Charlotte

Capítulo 97. — La víspera que todavía les pertenece.

Fue mediados de agosto la fechas que Charlotte finalmente eligió.

No hubo anuncio solemne ni explicación larga. Simplemente apareció marcada en la agenda, definitiva, inamovible. Como casi todo lo importante en su vida.

Eran pasadas las cinco de la tarde del día anterior a la boda cuando Giulia aterrizó en Nueva York. El chofer de Charlotte la esperaba en pista, puntual, y la llevó directamente a la casa de los Queen. El trayecto fue silencioso, contenido, como si la ciudad supiera que ese día no debía exigir conversación.

Evelyn la recibió apenas cruzó la puerta. Sonriente, impecable, acompañada por una de las empleadas que ya se adelantaba con instrucciones suaves. No hubo formalidades excesivas; solo esa eficiencia afectuosa que Evelyn había perfeccionado con los años.

—Te dejé en la misma habitación —le dijo, casi con cuidado—. Pensé que era lo correcto.

Giulia entendió antes de preguntar.

La habitación era la misma de aquella primera vez. Muebles claros, luz amplia, silencio antiguo. Sobre la cama, perfectamente centrado, había un saco oscuro. Dentro, el vestido de dama de honor. El nombre del diseñador brillaba en letras doradas, discretas, definitivas.

Cuando quedaron solas, Evelyn se permitió algo más personal.

—Llevo semanas pensando en la última vez que ustedes dos fueron vecinas de habitación —comentó—. Las mismas puertas. El mismo pasillo.

Giulia sonrió, sin nostalgia excesiva.

—Supongo que hay cosas que insisten.

Evelyn asintió, satisfecha.

—Charlotte está enfrente —añadió—. En su habitación de siempre.

Giulia cruzó el pasillo sin llamar.

Entró y la escena la descolocó y le resultó familiar al mismo tiempo. Charlotte estaba sentada, teléfono en mano, mientras un par de chicas se ocupaban de sus uñas de manos y pies con una concentración casi ceremonial. Era el escenario más extraño y más cotidiano en el que Giulia la había visto nunca.

Giulia sonrió.

Charlotte levantó la vista unos segundos después y le devolvió la sonrisa.

—Justo a tiempo —dijo.

—¿Justo a tiempo para qué? —preguntó Giulia.

Charlotte torció la sonrisa, sin responder.

Cuando las chicas terminaron, Charlotte tomó su bolsa, tomo a Giulia del brazo, le quitó las llaves al chofer antes de que pudiera protestar y salieron de la mansión sin mirar atrás.

Ya en el coche, Charlotte condujo en silencio unos segundos antes de hablar.

—Perdón por lo de quedarte aquí —dijo—. La falta de privacidad. Mi madre insistió y… no tenía paciencia para discutirlo.

Giulia rió, relajada.

—No importa —respondió—. Pero sí me importa saber a dónde vamos. Y por qué la urgencia.

Charlotte mantuvo la vista en la carretera.

—La noche antes es la despedida de soltera —dijo—. Si vamos a respetar tradiciones, hagámoslo bien. Ya no soporto a mi madre, ni a los planners, ni una decisión más. Jonathan está con su familia. Yo necesito un respiro.

Pausa.

—Una cena. Un par de copas. Un minuto para ser Charlotte Queen y no Dickins sin haber firmado aun ese papel.

Giulia sonrió con dulzura.

—Entonces entro oficialmente en funciones de dama de honor.

Y eso hicieron.

Cenaron sin prisa. Hablaron de recuerdos viejos, de anécdotas que no necesitaban contexto. Giulia provocaba el sarcasmo; Charlotte respondía con ese cinismo elegante que solo ella sabía afinar. Luego pasaron al bar del restaurante. Giulia pidió soda y se quedó ahí, acompañando.

—Recuerda que mañana no puedes parecer trasnochada —le advirtió en algún punto.

Charlotte levantó una ceja.

—¿Cuándo me has conocido ojeras? Mi genética no está para juegos.

Ambas rieron.

No se emborrachó. Pero la tensión bajó. Charlotte se soltó. Giulia estuvo ahí, sin pedir nada más.

Volvieron a la casa de los Queen cerca de la medianoche.

En el segundo piso, en el pasillo que dividía sus habitaciones, se detuvieron. La luz era mínima, apenas la que entraba desde afuera. Giulia la miró con una seriedad suave.

—¿Aquí nos despedimos?

No era solo una pregunta logística. Había profundidad ahí. Historia.

Charlotte asintió. Sonrió.

Fue ella quien dio el paso y la abrazó primero. Un abrazo dulce, cariñoso, cálido. Sin nostalgia. Sin reclamos.

—Gracias —le susurró al oído.

Se separó sin titubear y caminó directo a su habitación.

Giulia la observó entrar. Luego giró hacia la suya.

Al cerrar la puerta, el pasillo quedó en silencio.

Y todo estuvo, por primera vez en mucho tiempo, exactamente donde debía estar.




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