Charlotte

Capítulo 104. — Manual de lo imposible.

Giulia la vistió como se viste a alguien que no está del todo ahí.

No hubo preguntas. No hubo “¿quieres?” ni “¿puedes?”. No porque Giulia no supiera ser suave, sino porque entendía la clase de silencio en el que Charlotte había caído: uno donde la voluntad no alcanza para mover un brazo.

Charlotte caminó porque Giulia la llevó.

Le puso ropa limpia, le acomodó el cabello, la guió de vuelta a la cama como quien devuelve un cuerpo a un sitio seguro. Luego se acostó a su lado. No para hablarle. No para distraerla. Para existir cerca.

La noche fue eso: un intervalo entre dormir y mirar el techo.

A veces juntas.

A veces solo Charlotte, con los ojos abiertos, la almohada apretada contra el pecho como si el cuerpo supiera algo que la mente todavía se negaba a nombrar.

Giulia no insistió. No midió el tiempo. No buscó el momento correcto.

Se limitó a sostener el aire.

A la mañana siguiente, Giulia despertó cuando el sol apenas intentaba aparecer, débil y torpe tras los ventanales del penthouse. Se levantó con cuidado, como si la casa pudiera quebrarse con un paso mal dado.

Se duchó rápido.

Se vistió rápido.

Vestido negro. Medias veladas del mismo tono. Tacones a juego. El blazer —negro profundo, casi sin textura— lo dejó sobre el sillón de la habitación de invitados como si fuera una pieza más del protocolo.

Cuando salió, la sala ya estaba ocupada.

Richard. Evelyn. Sophia.

Todos vestidos de negro, como si el color fuera un acuerdo silencioso para no provocar al mundo.

Evelyn le dijo buenos días desde el sofá, pero su voz no tenía forma de mañana.

Giulia respondió apenas con un gesto y un suspiro que se le escapó sin permiso.

Richard la miró como miran los hombres que llevan décadas administrando crisis sin romperse en público.

—Tenemos que salir en menos de una hora.

Giulia asintió.

Evelyn tragó saliva.

—Si necesitas ayuda… no dudes en llamarme.

Giulia volvió a asentir y se fue directo a la habitación.

No se detuvo.

No se preparó.

Entró.

Charlotte ya estaba despierta.

Aferrada a la almohada.

La mirada clavada en la pared, fija, como si se hubiera equivocado de mundo y estuviera esperando que alguien la corrigiera.

Giulia se arrodilló junto a la cama, sobre los talones, y la contempló un segundo antes de tocarla. Luego le acarició el rostro con cuidado, apenas rozando, como si temiera que el contacto la fragmentara.

—Tenemos que bañarte y vestirte —susurró—. Solo eso. Nada más.

Charlotte asintió sin mirarla.

Se incorporó hasta quedar sentada en el borde de la cama.

Y ahí se quedó.

La postura era la de alguien cumpliendo una instrucción. El cuerpo, sin embargo, no respondía. La mente había apagado el motor. El dolor estaba en algún lugar más profundo que el movimiento.

Giulia no le pidió que pudiera.

La ayudó a ponerse de pie.

La llevó al baño.

La metió bajo el agua.

Y la bañó.

Le lavó el cabello. Le enjuagó la nuca. Le sostuvo el hombro cuando las piernas parecían olvidar que estaban diseñadas para sostenerla.

La secó.

La vistió.

Un vestido negro bajo la rodilla. Medias veladas. Abrigo largo. Tacones.

Charlotte se dejaba hacer sin resistencia, sin cooperación. Como si la vida fuera algo que se le ponía encima, no algo que se elegía.

Cuando estuvieron listas, Giulia la sentó frente al tocador.

Le cepilló el cabello.

Le maquilló lo mínimo.

Nada que embelleciera. Solo lo suficiente para que el rostro no delatara el derrumbe con crueldad.

Charlotte la miraba a través del espejo.

No con gratitud.

No con afecto.

Con esa ausencia exacta que viene cuando todavía no se ha vuelto a la propia piel.

Giulia sostuvo su mirada en el reflejo sin apartarse.

No dijo “estoy aquí”.

Lo demostró.

En la sala, Sophia hizo lo de siempre.

No pidió explicación.

No lloró con espectáculo.

Solo buscó la mano de Charlotte y la tomó como si fuera lo único que todavía podía anclarla al mundo.

Charlotte apretó esos dedos pequeños con una fuerza mínima, instintiva.




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