Charlotte

Capítulo 100. — Vida en curso.

La rutina no llegó con promesas ni pactos explícitos. Llegó porque nadie la impidió.

A las seis de la mañana, Charlotte salió del baño con el pelo aún húmedo y la piel tibia, envuelta en ese silencio que solo existe en las casas donde ya no hace falta marcar territorio. Jonathan estaba apoyado en el marco de la puerta, listo para entrar, la camisa doblada sobre el antebrazo.

Se encontraron en el umbral.

Un beso breve. Automático. Exacto.

No hubo palabras. No las necesitaban.

Charlotte cruzó hacia el vestidor mientras Jonathan cerraba la puerta del baño. Cuando él salió de la ducha, ya con los pantalones puestos y el cabello aún goteando, Charlotte estaba sentada en el borde de la cama, inclinada hacia adelante, ajustándose las botas con la concentración de quien no pierde tiempo en rituales innecesarios.

Jonathan se abrochó el reloj mientras la observaba.

—¿Gabardina o abrigo? —preguntó ella sin levantar la vista, estirando el brazo hacia el perchero.

—Gabardina —respondió él—. Estamos en medio del invierno.

Charlotte tomó una, añadió un gorro sin mirarlo demasiado, y cuando Jonathan terminó de arreglarse, ya estaba lista.

Salieron juntos.

El chofer los esperaba abajo, como siempre. El trayecto fue silencioso, pero no distante. Jonathan revisaba correos en el móvil; Charlotte leía un informe impreso, subrayado con anotaciones precisas en los márgenes.

En Interscope, el coche se detuvo.

Jonathan bajó primero.

—Te veo esta noche —dijo, apoyando una mano breve en la puerta antes de cerrarla.

—En casa —respondió Charlotte.

Cada uno tomó su camino.

Ella, directo a su oficina.
Él, a marketing, gráficos, ventas, reportes y estrategias que no buscaban brillar, sino sostener.

Así pasaron los meses.
Sin escenas.
Sin discursos.
Sin épica.

Y funcionaba.

En marzo, la junta directiva de Interscope se reunió en la sala principal, esa donde el vidrio, el acero y la madera parecían recordar a todos que ahí no se improvisaba. Informes circulaban de mano en mano. Cifras proyectadas en pantallas limpias. Proyecciones, dinámicas de mercado, escenarios posibles.

Charlotte presidía la mesa desde la cabecera.
Richard, al extremo opuesto.

Entre ambos, el consejo completo.

El top cinco de artistas firmados ocupaba el centro de la conversación:
Eminem.
Adele Adkins.
Stefani Germanotta.
Maroon 5.
Dr. Dre.

Ingresos, rotación de catálogo, expansión internacional, derechos, licencias, plataformas. Números que iban y venían sin dramatismo, como debía ser cuando las cosas estaban bien.

—La estabilidad no es casualidad —dijo Charlotte en algún punto, señalando una gráfica—. Es consistencia bien ejecutada. Y no se toca lo que no necesita ser salvado.

Nadie la contradijo.

Richard la observó desde su lugar, sin intervenir. No porque no pudiera. Porque no hacía falta.

Ahí, en esa mesa, no había herencias que justificar ni batallas que ganar. Solo una estructura funcionando como había sido diseñada.

Al terminar la reunión, Charlotte cerró la carpeta con un gesto limpio.

—Seguimos igual —concluyó—. Ajustes mínimos. Ningún movimiento reactivo.

La junta se levantó sin ruido.

Richard se acercó un segundo después, ya sin público.

—Está sólido —dijo—. Todo.

Charlotte asintió.

—Lo sé.

No sonó arrogante.
Sonó tranquila.

Esa noche, cuando volvió al penthouse, Jonathan ya estaba ahí. Camisa arremangada, mangas desordenadas, una copa servida esperando sobre la mesa baja. Habían aprendido a llegar sin anunciarse.

—¿Día largo? —preguntó él.

—Productivo —respondió ella.

Se sentaron juntos, sin prisa, compartiendo el mismo silencio cómodo que habían aprendido a no llenar por costumbre.

Charlotte se acomodó a un lado de Jonathan, recostando la cabeza contra su hombro. Él alargó el brazo sin mirarla, rodeándole la cintura con ese gesto ya aprendido que no pedía permiso ni confirmación.

El teléfono vibró sobre la mesa baja.

Charlotte estiró la mano, lo miró apenas. El nombre de Giulia apareció en la pantalla junto a una bandera que no necesitaba traducción.

Giulia:
Me aceptaron en el National Center for Child Health en Tokio.
Cirugía neonatal. Inicio en dos meses.

No te preocupes, ya tengo todo calculado.
Prometo volver con más títulos que paciencia.

Abraza a Jonathan por mí.
Y dile a Sophia que la princesa de los unicornios ahora va a aprender a operar bebés.
🩺🦄

G.

Leyó el mensaje una sola vez.

No respondió.

Dejó escapar un suspiro breve —no de molestia, tampoco de sorpresa— y apoyó el teléfono boca abajo sobre la mesa de centro, como si el gesto bastara para ordenar lo que sentía.

Jonathan inclinó un poco la cabeza.

—¿Todo bien?

—Sí —respondió ella sin moverse—. Giulia se va a Tokio en un par de meses. National Center for Child Health. Supraespecialidad en cirugía neonatal.

Jonathan soltó una exhalación lenta, casi una risa admirada.

—Claro que sí —dijo—. No se cansa nunca.

Charlotte torció apenas la boca.

—Al parecer no.

Jonathan bajó la mirada hacia ella.

—O salva vidas diminutas —corrigió, con suavidad—. Respétala.

Charlotte levantó la vista lo justo para mirarlo, midiendo si había ironía. No la había. Solo esa convicción tranquila que a Jonathan le salía cuando hablaba de cosas importantes.

—La respeto —dijo—. Mucho.

Y era verdad.

Jonathan volvió la vista al frente, apretó un poco más el brazo alrededor de ella.

—Tokio es duro —añadió—. Pero si alguien puede con eso, es Giulia.

Charlotte asintió despacio.

—Lo sé.

Se quedaron así un rato. El fuego bajo en la chimenea. La ciudad filtrándose por los ventanales. El teléfono inmóvil sobre la mesa, como una pieza más de la habitación.




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