Pasaron los meses sin que nadie los contara.
Hubo una cena por el cumpleaños de Charlotte, en un restaurante cerrado solo para ellos, sin testigos, sin ruido ajeno. Charlotte eligió el vino. Jonathan eligió no discutirlo. Brindaron sin discursos.
Hubo una Navidad y un Año Nuevo con los Dickins en el rancho, en Reino Unido. Frío abierto, chimeneas encendidas, conversaciones largas que no necesitaban resolución. Charlotte aprendió a estar ahí sin sentirse visitante.
Y hubo el cuarto cumpleaños de Sophia, en la casa de Los Ángeles. Inflables gigantes, decoración hawaiana, niños corriendo sin dirección. Charlotte observaba desde una terraza alta, lentes de sol puestos, una distancia estratégica del ruido. Un mesero personal aparecía y desaparecía con tragos y bocadillos sin necesidad de pedido. Jonathan subía cada tanto, le besaba la frente y volvía al caos con Sophia.
Era así ahora.
Entre trabajo, proyectos y viajes, empezaron a planear las vacaciones de verano. Jonathan insistía en naturaleza, caminatas largas, cielos abiertos. Auroras boreales. Silencio.
Charlotte escuchaba con escepticismo estudiado.
—Te va a gustar —decía él—. No competirías con nada.
—Eso no existe —respondía ella.
Pero después de insistir lo suficiente —con paciencia, con humor, con esa manera suya de no empujar—, Charlotte aceptó.
Jonathan ya tenía todo listo.
Fue entonces cuando Londres apareció como un obstáculo.
Una compra de terrenos para ampliar los hangares de los Dickins. Un punto legal mal cerrado. Algo que, de no resolverse, podía retrasar meses. Jonathan intentó manejarlo a distancia. No fue suficiente.
—Voy y vuelvo —dijo—. No arruinaré esto.
Charlotte levantó la vista.
—Pide al chofer que te lleve.
—Conduzco yo —respondió—. Es más rápido.
—Jonathan…
Él ya estaba tomando el pasaporte. No pasó por el apartamento por equipaje. No hacía falta. Todo estaba pensado para volver en menos de treinta y dos horas. El vuelo de vacaciones seguía en pie.
Salió con prisa medida. Demasiada.
Conducía rápido. Demasiado. Tomaba decisiones al límite, cruzaba carriles que no debía cruzar. En una salida de la autopista dudó un segundo: seguir o desviarse. Estaba aún en el carril rápido cuando decidió cambiar.
No hubo margen.
El impacto fue brutal. Seco. Definitivo.
El resto lo supo después.
La llamada llegó sin demora.
Un oficial de policía habló con voz entrenada. No necesitó detalles largos. Charlotte entendió antes de que terminara la frase.
Colgó.
No gritó.
Las lágrimas cayeron en silencio, una tras otra, marcándole el rostro sin permiso. Tomó su bolsa. Se puso el abrigo. Caminó.
Paso firme. Uno tras otro.
En el pasillo vio a Richard.
No hablaron.
No hizo falta.
Charlotte se derrumbó antes de llegar a él. Literalmente. El cuerpo le cedió de golpe. Richard corrió y la atrapó en el aire, sosteniéndola con una fuerza que no usaba desde que ella era niña.
Ahí, sostenida, dejó salir el sonido. No palabras. No frases. Un murmullo roto.
—Jonathan tuvo un accidente —logró decir—. Es grave. Lo están trasladando a un hospital.
Richard no preguntó nada más.
La sostuvo.
Y el mundo que habían construido —sin anuncios, sin promesas— empezó a desarmarse sin pedir permiso.
El hospital estaba despierto de una forma que no admitía consuelo.
Luces blancas. Pasillos largos. Un olor limpio que no significaba nada bueno. Charlotte caminaba al lado de Richard, pero no con él. Su cuerpo avanzaba por inercia, como si alguien más estuviera usando sus piernas. Miraba sin ver. Escuchaba sin registrar.
Richard habló primero. Siempre hablaba primero cuando había que hacerlo.
Nombre. Documento. Hora. Accidente.
La recepcionista asintió con una seriedad entrenada y les pidió que esperaran al médico.
Eso, incluso antes de entenderlo del todo, fue una señal.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
El tiempo no se estiraba. Se detenía.
Charlotte seguía de pie, la bolsa colgándole del brazo, el abrigo aún cerrado. No se sentó. No preguntó nada. Richard sí. Una vez. Dos. Siempre con la misma respuesta: ya viene el doctor.
Cuando finalmente apareció, no lo hizo solo como médico.
Llevaba pijama quirúrgica oscura y bata abierta. Caminaba despacio. Demasiado. Se detuvo frente a ellos y miró a Richard primero.
—Familiares de Jonathan Dickins.
Solo entonces Charlotte reaccionó.
No habló. No se adelantó. Simplemente volvió. Como si alguien hubiera encendido una luz en una habitación que llevaba horas vacía.
El rostro del médico hizo el resto.
No había urgencia. No había tensión. No había posibilidad.
—Lo siento —dijo.
Y aunque el mundo no se movió, algo se derrumbó igual.
Charlotte siguió escuchando. De pie. Atenta. Como siempre.
—Hicimos todo lo posible —continuó el médico—. El impacto fue severo. El trauma craneal era irreversible. Se intentó reanimación avanzada. Se administró medicación. Pero la pérdida de sangre fue demasiada.
Charlotte asintió una vez. No sabía por qué.
Richard apoyó una mano en su espalda. Ella no reaccionó.
—La hora del fallecimiento fue…
Charlotte ya no escuchaba números.
No supo en qué momento el médico dejó de hablar. No supo cuándo Richard agradeció. No supo cuándo el silencio se volvió definitivo.
Solo supo que, de pronto, no estaba ahí.
Richard se dio vuelta para decirle algo.
No la vio.
Charlotte había salido del hospital.
No corriendo.
No llorando.
Caminando.
Cruzó la puerta automática sin notar el cambio de temperatura. Bajó los escalones. Giró a la derecha. Luego a la izquierda. No seguía un rumbo. No huía. Se movía.
Caminó durante horas.
La ciudad seguía funcionando. Taxis. Semáforos. Gente que no sabía. Gente que no tenía por qué saber.