Charlotte

Capítulo 98. — Decidir quedarse.

La mañana llegó sin estruendo.

En la casa de los Queen no hubo teléfonos sonando sin parar, ni voces cruzadas, ni órdenes urgentes flotando en el aire como en los días previos. Hubo algo distinto. Un silencio extraño. Denso. Casi respetuoso. Como si incluso la casa entendiera que ese día no se administraba: se atravesaba.

Charlotte estaba sentada frente al tocador de su habitación, envuelta en una bata de seda blanca que caía limpia sobre su piel. No había joyas todavía. No había perfume. Solo ella, su reflejo, y el movimiento preciso de manos expertas a su alrededor.

La estilista ajustaba mechones con concentración quirúrgica.
La maquillista trabajaba en silencio, corrigiendo lo mínimo, porque el rostro de Charlotte no pedía ser transformado, solo afinado.
La asesora observaba desde atrás, brazos cruzados, aprobando con asentimientos breves.

Sobre la cama, perfectamente extendido, estaba el vestido.

No era ostentoso.
No era dramático.
Era sobrio, elegante y profundamente blanco.
Un vestido que no gritaba “novia”, sino decisión.

Giulia ya estaba lista.

El cabello recogido con una elegancia natural, el maquillaje preciso, contenido. Vestida para acompañar, no para competir. Se movía por la habitación con una calma familiar, alcanzando lo que hacía falta, anticipando silencios. No hablaba demasiado. No hacía falta.

En el rincón, sobre un sofá bajo, Sophia observaba la escena con los pies colgando, balanceándolos despacio. El peluche descansaba firmemente bajo su brazo, como si también tuviera un rol asignado ese día. Llevaba su vestido de niña de las flores y una seriedad encantadora, consciente de que tenía una misión importante.

—¿Charlie? —preguntó en voz baja.

Charlotte giró apenas la cabeza.

—¿Sí?

—¿Hoy es para siempre?

Charlotte sostuvo la mirada un segundo más de lo normal. Luego sonrió.

—Hoy es elegir —respondió—. Y eso dura mucho.

Sophia pareció satisfecha con la respuesta.

A las seis en punto de la tarde, la caravana salió de la casa de los Queen.

Varios coches con familiares.
Otro con invitados cercanos.
Uno más con Evelyn, Giulia y Sophia, rodeadas de asistentes y seguridad.

Y el último.

Un Rolls-Royce Phantom, negro absoluto por fuera, interior marfil impecable.

Charlotte subió primero. Richard lo hizo después.

El coche avanzó.

Dentro, el silencio era profundo. No incómodo. Definitivo. Richard estaba elegante como siempre, pero había algo distinto en él: el gesto de quien cumple un deber importante sin necesidad de anunciarlo. Charlotte miraba por la ventana, siguiendo las avenidas de Nueva York con una atención que no era turística ni nostálgica.

Estaba nerviosa.

De verdad.

No por miedo.
Por novedad.

Nunca se había imaginado compartiendo una vida. Nunca se había pintado a sí misma como esposa. Y aunque sabía —con esa certeza seca que le era propia— que Jonathan era el indicado, había algo que la descolocaba: no tener el control total.

Y, por primera vez, no huía de esa sensación.

Llegaron al Rockefeller Center.

Los coches fueron dejando a familiares e invitados con precisión milimétrica. El edificio se alzaba sobrio, poderoso, sin necesidad de presentación. Charlotte descendió solo cuando todo estuvo dispuesto.

Evelyn, Giulia y Sophia llegaron poco después, escoltadas por planners, asistentes y seguridad. El grupo subió por un ascensor privado. El trayecto fue breve. Silencioso.

En ese espacio cerrado, Giulia tomó la mano de Charlotte.

No dijo nada.
No explicó nada.

Charlotte cerró los dedos con fuerza. Lo necesitaba. Y Giulia lo sabía.

Llegaron a la suite del piso inferior.

Una planner habló por el audífono:

—Veinte minutos.

Hubo retoques finales. Ajustes mínimos. Respiraciones medidas. Diez minutos después, otro aviso.

—Diez minutos. El cortejo debe subir.

Giulia miró a Charlotte con dulzura. Evelyn se acercó y le dio dos besos suaves en las mejillas, sin dramatismo.

—Estás preciosa —dijo—. Siempre lo has estado.

Luego tomó a Sophia de la mano y se la llevó.

La puerta se cerró.

Quedaron solo Charlotte y Richard.

Y entonces, algo se rompió.

Una lágrima descendió por la mejilla de Richard Queen, lenta, inesperada. Charlotte lo miró, confundida.

—¿Estás bien? —preguntó, sincera.

Richard asintió. Intentó hablar. No pudo.

Charlotte frunció apenas el ceño.

—No somos padre e hija típicos —dijo—. No necesitamos un momento cliché.

Richard soltó una risa breve, cargada de emoción.

—No lo es —respondió, finalmente—. Este es el tercer momento más orgulloso de mi vida.

Charlotte lo miró, atenta.

—El primero fue cuando naciste. El segundo, cuando te doble titulaste. Y el tercero… —tragó saliva— es hoy. Viéndote caminar hacia el compañero que elegiste.

Charlotte ladeó la cabeza.

—¿Ver? —preguntó—. ¿No entregarme?

Richard negó despacio.

—No te entrego a nadie. Yo solo te veo hacerlo. —Pausa—. Fui duro. Exigente. Rudo. Pero todo eso nos trajo aquí. A un punto donde no cedo nada… porque no pierdo nada. Porque estas completa con o sin esposo y este es solo un paso que elegiste dar.

Charlotte sonrió.

Y por primera vez, lo entendió del todo.

La planner entró.

—Cinco minutos. Es momento de subir.

El ascensor se elevó.

Arriba, la música comenzó a flotar suave, un piano distante marcando el pulso. Richard acompañó a Charlotte hasta el inicio de la alfombra.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.