlotte giró apenas el rostro.
—Puedo hacerlo.
—No —respondió Giulia sin dudar—. Ya hiciste suficiente. No voy a robarte una mañana más.
—Mi vuelo sale a las seis —añadió después, casi como un dato técnico—.
Me costó cubrir un par de turnos tomarme este fin de semana… así que no puedo estirarlo más.
Charlotte la miró de lado, evaluando.
—Lo siento —añadió Giulia—. Por irme tan pronto.
—No te disculpes —respondió Charlotte—. Es logística.
Giulia sonrió.
—Eso sí —continuó—. Prometo hacer espacio con anticipación para la boda. Pero eso implica que tú te dignes a fijar una fecha.
Jonathan levantó la vista del teléfono y miró a Charlotte por el retrovisor, divertido.
—Apoyo la moción —dijo—. Hay gente organizando agendas alrededor de tu indecisión.
Charlotte resopló apenas.
—Anotaré la queja.
Llegaron al hotel de Giulia pocos minutos después. Jonathan se bajó primero para abrirle la puerta. Giulia descendió con calma. Charlotte también bajó, y durante un segundo se quedaron frente a frente, sin palabras.
El abrazo llegó solo.
El mismo de siempre. Fuerte. Reconocible. Un abrazo que no prometía nada nuevo ni reclamaba lo que ya había sido. Cuando se separaron, Giulia sonrió con esa serenidad que solo da el saber exactamente dónde se está parado.
—Cuídate, Queen.
—Vuela bien, Giordano.
Jonathan las observó sin interrumpir. Luego volvió a su asiento junto a Charlotte y el coche retomó el camino.
El edificio de Charlotte apareció poco después, imponente, silencioso, como un animal dormido. El chofer abrió la puerta. Jonathan bajó primero y la acompañó hasta la entrada, como siempre.
Charlotte sacó las llaves.
Justo cuando abrió la puerta, Jonathan habló, ligero, casi distraído:
—Por cierto… ¿cuándo pensabas contarme qué fue lo que pasó con Giulia?
Charlotte se quedó quieta un segundo.
No se tensó. No se sobresaltó.
Ambos torcieron la sonrisa al mismo tiempo.
Charlotte dio un paso atrás y abrió más la puerta.
—Sabía que lo notarías —dijo.
Jonathan levantó una ceja, divertido, y la siguió al interior.
La puerta se cerró detrás de ellos.
Y, por primera vez, con un hombre que ya no era ajeno, sino familia, no había nada que explicar…
solo algo que compartir.