Charlotte despertó a las 5:00 a.m.
No hubo alarma.
No hubo recordatorios.
No hubo sobresalto.
Su cerebro funcionaba como siempre: un reloj interno calibrado para no fallar cuando no estaba permitido fallar.
Ya estaba lista.
La maleta esperaba en el pasillo, cerrada, exacta, sin nada innecesario. El iPad y la bolsa estaban sobre la mesa de centro del estar, alineados como si alguien los hubiera acomodado con regla. Charlotte los tomó, se sentó en el sofá y cruzó las piernas con la naturalidad de quien no necesita acomodarse en ningún lugar: el espacio se acomoda a ella.
Encendió el iPad.
Agenda abierta.
Día comprimido.
Decisiones en cascada.
Comenzó a enviar notas de voz, una tras otra, sin elevar el tono, sin dramatizar.
—Mueve la reunión de las diez para videollamada. Prioridad media.
—Cancela el almuerzo del jueves, reprograma para la próxima semana.
—Agenda call con Londres, tarde. No antes de las cuatro.
—Confirma Zurich, pero solo si no interfiere con Nueva York.
Pausa.
—Y deja libre el viernes. Completo.
Silencio.
Guardó el iPad, se puso de pie y tomó la bolsa.
A las 6:30 en punto, Charlotte bajó a recepción.
No hubo anuncio.
No hubo saludo innecesario.
El chofer ya estaba ahí.
Así se trabajaba con ella: horarios estipulados, movimientos sincronizados, una maquinaria grande y silenciosa donde cada pieza sabía exactamente cuándo moverse. Charlotte subió al coche sin decir una palabra. El vehículo arrancó de inmediato.
A las 7:00 a.m., estaba en el hangar.
Privado.
De los suyos.
De esos que había heredado de Jonathan… y luego expandido hasta traer a Estados Unidos sin pedir permiso a nadie.
No supo en qué momento exacto dejó de sentirse ajeno ese espacio. Quizá nunca lo fue.
Uno de los encargados la recibió con una carpeta en la mano. Caminaban a su lado mientras le hablaba de números, de disponibilidad, de rutas. Del avión privado de los Queen, listo para despegar en cualquier momento si era necesario.
—Gracias —respondió Charlotte, por pura educación.
Nada más.
Fue entonces cuando los vio.
Tres chicos vestidos de negro. Jóvenes. Equipo del documental. Se presentaron con entusiasmo medido, nombres que Charlotte escuchó sin registrar del todo. Asintió una vez. Eso fue suficiente para ellos.
Empujó su propia maleta hacia la pista mientras seguían caminando. Al llegar a la escalerilla, alguien del personal se la recibió sin preguntas.
Charlotte subió.
El interior del avión ya estaba ocupado.
Demasiadas personas.
Demasiado color.
Demasiado ruido.
Nada de trajes. Nada de sobriedad. Ropa deportiva, mochilas abiertas, risas sueltas. Un carnaval que no le pertenecía y no tenía intención de conquistar.
Suspiró, pesado.
Sin mirar a nadie, avanzó hacia el fondo del avión. La zona más despejada. Más silenciosa. Tomó asiento ahí, acomodando la bolsa a su lado con precisión quirúrgica.
Detrás de ella, el equipo del documental ocupó los asientos contiguos, bajando el volumen apenas al notar su presencia. Charlotte no agradeció el gesto. Tampoco lo rechazó.
Miró por la ventanilla.
No estaba nerviosa.
No estaba expectante.
Estaba enfocada.
Ese vuelo no era un traslado.
Era el inicio operativo de algo que todavía no tenía forma pública, pero ya tenía dirección.
Se cruzo de piernas y comenzó a mover hilos, contactos, lugares y a cerrar tratos con solo un tap.
Charlotte no levantó la vista cuando Stefani subió al avión.
No lo necesitaba.
Reconoció el cambio en el aire antes que los pasos. El leve aumento del ruido. El movimiento coordinado —demasiado ensayado para ser casual— de varias personas entrando detrás de ella. Maletas de mano, risas contenidas, saludos que no buscaban silencio porque nunca lo necesitaban.
Charlotte siguió leyendo en su iPad.
Concentrada.
Imperturbable.
Supuso —con precisión matemática— que Stefani había tomado asiento justo enfrente. Lo confirmó sin mirar cuando el cuchicheo cambió de timbre. Cuando el murmullo dejó de ser disperso y se volvió atención.
Entonces levantó la vista.
Y los ojos de Stefani ya estaban sobre ella.
No sorpresa.
No curiosidad.
Evaluación.
Charlotte sostuvo la mirada apenas un segundo. Lo justo. Bajó la vista otra vez y saludó sin ceremonia.
—Stefani.
Nada más.
Fue suficiente para que Stefani sonriera de lado y, deliberadamente, alzara la voz.
—Chicos, ella es Charlotte Queen —anunció—. Nos acompañará durante toda la gira.
El efecto fue inmediato.
Conversaciones detenidas.
Cuerpos girando.
Miradas nuevas cayendo sobre ella como un foco no solicitado.
Charlotte alzó la vista otra vez, esta vez sin prisa.
Stefani continuó.
—Ellos son Freddie, Sarah— Charlotte registró rostros sin nombres todavía. No le importaban los nombres. Le importaba la jerarquía implícita. —ella es mi asistente Sonja.
Charlotte vio a la pelinegra alta pasar a su lado. Stefani la detuvo con un gesto mínimo. Sonja se giró. Profesional. Alerta.
—Lo que necesites, directamente con ella.
Charlotte asintió una vez.
Seria.
Radiante sin buscarlo.
Los tres sonrieron. No por simpatía. Por reconocimiento.
—Ya conocerás a los demás después —cerró Stefani.
Charlotte no añadió nada.
Volvió al iPad.
A su agenda.
A sus cifras.
A su mundo.
Como si el anuncio no hubiera sido una presentación, sino una formalidad cumplida.
El cuchicheo regresó casi de inmediato.
No bajó el volumen.
No se volvió discreto.
Comentarios sueltos. Curiosidad sin filtro. La típica mezcla de intriga y prevención que despertaba alguien que no pertenecía al ecosistema, pero que claramente no estaba ahí para adaptarse.