Charlotte

Capítulo 106. — El gesto irreversible.

Pasó más de un mes.

No hubo marca exacta en el calendario. No hubo anuncio interno. Solo un día cualquiera en el que Charlotte despertó con el sol dándole directo en el rostro y supo —sin dramatismo, sin discusión interna— que la decisión ya estaba tomada.

Se levantó.

Se duchó sin quedarse bajo el agua más de lo necesario. Se vistió con ropa simple. Se recogió el cabello en una coleta baja.

Una coleta.

Nunca se las hacía. Siempre lo llevaba suelto, como si el control también pasara por no sujetarse nada. Esa mañana no.

Preparó café. Negro. Cargado. Lo bebió de pie. Tomó las llaves del coche, la bolsa, y salió.

Al mediodía ya estaba en Nueva York.

Entró al penthouse sin decir buenos días. Sin explicaciones. Caminó directo a la cocina.

—Cajas —le dijo a la mujer mayor del servicio—. Muchas. Y llame a un par de chicas. Las que encuentre. Hoy.

La mujer no preguntó. Asintió y se movió.

Charlotte fue a la habitación.

Cerró la puerta.

Tomó aire. Uno grande. Sostenido.

Y empezó.

Bajó los trajes de Jonathan uno por uno. Las camisas. Las corbatas. Los abrigos. Los zapatos alineados con obsesión. Los relojes. El perfume. Todo.

Los fue colocando en pilas sobre la cama. Ordenadas. Metódicas. Sin detenerse a mirar demasiado.

Cuando la mujer volvió con las cajas, se quedó quieta en el umbral.

—¿Qué hago con esto, señora?

—Empáquelo todo —respondió Charlotte sin volverse—. Quiero que tire las almohadas, las sábanas, las cobijas. Dónelas. O lléveselas si quiere. No quiero que quede nada.

La mujer asintió de nuevo.

Charlotte abrió las ventanas.

El aire frío entró con decisión, moviendo las cortinas como si la habitación respirara por primera vez en semanas.

Trabajaron durante horas.

Las cosas de Jonathan fueron desapareciendo dentro de cartón marrón. Caja tras caja. Apiladas en un rincón. Cada una cerrada con cuidado. Sin violencia. Sin pausa.

Charlotte estaba exhausta cuando escuchó el grito.

—¡CHARLIIII!

No tuvo tiempo de girarse.

Sophia ya estaba ahí, abrazándola con fuerza, la cara enterrada en su cuello. Charlotte cerró los ojos un segundo y apoyó la barbilla en su cabeza.

La mujer mayor, mientras sellaba una caja, murmuró:

—La señora Evelyn viene todos los días por la tarde… desde que la señorita Giulia se fue.

Charlotte asintió.

—Déjenos solas un momento.

La mujer salió.

Evelyn entró despacio. Vestida de negro, como siempre últimamente. Sonrió con una dulzura que no intentaba corregir nada.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Tan bien como es posible —respondió Charlotte.

Evelyn se sentó a su lado en la cama. Sophia seguía recostada en el hombro de Charlotte, en silencio. Evelyn miró las cajas.

—¿Te vas a algún lugar?

—No —dijo Charlotte—. Son las cosas de Jonathan.

Evelyn tardó un segundo en hablar.

—¿Y qué harás con ellas?

—Las enviaré a Londres. A su familia. A una bodega. —Pausa—. No las quiero aquí.

Evelyn tomó su mano. La apretó con calor. No dijo nada.

Compartieron una mirada cansada, triste, honesta.

Charlotte tragó saliva. Endureció la expresión. Se soltó del agarre.

Ahí fue cuando Evelyn lo dijo.

—Un abogado de los Dickins ha estado llamando —comentó con cuidado—. Desde hace un par de semanas. Creo que… —se detuvo— que se leyó el testamento de Jonathan.

—No me importa —respondió Charlotte, de pie—. No lo necesito.

Sophia levantó la cara.

—Te extrañé —dijo, tocándole la mejilla con la mano pequeña.

Charlotte se inclinó.

—Y yo a ti.

La tarde cayó.

Las chicas del servicio cambiaron cada sábana, cada cobija, cada cortina, cada cojín. Nada quedó igual.

En la cocina, Charlotte le servía helado a Sophia sobre la isla. Evelyn las observaba desde el comedor.

Fue entonces cuando la mujer mayor volvió a entrar con un sobre en la mano.

—Estaba en la habitación de invitados.

Charlotte lo tomó.

Le hizo una seña a Evelyn para que vigilara a Sophia y se alejó hacia el salón.

El sobre era simple. Sin remitente.

Adentro, una hoja doblada.

Decía:

Queen

La caligrafía era perfecta. Inconfundible.

Charlotte suspiró.

Y leyó.

“Queen.

No escribo para que me perdones.
Ni para que me respondas.
Escribo porque quedarme en silencio sería otra forma de mentir, y ya aprendí —tarde— que eso también hiere.

Quiero pedirte perdón por lo que pasó hace años.
Por no haber sabido nombrarlo.
Por haber creído que el tiempo y la ambigüedad eran una forma válida de cuidado.

Quiero pedirte perdón también por creer que podía remediar algo ahora.
Por haber pensado que mi presencia podía ordenar un dolor que no me pertenecía.
Por haberme quedado cuando no debía.

No vuelvo a hacerlo.
Te lo prometo.

No porque no me importes.
Sino porque importas demasiado como para seguir ocupando un lugar que no me corresponde.

Te amo.
No voy a explicarlo.
No voy a pedir que lo entiendas ni que lo devuelvas.
Solo quiero que lo sepas sin que pese.

Esta es una despedida.
No dramática.
No rencorosa.
Definitiva.

Ojalá algún día recuerdes que hubo un lugar seguro.
Aunque no haya sido eterno.

Cuídate, Charlotte.
De verdad.

G.”

Charlotte dobló la carta con cuidado.

No lloró.

No se sentó.

Se quedó de pie, sosteniéndola, mientras el departamento —por primera vez en mucho tiempo— ya no olía a nadie más que a ella misma.




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