Una semana después, el departamento ya no guardaba rastros.
Todo era nuevo.
Las sábanas.
El colchón.
Los muebles.
La vajilla.
Nada crujía como antes. Nada olía a memoria ajena. El aire era distinto, más seco, más neutro. No cómodo. Controlable.
Charlotte había reestructurado cada espacio con la precisión de alguien que no estaba decorando, sino recuperando territorio. El clóset era completamente nuevo. Sin divisiones heredadas. Sin concesiones. Ropa alineada por función, no por historia.
Se había cortado el cabello.
A la altura de los hombros.
Recto. Limpio. Práctico.
No lo hizo por impulso.
Lo hizo porque el largo anterior ya no le pertenecía.
Desistió de la empleada diaria. Redujo la presencia ajena a lo mínimo indispensable: dos veces por semana. Nada constante. Nada que preguntara cómo estaba. El silencio volvió a ser una decisión propia.
Y volvió a Interscope.
El trabajo, los números, las decisiones millonarias. Eso sí era suyo. Siempre lo había sido.
La oficina también había cambiado. Richard no preguntó: actuó. El escritorio ahora tenía vista completa a la ciudad. Vidrio, altura, horizonte. Charlotte entró, dejó la bolsa sobre la superficie impecable y se sentó.
No encendió la pantalla de inmediato.
Se detuvo.
Respiró.
Y la vida arrancó otra vez.
Un golpe suave en la puerta.
—Adelante —dijo, sin levantar la vista.
La secretaria entró con cautela. Intentó decir algo. Una frase medida. Condolencias. Charlotte levantó la mirada.
No hizo falta más.
La mujer tragó saliva y pasó directo al punto.
—Esto llegó esta mañana. Es de parte de los Dickins.
Le extendió una carpeta gruesa.
—También… Adele está abajo grabando. Pregunta por usted casi todos los días. Seguramente suba apenas sepa que volvió.
Charlotte asintió una sola vez.
—Gracias.
La secretaria salió sin agregar nada más.
Charlotte abrió la carpeta.
Sabía lo que era incluso antes de leer la primera línea.
Una copia del testamento de Jonathan.
Editado ocho meses antes de su muerte.
No había dramatismo en el documento. Había método.
Jonathan había sido cuidadoso. Con todos.
Objetos emocionales asignados con precisión quirúrgica. El coche heredado de su abuelo, para su prima favorita. La casa del lago, para sus padres. Fideicomisos modestos —cincuenta mil libras— para sus “sobrinas”. Otro para Sophia, con Charlotte nombrada como tutora.
Luego, ella.
Jonathan incluso había bromeado por escrito. Decía que Charlotte no lo necesitaba. Que si la conocía bien, intentaría negarse a recibir algo. Pero que esa era su decisión completa, y que esperaba —con humor seco— que ella no intentara discutirla.
Todo lo demás era suyo.
El departamento de Londres.
El rancho que aún estaba en remodelación, comprado como regalo para su segundo aniversario.
El treinta y uno por ciento de los hangares Dickins.
La colección de autos deportivos.
Los caballos.
Las inversiones.
Tres, quizá cuatro cuentas con cifras que no se leían de una sola vez.
Charlotte cerró la carpeta y la dejó sobre el escritorio.
El corazón le latía rápido. No por emoción. Por rechazo.
No quería nada de eso.
Y aun así, Jonathan lo había previsto. Había insistido incluso muerto.
Se puso de pie. Se sirvió un trago. Bebió sin brindis. Volvió al escritorio.
Había más documentos.
Títulos de propiedad ya transferidos. Firmas cerradas. Procesos concluidos.
Y al fondo, un sobre distinto.
Letra elegante.
Clara.
Firme.
La señora Dickins.
Charlotte lo abrió.
“Charlotte,
No sé si esta carta llega demasiado pronto o demasiado tarde. Tal vez no exista el momento correcto para escribir después de perder a un hijo.
Me habría gustado estar más cerca. Ayudarte con las decisiones incómodas, con los silencios largos, con lo que viene después de que todos se van. Pero entiendo —de verdad— que el dolor no se comparte por obligación, y que el duelo no responde a horarios ni a buenas intenciones.
Cuando estés lista, llámame. No para hablar de papeles ni de herencias. Para hablar de Jonathan si quieres. O de nada.
Siempre seremos familia. Eso no lo cambia ningún documento.
Y, por favor, no intentes discutir las decisiones que él tomó. No fueron impulsivas. Fueron claras. Y fueron hechas con amor, aunque él jamás hubiera usado esa palabra en un contexto legal.
Estamos en paz con lo que pidió. Y encantados de cumplirlo.
Cuídate.
Con afecto sincero,
Margaret Dickins.”
Charlotte dobló la carta despacio.
No lloró.
No suspiró.
La dejó junto al resto de los documentos y miró la ciudad a través del vidrio.
Todo lo que Jonathan había sido seguía existiendo. Funcionando. Produciendo. Avanzando.
Ella no había heredado recuerdos.
Había heredado una vida entera que no pidió continuar sola.
Se sentó otra vez.
Ajustó la silla.
Abrió la pantalla.
Y empezó a trabajar.
Porque había cosas que no se superaban.
Solo se administraban.
Y Charlotte Queen sabía exactamente cómo hacer eso.