Charlotte fue directo a su departamento.
No por descanso.
Por silencio.
Por volver a un lugar donde todo estaba exactamente donde ella lo había dejado, sin música ajena, sin asistentes preguntando, sin cámaras esperando un gesto que pudieran convertir en narrativa.
Apenas cruzó la puerta, dejó la bolsa sobre la consola del recibidor y se quitó la chaqueta sin prisa. El departamento olía a nada. A control. A ella.
Lo primero que hizo fue devolver la llamada.
Sophia contestó al segundo tono, como si hubiera estado sosteniendo el teléfono con ambas manos.
—¡Charli! —La voz le salió feliz, demasiado feliz para el tamaño de lo que estaba pidiendo.
Charlotte caminó hasta la sala y se sentó en el borde del sofá. No se acomodó. No se recostó. No era un momento para concesiones corporales.
—Estoy aquí —dijo, neutra.
—¿Puedo irme contigo? A Nueva York. Una temporada. Prometo portarme bien. Prometo que estudio. Prometo que no gasto tanto.
Charlotte cerró los ojos un segundo. No por paciencia. Por estrategia.
—Sophia, no es tan fácil.
—Sí es. Tú tienes espacio. Tienes un departamento gigante. Y yo soy chiquita.
—Tú no decides eso.
—¿Entonces quién? ¿Mamá? ¿Papá? ¡Tú puedes convencerlos!
Charlotte exhaló lento. La conocía. Sophia no pedía: negociaba. Y lo hacía con esa mezcla exacta de ternura y descaro que desarmaba a cualquiera… si “cualquiera” no fuera Charlotte Queen.
—Tienes colegio.
—Puedo hacer escuela en línea.
—Tienes actividades.
—Las cambio por Broadway.
—Tienes un hogar.
—Tú también eres mi hogar.
La frase le dio justo donde Sophia quería. Una parte de Charlotte —la que no le mostraba a nadie— se movió. No como emoción, como una grieta.
Charlotte la selló de inmediato.
—No dramatices.
—No es drama, es verdad.
Treinta minutos. Treinta minutos de Sophia empujando, de Charlotte desviando, ofreciendo excusas limpias, razonables, impecables… y no una sola verdadera.
No era que no quisiera tenerla cerca.
Era que Sophia le hacía salir una versión de sí misma que no tenía uniforme.
Y eso, para Charlotte, era peligrosísimo.
Cuando colgó, el departamento volvió a sonar como siempre: nada. Pero ya era tarde. Ya se había dejado tocar por un lugar que no pensaba visitar.
La tarde cayó.
Y con la tarde, el show de Stefani en Madison Square Garden.
Charlotte dudó.
Era Nueva York. No tenía obligación. No debía estar en cada cosa. Medir a Stefani por asistencia era ridículo: esa mujer llenaba estadios incluso cuando cantaba jazz con un piano de cola y una sonrisa de “me importa un carajo”.
Lo que Interscope quería no era comprobar que existían fans.
Eso ya estaba.
Lo que querían era atraer público nuevo. Reventar el techo. Lanzarla como cohete al estrellato que ella ya conocía… y se le había escurrido entre los dedos mientras jugaba con la idea de ser “otra cosa”.
Charlotte se dijo que iba por trabajo.
Pero había algo más, pequeño, molesto, insistente.
Un recuerdo confuso del almuerzo.
El cambio de humor.
El momento exacto en que Stefani dejó de ser solo sarcasmo y comenzó a ser… otra cosa. Algo que Charlotte no quería nombrar.
Así que se puso de pie.
Ducha.
Agua caliente.
Decisión fría.
Pantalón negro ceñido a la cintura. Camisa de mangas largas con un par de botones sueltos. Tacones de aguja. Chaqueta. Bolsa.
Casual, para Charlotte.
En recepción, el chofer ya la esperaba.
Madison Square Garden estaba repleto.
Y aunque Charlotte llevaba el pase VIP colgado al cuello, tardó más de lo que quería.
Eso le jodió el humor.
Cuando por fin logró entrar, no fue a buscar palco ni aplausos. Fue directo al camerino. El show estaba en curso y Charlotte necesitaba un lugar con paredes antes de terminar decidiendo que matar era una opción viable.
Sirvió whisky.
Se sentó un momento.
La puerta se abrió y, sin verlos, escuchó voces.
Freddie y Sarah. Hablaron del humor de Stefani esa tarde. De lo susceptible que estaba. De cómo había sido “raro”. De cómo…
Hasta que se encontraron con Charlotte.
Silencio.
Charlotte levantó el vaso apenas.
—Buenas noches.
Los dos asintieron como si la palabra “buenas” fuera una amenaza y no un saludo.
A Charlotte le gustó el efecto. Se permitió disfrutarlo un segundo.
Luego volvió a servirse.
El almuerzo seguía ahí, dándole vueltas en la cabeza como un bucle mal cerrado.
Fue cuando llegaron al restaurante.
Fue en el aparcamiento.
Fue al ver a la rubia.
Fue…
¿Qué no notó?
No tener la respuesta la descompuso.
Y al mismo tiempo, le dio propósito.
Charlotte Queen tenía una regla no escrita: si algo se le escapaba, lo perseguía hasta domesticarlo.
Tomó el teléfono.
Llamó a Sonja.
—Quiero bocadillos, champagne, cervezas. Todo en el camerino. Vamos a festejar la excelente noche que tuvo el show en Nueva York.
Sonja no preguntó “¿por qué?”.
Obedeció.
Cuando el show estaba a punto de terminar, Charlotte se sirvió un nuevo vaso y salió hacia la línea de seguridad frente al escenario.
Lo vio.
Vio a Stefani venir con esa energía del escenario todavía pegada al cuerpo: sudor, adrenalina, brillo, dominio.
Charlotte la tomó del brazo a medio camino.
La sacó de la corriente como se saca a alguien de un río.
Y le entregó el vaso.
—Pienso llevarte ebria a Filadelfia.
Por un segundo, una tensión nueva surgió entre las dos.
Ese calor en el cuerpo que ambas conocían bien. El que no tenía nombre bonito. El que no pedía permiso.
Stefani la miró. Charlotte sostuvo la mirada sin pestañear.
Tras bastidores, los bailarines ya estaban en lo suyo: festejar como si la noche fuera eterna.