Charlotte llegó al edificio con los zapatos en la mano.
Caminaba descalza sobre el mármol frío del lobby como si no lo notara. El abrigo abierto, el pelo desordenado, la bolsa colgando de un brazo que parecía no pertenecerle. La recepcionista levantó la vista de inmediato.
—¿Señora Queen…? ¿Está bien?
Charlotte no respondió.
Ni siquiera la miró.
Cruzó el lobby, presionó el botón del ascensor y esperó sin cambiar de expresión. Cuando las puertas se cerraron, apoyó la frente contra el espejo. No lloró. No suspiró. Solo estuvo ahí.
El ascensor subió directo al penthouse.
Al abrirse las puertas, la escena estaba armada sin que nadie lo hubiera planeado. Richard y Evelyn estaban en la sala, vestidos de negro, teléfonos en la mano, voces bajas, tensas. Rostros desencajados. Gente que ya había empezado a ordenar el caos.
Charlotte los vio.
Sabía que hablaban.
Sabía que decían su nombre.
No escuchó nada.
Pasó entre ellos como si fueran parte del mobiliario y caminó directo a la habitación.
La puerta se cerró detrás de ella.
El olor fue lo primero.
Jonathan todavía estaba ahí.
En las sábanas.
En la almohada.
En ese espacio exacto que él ocupaba del lado izquierdo de la cama.
Charlotte se arrojó sin cuidado, de lado, y abrazó la almohada con una fuerza desmedida, como si apretarla pudiera cambiar algo. La mandíbula rígida. El cuerpo tenso. Un grito entero atorado en la garganta que no encontró salida.
No gritó.
Se quedó mirando la pared.
Así pasaron las horas.
La luz empezó a entrar por los ventanales y Charlotte seguía en la misma posición. Exhausta sin haberse movido. El cuerpo, finalmente, cedió.
Durmió.
Despertó.
Miró la pared.
Volvió a dormirse.
Evelyn llamó a la puerta una vez.
Luego otra.
—Charlotte… cariño…
—Déjame en paz —respondió ella, sin levantar la voz.
Y volvió a dormirse.
Cuando despertó otra vez, la luz ya no estaba. La habitación había cambiado de color. La noche caía despacio, sin ruido.
Charlotte se incorporó.
Fue al baño.
Abrió ambas llaves de la tina y se metió sin probar la temperatura. El agua la cubrió hasta el cuello. Apoyó la cabeza contra el borde. Miró la pared opuesta.
No lloró.
No tembló.
No pensó.
Se quedó ahí.
El tiempo dejó de tener forma.
Hasta que escuchó la puerta de la habitación abrirse.
Luego, la del baño.
Charlotte no se movió. No giró la cabeza. Pensó que era Evelyn. Pensó que venía a insistir. Pensó que iba a pedirle algo que no tenía para dar.
Entonces sintió los brazos.
Un abrazo firme. Caluroso. Familiar.
El cuerpo de alguien que sabía exactamente cómo sostenerla sin romperla.
Charlotte cerró los ojos.
—Estoy aqui —dijo Giulia, en voz baja—. Ya llegué.
Y por primera vez desde la llamada, desde el hospital, desde la calle, desde la cama, Charlotte dejó de estar sola.