Charlotte

Capítulo 111. — Territorio no negociable.

Charlotte llegó a la Haus a la mañana siguiente sin anunciarse más de lo estrictamente necesario.
Traje impecable. Cabello a los hombros. Tacones que no buscaban sonar, pero lo hacían igual. No llevaba carpeta. No llevaba escolta. No necesitaba nada de eso.

Troy abrió la puerta antes de que tocara por segunda vez.

Ella no miró alrededor. No evaluó paredes ni personal. Caminó directo. El lugar no la intimidaba porque no había ido a pertenecer.

Había ido a ordenar.

Troy avanzó un paso por delante y abrió la puerta de la oficina.

Charlotte entró.

No esperó presentación.

—Descuida Troy, yo puedo.

Extendió la mano con la postura erguida y profesional que la caracterizaba.

—Charlotte Queen.

La mano volvió a ella.

—Stefani Germanotta.

Charlotte sonrió. Justo lo suficiente. Más por protocolo que por cortesía.

—Me han hablado mucho de ti.

—No puedo decir lo mismo –respondió Stefani al volver a su asiento y señalarle uno de los vacíos en frente de ella.

Charlotte apenas sonriente, pero ahora con una sonrisa diferente: esa filosa, torcida, retadora. Tomo asiento; rodillas juntas, manos tranquilas, espalda erguida y mentón en perfecta simetría.

—No esperaba que supieras de mí, pero de hoy en adelante iremos juntas a casi –el tono de su voz suena diferente al pronunciar la palabra “casi” — todas partes.

Stefani miro confundida a Troy y el de inmediato intercede.

—Si. Charlotte va a estar acompañada de un equipo de grabación. La disquera quiere un documental de la gira. ¡vamos! Ya lo hemos hecho antes.

Stefani lo fulmino con la mirada y luego la miro a ella que no deja de sonreír de esa manera tan particular, cargada de desafío mal disimulado.

—Nunca tuve una chica como niñera. A Troy solo le gusta ponerme chicos grandes y musculosos.

Charlotte rió. Sarcástica. A propósito. No por humor: por territorio.

—¿Niñera? He sido de todo, menos de eso y que no te engañe mi estatura… —su mirada cambia a retadora.

El aire se tensó lo justo.

Los tres se pusieron de pie. Esta vez fue Stefani quien le extendió la mano para despedirla. Prácticamente la estaba corriendo. Charlotte lo notó de inmediato. Leer personas era una habilidad tan natural como respirar.

Arqueó una ceja. Lanzó esa mirada suya, precisa, peligrosa. Esa que decía: sé exactamente a qué juegas y lo hago mejor.

—Si necesitas niñeras por algo será —dijo Charlotte sin dejar de mirar a Stefani a los ojos un instante, mientras se despedía con un estrechón de manos firme, exacto.

—Pronto lo averiguaras…

Ambas sostuvieron la mirada. Un segundo. Dos. Demasiado. Fue Stefani quien soltó primero. Charlotte lo notó, como notaba todo, y sonrió.

Irónica. Sarcástica. Satisfecha.

—Hasta mañana Stefani –susurro Charlotte aun con esa sonrisa dibujada en los labios— te espero afuera, Troy.

—¡Contrólate! Es la hija de… —Alcanzo a escuchar Charlotte al cruzar la puerta.

—¿Y? me importa una mierda de quien sea hija está en mis terrenos así que va a tener que aprender a jugar mi juego.

Charlotte sonrió.

Macabra. Tan ella. Como siempre.

Encantada del reto.
Del juego de poder que apenas iniciaba.
Y del propósito inesperado que acababa de encontrar en tener que trabajar con la estrellita mimada.

*

Minutos después, Troy caminaba a su lado por el pasillo amplio de la Haus, ese que siempre parecía diseñado para que las decisiones importantes se tomaran mientras se avanzaba, no cuando se estaba quieto. Charlotte mantenía el paso exacto. Ni rápido. Ni lento. El ritmo de quien ya había decidido.

—Mañana temprano —dijo Troy, rompiendo el silencio—. Avión privado. El de la Haus. Sale desde el hangar de Burbank.
Charlotte asintió sin mirarlo.
—Hora.
—Siete y media. Rueda a las ocho.
—Bien. —Pausa mínima—. Equipo reducido. Nada de comitivas innecesarias.
—Ya está hablado. Documental, una cámara principal, una secundaria. Sonido limpio.

Llegaron al parqueadero. El aire era distinto ahí abajo: más frío, más real. El coche de Charlotte ya estaba esperándola, motor encendido, chofer atento pero invisible, como debía ser.

Troy se detuvo a su lado, metiéndose las manos en los bolsillos.
—No va a estar contenta —dijo, midiendo las palabras—. Stefani va a resistirse.
Charlotte giró apenas el rostro, lo suficiente para mirarlo por primera vez desde que habían salido de la oficina.
—Claro que sí.
Troy arqueó una ceja.
—¿Lo dices como advertencia… o como problema?
—Como parte del proceso.

Charlotte abrió la puerta trasera del coche, pero no subió de inmediato. Bajó la ventanilla con un gesto limpio y lo miró desde abajo, con esa calma peligrosa que no pedía consenso.

—Voy a incomodar —dijo—. Se va a rehusar. Quizá haga una pataleta. Quizá dos.
Troy sonrió, esta vez sin ironía. Más bien con alivio.
—¿Y aun así…?
—Va a funcionar —sentenció Charlotte—. Porque nadie le ha dicho que no en años. Y porque el talento real responde a la presión cuando deja de fingir que no la necesita.

Troy asintió despacio. No como manager. Como alguien que acababa de entender que ya no estaba solo domando a la fiera.

—Mañana, entonces.
—Mañana.

Charlotte subió al coche. La puerta se cerró con un sonido seco, definitivo. Antes de que el vehículo avanzara, dio la última instrucción sin elevar la voz:

—A casa.

El chofer obedeció de inmediato.

Mientras el coche se alejaba del parqueadero y la Haus quedaba atrás, Charlotte apoyó la cabeza un segundo contra el respaldo. No por cansancio. Por enfoque.

La pieza ya estaba en el tablero.
Y, como siempre, ella sabía exactamente cuándo empezar a moverla.




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