Charlotte

Capítulo 113. — La presión correcta.

A las 8:00 a.m. en punto, Charlotte ya iba de pie dentro del ascensor rumbo al restaurante del hotel.
Traje sencillo. Cabello peinado con pulcritud funcional. El mismo gesto neutro de siempre, ese que no delataba cansancio ni entusiasmo.

Pidió un café doble, cargado, sin azúcar. Jugo. Fruta. Nada más.
Se sentó sola, iPad frente a ella, y el mundo volvió a ordenarse en columnas, cifras, horarios y decisiones que no necesitaban permiso.

Respondió correos.
Revisó contratos.
Marcó prioridades.
Envió instrucciones a distancia con la precisión de alguien que no confunde urgencia con ansiedad.

Mientras terminaba el desayuno, abrió la agenda de la Haus que su secretaria le había enviado minutos antes. La revisó una vez. Dos.
Marcó un número.

—Sonja —dijo cuando atendieron—. Necesito que consigas un coche más grande para Stefani. Hoy. —Pausa. — Vamos a grabar. Como mínimo deben caber ella, yo y tres asistentes en el mismo vehículo.

Sonja no discutió.

—Hecho. ¿Algo más?

—No —respondió Charlotte—. Gracias.

Cortó y volvió a lo suyo sin transición emocional.
Así transcurrió el día: videollamadas, informes, ajustes de último minuto. Charlotte operando como siempre, incluso en territorio ajeno.

Al caer la tarde, puntual, bajó a recepción.
El equipo ya estaba reunido.

Subieron a las camionetas.
La última llegó exactamente como la había pedido: espaciosa, limpia, funcional.
El equipo de cámaras comenzó a grabar. Charlotte se acomodó al fondo, iPad en mano, trabajando como si aquello fuera una oficina móvil.

Al acercarse al estadio, la magnitud de la fila humana fue un check más en su lista mental.
Capacidad. Expectativa. Demanda intacta.

Entraron por el estacionamiento interno.
Stefani bajó primero, seguida de parte del equipo, directo a ensayo. Escoltas. Producción. Cámaras.

Charlotte detrás.
No estaba acostumbrada a la mini carrera con cinturón de seguridad ni a los cambios de ritmo. Aun así, mantuvo el paso.

En el camerino, al hacer contacto visual, habló:

—Puedo imaginarme por qué siguen poniéndote niñeras.

Stefani la miró confundida.

—Buen trabajo —insistió Charlotte.

Stefani sonrió, irónica.
—¿Cantas?

—No.

—¿Bailas?

—No.

—¿Cómo sabes que está bien y qué no? —le sostuvo la mirada, ya claramente intentando fastidiarla.

—Es mi trabajo saberlo, Stefani —respondió Charlotte, profesional.

—¿Cómo?

—Crecí viendo a mi padre hacer esto. Créeme, sé lo que hago.

—¡Cierto! La nena de papá.

La sonrisa sarcástica apareció en Charlotte. Rió.
Jamás se referiría a sí misma así. No lo era. Quizá Sophia.

—No te imagino siendo algo diferente a eso —le respondió mientras servía un par de tragos y le entregaba uno a Stefani.

—Te sorprendería —contestó Stefani, cortante.

—Cuéntame…

—¿Conoces Wikipedia?

Charlotte puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos.

—¿Tú conoces Forbes?

Stefani ignoró la pregunta. Charlotte sonrió, satisfecha.

—Solías aparecer en la lista de los más ricos…

—¿Qué con eso?

—Nada. Solo que decidiste quedarte en tu zona de confort por mucho tiempo. ¿Residencia en Las Vegas? ¿Jazz? Perdiste mucho tiempo.

—Mi tiempo…

—Nuestro dinero.

—¿Quieres que le regrese su dinero a papi? —respondió Stefani, altanera.

—Papi —repitió Charlotte con el tono más que pudo encontrar en su interior— no necesita tu dinero.

—¿Entonces?

Stefani se bebió el trago de golpe. Charlotte observó, cada vez más complacida. Había logrado lo que buscaba: que dejara de esconder el fastidio.

—Estoy aquí para que vuelvas ahí. A tu lugar —aseguró Charlotte—. Voy a sacarle hasta el último dólar a esta gira y tú vas a agradecerlo después.

Intentó salir, pero Stefani la hizo volver.

—Ya no estoy compitiendo.

—¿Lo hacías?

Charlotte volvió a servir un par de tragos. Stefani tomó el suyo de inmediato.

—Solía sentir que tenía que demostrarle a los demás que merecía un lugar en casi cualquier mesa de negocios.

—¿Por qué ya no? —preguntó Charlotte, genuinamente interesada. Reconocía esa necesidad. Venía de lejos. De necesidades de infancia que una vez domó nunca dejo que volvieran a sembrar la duda.

—Ya me demostré a mí misma lo que necesitaba.

—¿Entonces no te interesa volver a las grandes listas? Dímelo y esta misma tarde tomo un vuelo de regreso a Nueva York.

Se miraron largo rato.
Charlotte vio la duda. Y decidió sembrar.

—Hablemos de esto al finalizar la semana ¿te parece? —dijo, acercándose para tomarle el vaso vacío—. Así ambas sabremos si vale la pena o no.

Volvió a la puerta.
Stefani notó que no le sirvió otro trago. Miró el vaso. Miró a Charlotte.

—No creo que debas subir ebria al escenario.

Stefani rió. Por primera vez, de verdad.

—Ebria es cuando mejor lo hago.

Charlotte no respondió.
Sonrió apenas.

La presión correcta no grita.
Se queda.
Y espera.

*

Charlotte estaba despierta desde las 4:00 a.m.

No por insomnio.
Por hábito.

La habitación del hotel permanecía en silencio absoluto, con las cortinas apenas abiertas lo suficiente para dejar entrar una franja de luz gris. No había desorden. No había restos de la noche anterior. El vaso vacío estaba en el mismo lugar donde lo había dejado. La cama, intacta salvo por el pliegue mínimo de haber dormido lo justo.

Encendió el iPad.

Noticias primero. Internacionales. Mercados asiáticos cerrando. Europa despertando. Titulares que no buscaban sorprenderla, solo confirmarle que el mundo seguía funcionando sin necesitar su permiso.

Luego correos.

Respondió los urgentes. Archivó lo irrelevante. Marcó dos hilos para retomar en Nueva York. Ajustó mentalmente un par de decisiones que ya sabía que iba a tomar, aunque nadie se las hubiera pedido todavía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.