Charlotte no pasó por casa.
Del aeropuerto fue directo a Interscope, como si el vuelo hubiera sido apenas una corrección de agenda y no un cruce de husos horarios. A las 7:00 a.m. exactas empujó la puerta de su oficina. Dejó la bolsa en el respaldo de la silla, el abrigo sobre el perchero y encendió las luces sin mirar alrededor. Todo estaba donde debía estar.
Se sentó.
Abrió un archivo.
No lo leyó.
A las 7:10, el intercomunicador sonó.
—Troy Carter está aquí.
Charlotte no levantó la vista.
—Hazlo pasar.
Troy entró con paso seguro, de esos que vienen de décadas caminando oficinas donde el poder se disfraza de cordialidad. Traje oscuro, sin corbata. Porte relajado. Confianza calibrada. Cerró la puerta detrás de sí sin que nadie se lo pidiera.
Charlotte levantó la mirada entonces.
No sonrió.
No se levantó.
No ofreció café.
—Charlotte Queen. —se presento al extenderle la mano con la postura erguida y profesional que la caracteriza.
—Troy Carter. —la miro un segundo mas del socialmente permitido— ¿Queen?
—Si. El apellido en el aviso. Así de importante es el asunto.
—Entiendo.
—Siéntate.
No fue una sugerencia.
Troy obedeció.
Charlotte no abrió carpetas. No encendió pantallas. No necesitaba gráficos. Todo lo que iba a decir estaba ordenado desde antes de que él cruzara la puerta.
—Esto no es una reunión de estado —dijo—. Es una conversación de corrección.
Troy cruzó las manos sobre las rodillas, atento.
—De 2008 a 2014 —continuó Charlotte—, Stefani Germanotta sostuvo una posición que ninguna otra artista pop ha vuelto a ocupar de forma tan consistente. Ventas globales de dos dígitos por álbum. Giras mundiales con fechas agotadas en horas. Innovación estética, narrativa, sonora. No competía: dictaba.
Pausa breve. Precisa.
—Desde entonces llevamos más de diez años justificando decisiones que no eran tránsito, sino permanencia.
Troy ladeó apenas la cabeza.
—El jazz no fue una huida —dijo—. Fue una expansión. Dos álbumes. Colaboraciones serias. Respeto crítico. Premios. Tony Bennett no fue una nota al pie.
—Nunca dije que lo fuera —respondió Charlotte—. Dije que fue un refugio.
Se inclinó apenas hacia adelante.
—Dos álbumes de jazz. Residencias prolongadas en Las Vegas. Cine. Actuación. Prestigio cultural. Seguridad artística. —Lo miró fijo—. Todo perfectamente válido. Todo perfectamente fuera del eje de lo que ella siempre fue mejor que nadie haciendo.
Silencio.
—Stefani no es una intérprete de nicho —continuó—. Es un fenómeno pop diseñado para el exceso, la fricción y la presión. Y lleva años funcionando por debajo de su masa crítica.
Troy sostuvo su mirada.
—No ha fracasado.
—Jamás —concedió Charlotte—. Pero tampoco ha vuelto a pelear arriba. Y esa diferencia, Troy, es todo.
Se recostó en la silla, sin perder presencia.
—El problema no es el jazz. El problema es que el jazz se volvió cómodo. Y el confort es el enemigo natural del impacto global.
Troy exhaló despacio.
—Sabes que puede dar más —admitió—. Yo también lo sé. Y creo que el álbum actual, con la exposición correcta, podría ser un punto de retorno.
—Un punto —repitió Charlotte—. No un eje.
Se puso de pie.
El movimiento cambió la temperatura de la sala. Caminó hacia el bar lateral y sirvió dos whiskys. No preguntó. Le extendió uno a Troy como se extienden los términos finales.
—Quiero conocerla —dijo—. No a través de equipos. No a través de discursos filtrados. En persona.
Troy tomó el vaso, pero no bebió.
—¿Para qué?
Charlotte lo miró con calma absoluta.
—Para ofrecerle algo que nadie le ha ofrecido en años: una pelea real. Top uno. Mínimo, top dos mundial. Sin residencias cómodas. Sin nostalgia elegante. Con presión. Con riesgo. Con exposición.
Pausa.
—Empezando con un documental que no la celebre, sino que la confronte.
Troy frunció el ceño.
—Eso no es amable.
—No estoy aquí para ser amable.
Charlotte dio un sorbo a su whisky.
—Y no quiero que seas el intermediario.
La frase cayó limpia. Sin dureza. Sin amenaza.
Troy entendió.
No porque Charlotte levantara la voz.
Sino porque no necesitó pedir permiso.
—Está bien —dijo finalmente—. Te envío la dirección de la Haus. Mañana por la mañana.
Sacó el móvil. El mensaje llegó antes de que el vaso tocara la mesa.
Charlotte miró la pantalla un segundo.
—Bien.
Troy se levantó.
—Solo una cosa —añadió—. Stefani no responde bien a las imposiciones.
Charlotte sostuvo su mirada sin pestañear.
—No voy a imponerle nada —dijo—. Voy a recordarle quién fue cuando dejó de pedir validación.
Troy asintió. Esta vez sin diplomacia. Con respeto claro.
—Mañana, entonces.
—Mañana.
Cuando Troy salió, Charlotte volvió a su escritorio. Dejó el vaso intacto a un lado y abrió la agenda del día.
La reunión había terminado.
La gravedad correcta acababa de restablecerse.