Charlotte

PARTE VII: Permanecer sin pertenecer. Capítulo 108. — La cima no era silencio.

Diez años pasaron.
No como una transición.
Como una capa geológica.

Charlotte seguía en Nueva York. No por apego. Por dominio.
Desde hacía cinco años era, oficialmente, la cabeza de Interscope. Richard se había retirado sin escándalo, sin despedidas teatrales, hacia una vida cuidadosamente diseñada entre Suiza, Evelyn y una Sophia que ya no era una niña. Paternidad tardía. Amor elegido. Distancia sana.

Charlotte no opinó.
Ejecutó.

Esa mañana presidía la junta habitual. La mesa larga. El vidrio. Las pantallas encendidas con cifras que no pedían interpretación, solo decisiones. El top cinco de artistas firmados ocupaba el centro de la conversación, como siempre.

Adele seguía ahí.
Aún entre los cinco.
La relación, correcta y distante. Charlotte no trataba directamente con el manager que había sustituido a Jonathan. Nunca lo hizo. No por rencor. Por estructura.

Uno entró. Otro salió. El mercado rotaba.
Excepto una.

Durante años había sido top tres. Inamovible. Hasta que decidió abandonar el electropop por jazz, dejar las giras mundiales por residencias en Las Vegas. Decisiones “artísticas”, dijeron. Charlotte escuchó sin interrumpir.

—Necesito datos —pidió—. Ventas netas. Proyección a doce meses. Penetración en streaming fuera de Estados Unidos.

Un ejecutivo habló de Forbes. De cómo ya no figuraba entre los cincuenta más ricos. De la pérdida de público joven. De la calidad musical como excusa elegante para justificar números en caída.

Charlotte dejó que terminara.

—Me encargo yo —sentenció.

No elevó la voz. No pidió consenso.
Miró a su secretaria.

—Cita a Troy Carter. Lunes. Primera hora.

El nombre cayó como una ficha bien colocada. Troy Carter. Manager de Stefani Germanotta.

Charlotte se puso de pie.
La junta hizo lo mismo, por reflejo.
No hubo preguntas.

Salió hacia su oficina con la secretaria a su lado, que hablaba con eficiencia medida.

—Moví la reunión con Asia para el martes. Reprogramé el call legal. Su vuelo a Zúrich sale en tres horas exactas. Vamos bien de tiempo.

Charlotte tomó el abrigo. La bolsa. Asintió una vez.
El ascensor ya la esperaba.

Justo antes de entrar, la secretaria le extendió dos bolsas.

Una con sello Louis Vuitton.
La otra, Versace.

—Para Sophia —dijo—. Tal como pidio.

Charlotte tomó las bolsas sin mirarlas.
Entró al ascensor.

Las puertas se cerraron con un susurro limpio.
Y mientras descendía, con la ciudad reflejada en el acero pulido, quedó claro que en diez años Charlotte no había aprendido a vivir sin pérdida.

Había aprendido algo más peligroso:
a dirigirlo todo sin que se notara.

El vuelo fue tranquilo.
Demasiado.

Charlotte durmió lo justo, leyó informes que no requerían subrayado y dejó que el avión cruzara el Atlántico sin exigirle nada. Cuando aterrizó en Zúrich, la mañana estaba limpia, casi cruel en su claridad. El aire frío le ordenó los pensamientos sin pedir permiso.

La casa la recibió como siempre.
La servidumbre impecable. Discreta. Eficiente. Nadie preguntó cómo estaba. Nadie comentó el viaje. Era una cortesía aprendida a fuerza de años.

Subió dos escalones del vestíbulo cuando escuchó el grito.

—¡CHARLIIII!

No tuvo tiempo de dejar la bolsa.

Sophia apareció en lo alto de la escalera y bajó corriendo, impecable incluso en el apuro. Zapatillas blancas de diseñador, pantalones rectos demasiado caros para ser escolares, sudadera neutra que ocultaba —solo en apariencia— el reloj fino en su muñeca. El cabello perfectamente recogido en una cola alta que se balanceaba con cada escalón.
Catorce años. Miniatura pulida. Una mini Kardashian, como decían con sorna quienes no la conocían.

Se lanzó contra Charlotte sin calcular del todo la fuerza.

El abrazo fue seco y real. Nada ensayado.
Sophia la rodeó con los brazos y enterró la cara en su cuello con una necesidad que no pedía permiso. Charlotte retrocedió medio paso por el impacto, sorprendida, y la sostuvo por reflejo: una mano firme en la espalda de la chica, sintiendo el calor joven, la energía intacta; la otra todavía aferrada a las asas de cuero de las bolsas, el contraste absurdo entre lujo y urgencia emocional.

Por un segundo, Charlotte no dijo nada.
Solo respiró ese olor familiar —limpio, caro, joven— y dejó que el peso del abrazo se acomodara en el cuerpo.

—¿Qué haces aún en casa? —preguntó al fin, apartándola lo justo para mirarla a la cara—. ¿No deberías estar en el colegio?

Sophia alzó la vista, divertida, con esa sonrisa ladeada, insolente y perfectamente consciente de su ventaja. La sonrisa de quien ya ganó la partida antes de empezar.

—Me funcionó decir que me dolía la cabeza —confesó, sin culpa—. Para poder esperarte.

Charlotte entrecerró los ojos.
Una advertencia muda.

—Sophia.

—El lunes vuelvo sin problemas —se apuró a decir—. Sin drama. Lo prometo.

Charlotte la sostuvo un segundo más, evaluando si valía la pena desplegar autoridad, estructura, consecuencias. No lo hizo.
Sonrió apenas. Chiquito. Un gesto mínimo que Sophia reconoció como victoria.

—Papá solía tener carácter cuando yo tenía tu edad —comentó Charlotte.

Sophia soltó una risa breve, segura, casi orgullosa.

—Sí, pero yo soy la niña de los bomberos —dijo—. Eso da privilegios. Jamás me mandaría a un internado.

Charlotte la observó con atención.
No como ejecutiva.
No como tutora.
Como alguien que mide futuros posibles.

Satisfecha.

Al menos eso no se repetiría.
Sophia no crecería sola en pasillos largos ni aprendería a endurecerse por ausencia.

Charlotte le extendió las bolsas.

El sello de Louis Vuitton primero.
El de Versace después.

Sophia dio un pequeño brinco, un gesto controlado que aun así delataba emoción genuina. Le besó la mejilla sin aviso —rápido, automático— y, sin soltarla del todo, enganchó su brazo al de Charlotte.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.