Fue a finales de agosto cuando Jonathan apareció en la oficina de Charlotte a media tarde.
No entró sin avisar.
Golpeó la puerta con ese toque preciso que ya no necesitaba anuncio ni permiso. Dos golpes breves. Pausa mínima. Identidad reconocible.
—Pasa —dijo Charlotte sin levantar la vista del documento que estaba firmando.
Jonathan entró como si ese espacio también fuera suyo. Cerró la puerta tras de sí y cruzó la oficina sin rodeos. Charlotte apenas tuvo tiempo de dejar la pluma sobre el escritorio antes de sentir su peso inclinarse sobre ella, una mano apoyada firme en la madera, la otra en el respaldo de la silla.
Jonathan bajó la voz.
—Me voy por un par de días.
Charlotte alzó la mirada despacio. No preguntó “a dónde”. No preguntó “por qué”. Lo miró esperando algo más.
Jonathan lo entendió. Así funcionaban ahora.
—Negocios familiares —añadió—. Un par de asuntos que no pueden esperar. Y voy a aprovechar para acompañar a Adele en dos conciertos.
Charlotte sostuvo su mirada, evaluando tiempos, distancias, riesgos invisibles.
—¿Cuánto? —preguntó.
—Poco —respondió él—. Vuelvo antes de que te dé tiempo a organizar una crisis.
Ella torció apenas la boca. —Volveré a tiempo para nuestro primer aniversario —dijo, más como afirmación que como pregunta.
—No me perdería eso.
Charlotte se reclinó apenas en la silla, cruzó los brazos con calma calculada.
—Entonces dile al chofer que te lleve al aeropuerto.
Jonathan frunció apenas el ceño.
—Puedo conducir. No es necesario…
—Jonathan.
Ella dijo su nombre como se dicen las decisiones cerradas. Él la observó un segundo más, midiendo si discutir valía la pena. No lo valía.
—Está bien —cedió—. Haré que lo arreglen.
Se inclinó otra vez hacia ella, esta vez sin prisa. Charlotte levantó el rostro apenas, lo justo para encontrarse con él. Jonathan la besó. No fue largo. No fue urgente. Fue preciso.
Cuando se separó, dejó su frente a centímetros de la de ella y habló en un murmullo casi provocador.
—Este papel de esposa preocupada es extraño en ti. No te queda.
Charlotte soltó una exhalación baja, divertida.
—No es papel de esposa —corrigió—. Es ADN Queen. Mandar. Organizar. Controlar. Y, admitámoslo… fascinarme con hacerlo.
Jonathan sonrió. Esa sonrisa suya, ladeada, que siempre llegaba cuando entendía que estaba exactamente donde quería estar.
—Eso sí te queda.
Se enderezó, acomodó el saco sobre los hombros y se giró hacia la puerta.
—No tardes —dijo Charlotte.
Jonathan se detuvo con la mano en el picaporte.
—No pienso hacerlo.
La miró una última vez. No hubo promesas. No hubo dramatismo. Solo esa certeza tranquila que habían aprendido a construir.
Salió.
Charlotte se quedó un momento más en silencio, observando la puerta cerrada. Luego volvió al escritorio, tomó la pluma y continuó firmando como si nada hubiera cambiado.
Pero algo había cambiado.
No en la agenda.
No en el control.
En el hecho —nuevo, incómodo y real— de que ya no funcionaba sola.
Y no lo odiaba.