La mansión Queen estaba llena.
Demasiado.
Copas alineadas sobre mesas auxiliares. Bandejas con bocadillos que nadie parecía tocar. Arreglos florales blancos y verdes ocupando cada superficie disponible, como si el exceso pudiera tapar la ausencia. Voces bajas. Abrazos largos. Frases repetidas con la misma intención vacía.
El coche de Charlotte se detuvo detrás de una fila interminable de vehículos en la entrada.
Ella miró por la ventana.
Los coches.
La casa.
A Sophia a su derecha.
A Giulia, silenciosa, al otro lado.
Negó con la cabeza.
Solo eso.
Giulia entendió de inmediato. Bajó del coche, rodeó el frente y abrió la puerta trasera. Extendió la mano hacia Sophia. En otro tiempo, la niña habría protestado. Habría pedido quedarse. Habría llorado.
No lo hizo.
Se inclinó apenas, besó la mejilla de Charlotte y tomó la mano de Giulia sin decir nada. Juntas caminaron hacia la casa.
Giulia esperó a verla cruzar la puerta.
Luego volvió al coche.
—Llévanos al edificio de Charlotte —le dijo al chofer.
El silencio del apartamento fue un golpe físico.
No era quietud. Era acumulación.
Flores por todos lados. Notas manuscritas. Tarjetas abiertas sobre la mesa, sobre la chimenea, sobre el mueble del recibidor. Condolencias. Palabras que ya no significaban nada.
Charlotte caminó directo a la habitación.
Cada latido resonaba en sus oídos.
Cerró la puerta.
Soltó un suspiro pesado, como si recién ahí el aire le pesara de verdad.
Fue al clóset.
Y el golpe fue peor.
La ropa de Jonathan seguía ahí.
Sus camisas.
Las corbatas perfectamente alineadas.
Los relojes.
El perfume.
Le dio la espalda de inmediato.
Tomó el primer par de jeans que encontró, un suéter negro liso, botas. Se vistió en el pasillo, todavía dentro de la habitación, sin mirar la cama, sin mirar nada más. Metió la billetera y el móvil en una bolsa pequeña.
Cuando volvió a la sala, habló por primera vez en más de veinticuatro horas.
—Tienes cinco minutos para vestirte si quieres venir conmigo. Si no, me voy sola.
Giulia asintió.
No preguntó a dónde.
No pidió explicación.
Entró a la habitación de invitados. Jeans. Suéter blanco. Chaqueta. Bolsa.
Salieron sin chofer.
Charlotte condujo.
No la camioneta.
Un coche más pequeño. Deportivo. Bajo. Rígido.
Salieron de la ciudad sin mirar atrás.
Condujeron durante horas.
No hablaron.
Ni una parada.
Ni una pregunta.
Más de seis horas después, Adirondacks apareció sin anuncio. Bosques densos. Agua oscura. Carretera estrecha.
Se detuvieron por inercia.
No había plan.
Giulia, sentada en el asiento del copiloto, consiguió una casa en renta frente a un lago a través de una aplicación. Fue lo único práctico en todo el día.
La casa era grande. De madera. Techos altos. Decoración sobria. Silencio real.
Charlotte subió directo a la habitación.
Y no volvió a bajar.
No comió.
No habló.
No se cambió.
Permaneció en la cama mirando el techo de madera, vestida, inmóvil.
Así fue el primer día.
Y el siguiente.
Y el siguiente.
Al tercer día, con los celulares apagados y el tiempo desdibujado, Giulia entró a la habitación con una taza de café.
Charlotte habló.
—No tienes que quedarte —dijo, sin mirarla—. Sé que deberías irte. Tienes tu vida. No te pedí que la detuvieras.
Giulia dejó la taza sobre la mesa y se sentó en la cama. Le tomó la mano.
—Me quedo —respondió—. El tiempo que haga falta.
Charlotte giró apenas el rostro.
—¿Por qué?
Giulia sostuvo su mano con firmeza.
—Porque el lugar seguro sigue existiendo. Y si para eso tengo que quedarme, lo hago.
Charlotte cerró los ojos.
Suspiró pesado.
Se incorporó despacio.
Cuando volvió a abrirlos, su mirada era distinta. Oscura. Cansada. Dura.
—No necesito tu compañía —dijo—. Ese lugar seguro dejó de existir hace tiempo. Desde que mentir se volvió una opción.
Se puso de pie.
—Vete —añadió—. Sigue tu vida. Déjame en paz.
Giulia se levantó también.
—Si insultarme te hace sentir mejor, hazlo —dijo—. Lo aguanto.
Charlotte torció la boca, agotada.
—No necesito insultar a nadie para sentirme mejor —respondió, sin alzar la voz—. Eso lo hago cuando estoy sola. Cuando dejan de pensar que pueden arreglar algo. Que pueden darme algo que mejore esto.
Avanzó un paso.
—Nada ni nadie va a hacerlo. Mucho menos alguien como tú.
Giulia sostuvo la mirada.
—¿Y cómo es alguien como yo?
Charlotte dio un paso más.
No gritó.
Pero se desbordó.
—Alguien que siempre llega creyendo que puede salvar —dijo—. Alguien que cree que quedarse es suficiente. Aunque no lo sea. Que la presencia reemplaza lo que se perdió. Que unos días remedian años. —Pausa—. No necesito que me cuiden. Mucho menos que tu lo hagas. No necesito que me sostengan. No necesito que me miren como si fuera frágil.
Respiró hondo.
—Necesito que me dejen romperme sola.
El silencio cayó pesado entre ambas.
—Quiero que te vayas. —dijo con voz firme y mirada segura.
—¿Estas segura? —Pregunto Giulia notablemente herida.
Charlotte asintió y Giulia solo pudo asentir.
Salió de la habitación, tomo sus cosas y se marchó.