La cena transcurría con la naturalidad ensayada de los Queen cuando estaban completos alrededor de una mesa.
Sophia no paraba de hablar.
Que a la mañana siguiente se iría de shopping con Charlotte.
Que a esa tienda.
La misma de siempre.
La que ya conocía.
La que no necesitaba nombrar porque todos sabían exactamente a cuál se refería.
—Espero que eso no implique una cifra de seis dígitos —dijo Evelyn, medio en broma, levantando la copa.
Sophia rio con culpa estudiada, pícara, sin negarlo del todo.
Richard no esperó a que el tema muriera solo. Nunca lo hacía.
—¿Leíste el último informe de ventas? —preguntó, directo—. Hay que hacer algo con ese top cinco.
Charlotte siguió cenando como si la pregunta no alterara el ritmo de la noche.
—Ya estoy tomando acciones —respondió—. Cité a Troy Carter el lunes a primera hora.
Sophia hizo una mueca.
—¿Te vas otra vez? —protestó—. Apenas llegaste y ya te vas en… ¿qué? ¿Un día?
—Poco más de veinticuatro horas —confirmó Charlotte.
Richard asintió, interesado.
—Stefani tiene potencial —dijo—. Fue un boom. Puede volver a serlo. Pero ya sabes cómo funciona esto… —hizo un gesto con la mano—. Los diamantes se trabajan bajo presión.
Charlotte torció apenas la sonrisa.
—Lo sé —dijo—. Presionar, exigir, incomodar. Esa siempre ha sido tu especialidad.
Richard sonrió, complacido.
La conversación siguió su curso. Temas menores. Comentarios cruzados. El ritual intacto.
Esa noche, Charlotte se instaló en la habitación que había sido suya cuando tenía dieciséis años. Durante el internado del internado. Antes de que la vida se volviera el doble de estratégica.
Ahora rozaba los cuarenta.
Y volver ahí siempre le producía la misma sensación: la de estar usando una piel que ya no le pertenecía del todo.
La casa estaba en silencio cuando la puerta se abrió con cuidado.
Charlotte se aclaró la garganta.
Sophia apareció en el umbral, entrando a hurtadillas, con una sonrisa que no fingía culpa. Caminó directo a la cama y se metió bajo la cobija, acomodándose a su lado como si fuera lo más natural del mundo.
—¿Estás bien? —preguntó, en voz baja, cuando la noche ya estaba avanzada.
—Siempre estoy bien —respondió Charlotte sin dudar.
Sophia giró un poco para mirarla.
—¿No te sientes sola?
Charlotte negó despacio.
—Sola es como estuve siempre.
Sophia la observó con una dulzura que no discutía respuestas.
—Puedes venir a casa cuando quieras —dijo—. Yo te haría compañía. O puedo convencer a mis padres de que me dejen ir contigo a Nueva York.
Charlotte soltó una risa breve.
—Eso no va a pasar —dijo—. Jamás te perderían de vista.
Sophia sonrió, traviesa.
—Tarde o temprano va a pasar.
Charlotte la miró de reojo.
Y ambas sonrieron en ese idioma compartido que no necesitaba traducción:
el del control,
el de saber qué ficha mover
y cuándo hacerlo.
La noche volvió a cerrarse sobre la casa.
Y, por un momento, nada más fue necesario.