Aterrizaron en Nueva York a las 10:02 de la mañana de un sábado que no tenía nada de descanso.
Charlotte fue la primera en bajar del avión.
No miró atrás.
No se despidió de nadie.
El chofer la esperaba en la pista, como siempre. Ella caminó directo, sin acelerar, sin dudar, ya revisando en la cabeza la lista de reuniones que había ido postergando durante la semana. Reuniones que no podían esperar más.
—Interscope —dijo al subir al coche.
No pasó por su departamento.
No lo consideró siquiera.
A las once ya estaba instalada en su oficina, con la chaqueta colgada en el respaldo de la silla, el iPad encendido y la ciudad de fondo como una extensión natural de su espacio de trabajo. Recuperó llamadas. Confirmó decisiones. Reordenó equipos. Puso en marcha todo lo que había quedado suspendido mientras estaba fuera.
Se detuvo solo después del mediodía.
Almorzó ahí mismo: una ensalada, soda, nada caliente, nada que demorara.
Fue entonces cuando abrió la agenda de la Haus que su secretaria le había enviado. La revisó con atención clínica. Stefani no era solo una artista. Era un activo. Uno enorme. Para Interscope. Para Charlotte. Incluso para ella misma, aunque aún no lo aceptara del todo.
Y, además, era un buen desafío.
Sacó el móvil.
Charlotte:
¿mañana a las 12?
02:35 p.m.
El teléfono vibró minutos después.
Stefani:
¿Quién eres?
02:56 p.m.
Charlotte sonrió apenas.
Charlotte:
¿No me he hecho odiar lo suficiente?
No tardó.
Stefani:
Tampoco me odias tanto desde que no olvidaste nuestro almuerzo
Charlotte dejó escapar una exhalación divertida.
Charlotte:
La que no me soporta eres tú
Yo disfruté esta última semana
Stefani:
No deberías echarme tanto de menos, hace apenas unas horas nos vimos
Charlotte:
Eso quisieras…
¿paso por ti o llevas a tus niñeras?
La respuesta tardó lo justo.
Stefani:
Sorpréndeme
Charlotte:
¡Te recojo!
Odio sentirme vigilada
Charlotte guardó el teléfono y volvió al trabajo sin transición emocional alguna.
A las cinco de la tarde, cuando por fin cerró la última reunión, tomó sus cosas y se levantó.
—Haz una reserva para mañana —le dijo a su secretaria—. Mesa para dos.
—¿Algún lugar en especial?
—No. Que cumpla.
Salió.
En el coche, camino a su departamento, escribió a Sonja, la asistente de Stefani. No como cortesía. Como costumbre.
Necesito que hagas los arreglos necesarios para que Stefani esté lista mañana al mediodía.
Gracias.
Control. Siempre.
Esa tarde, el departamento la recibió con el silencio habitual.
Uno que no pesaba… pero tampoco acompañaba.
Por primera vez en mucho tiempo, Charlotte se permitió detenerse.
Pensó en Jonathan.
En cómo discutían. En cómo él la conquistaba justo ahí, en ese mismo espacio. En las cenas de cumpleaños que le organizó, exageradas, precisas, hechas para ella.
Luego pensó en Giulia.
En los años. En las aventuras. En las promesas. En ese lugar seguro que alguna vez fue real… hasta que dejó de serlo.
Sirvió un trago.
Bebió despacio.
Habían pasado más de diez años desde la última vez que la vio. Desde que la echó.
No es que hubiera estado sola todo ese tiempo. No completamente. Cuando el cuerpo pedía, Charlotte respondía. Pero nunca volvió a conectar. Eran noches. Descargas. Nada más.
Sirvió un segundo vaso.
Luego un tercero.
Y se fue a la cama.
Despertó temprano. Antes del sol.
Ducha. Noticias. Fruta. Café fuerte.
En el clóset eligió con la misma lógica de siempre: un vestido negro de cuello alto, mangas largas, entallado, por debajo de las rodillas. Tacones. Abrigo largo. Nada deslumbrante. Nada casual.
Se recogió el cabello ella misma. Se maquilló sin prisa.
Cuando bajó, el coche ya estaba listo.
—Las llaves —le dijo al chofer—. Yo conduzco. Puedes irte.
El hombre obedeció sin discutir.
Charlotte condujo hacia el edificio de Stefani mientras confirmaba la dirección del restaurante. Un lugar nuevo. Esperaba que estuviera a la altura.
A las doce en punto se anunció en recepción.
Sonja la hizo pasar. Minutos después, Stefani apareció: traje rosa, cabello suelto.
Se saludaron apenas.
Salieron rápido, esquivando escoltas.
—Iremos solas, Pet —dijo Stefani.
—¿Qué? Sabes que no es posi—
—¿Posible? —interrumpió Charlotte, riendo—. ¿Vamos a discutir eso o quieres llegar a almorzar a tiempo?
Pet se hizo a un lado. Las siguió de cerca hasta la camioneta.
—¿Cómo puedes? —preguntó Stefani, ya dentro del coche.
Charlotte ajustó el retrovisor con una mano, el volante con la otra.
—Costumbre, supongo. —Stefanie rie.—¿Qué te causa gracia?
—Hace una semana me odiabas.
—No te conocía.
—¿En una semana me conociste? —Charlotte la miró de reojo, sonrisa torcida—. No creo.
—No. Pero ya sé a qué juegas.
—¿Ah sí? ¿A qué?
—A hacer que te teman.
—Es respeto —corrigió Charlotte—. Y te falta un poco con tus empleados.
—Es miedo.
Charlotte rió.
—¿Me tienes miedo?
Stefani soltó una carcajada.
—¿Miedo? ¿A ti? No tienes tamaño para eso.
—¿Qué? —Charlotte la miró, sorprendida—. Tampoco eres tan alta.
—Literal somos dos minions en huida.