Charlotte despertó a la 1:34 p.m.
Lo supo de inmediato.
No porque mirara el reloj, sino porque su cuerpo reaccionó con una molestia seca, casi violenta. Era la hora más tarde a la que había despertado en su vida adulta. No por gusto. No por descuido. Por una combinación que detestaba admitir: cambio horario acumulado, vuelo nocturno, y los tragos de la noche anterior.
No se quedó en la cama.
Nunca lo hacía.
Se incorporó de inmediato, como si el cuerpo entendiera que no importaba la hora: estar despierta significaba estar en marcha. Caminó al baño. Ducha breve. Agua caliente, directa, sin concesiones. No buscaba relajarse. Buscaba borrar residuos.
Diez minutos después ya estaba vestida.
Ropa cómoda, pero funcional. Nada que pareciera descanso. Nada que pareciera improvisación. Cabello recogido. Rostro limpio. La mente, ya activa.
Se sentó frente a la mesa. Abrió el iPad.
Correos. Reportes. Ajustes. Mensajes acumulados desde distintos husos horarios. Respondió sin dramatismo, como si no fueran más de la una de la tarde en Montreal y el mundo no llevara horas funcionando sin ella.
A las 2:00 p.m. en punto, tomó el teléfono.
—Servicio a la habitación —dijo cuando atendieron.
Pidió café cargado, sin azúcar. Fruta. Un par de aspirinas.
Guardó silencio con la línea abierta.
—¿Desea algo más, señora?
Charlotte dudó apenas un segundo.
Un segundo que, en ella, ya era una decisión tomada.
—Sí —respondió—. Lo mismo para la habitación contigua.
Pausa.
—Agregue una nota.
Pedí un par de estas para mí y pensé que las necesitarías también.
No las tomé de inmediato porque no había almorzado, entonces supuse que tú tampoco, así que te envié ambas cosas para ti.
– C.
Cortó.
Dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa como si así pudiera desactivar cualquier consecuencia.
Siguió trabajando.
No hubo respuesta.
Ni inmediata.
Ni más tarde.
Para la cena, Charlotte ya se había arrepentido del gesto.
No porque fuera impropio.
Porque era innecesario.
Ese mismo día, antes del show, lo notó con claridad quirúrgica: Stefani mantenía la distancia. No abierta. No grosera. Una distancia pulcra. Educada. Calculada.
Charlotte la clasificó de inmediato.
Ese tipo de comportamiento lo conocía bien.
Inseguridad. Indecisión. Gente que no sabe si quiere entrar o salir del juego.
Y Charlotte no negociaba con eso.
Lo bueno —lo verdaderamente bueno— de Charlotte Queen era que sus decisiones no cambiaban según la respuesta del otro.
Estabas dentro… o de pronto estabas fuera.
Sin drama.
Sin escenas.
Sin explicaciones.
Y aun así, decidió algo más peligroso: seguir incomodando a Stefani a propósito.
No importaba por qué lo disfrutaba.
Solo que lo hacía.
Los días siguientes transcurrieron sin estridencias, pero tampoco con calma. La gira avanzaba entre vuelos encadenados, hoteles idénticos y pasillos demasiado estrechos para fingir distancia. Charlotte y Stefani se cruzaban lo justo: en trayectos compartidos, en puertas que se abrían al mismo tiempo, en silencios que apenas rozaban la cortesía profesional. No discutían. No aclaraban nada. Se observaban. Y eso, para ambas, decía más de lo que cualquiera admitiría en voz alta.
Hasta aquella mañana.
Charlotte esperaba el ascensor cuando las puertas se abrieron y revelaron a Peter, el guardaespaldas de confianza de Stefani, de pie dentro. Stefani detrás de él sin mirarla directamente. El aire cambió de inmediato, como si el espacio se hubiera reducido un par de centímetros más de lo normal. Bajaron varios pisos sin decir una palabra, con una tensión tan evidente que incluso Peter pareció notarla.
Fue él quien rompió el silencio, con esa neutralidad profesional que solo aparece cuando alguien intenta suavizar lo inevitable.
—Bueno… parece que estamos todos juntos en este viaje.
Charlotte giró apenas la cabeza y sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue traviesa. Deliberada.
—Sí —respondió—. Una fiesta en el ascensor. ¿Quién lo hubiera pensado?
El ascensor se detuvo con un leve sobresalto mecánico. Y fue entonces cuando Stefani dio el primer paso.
—¿Cómo te ha parecido el viaje hasta ahora, Charlotte?
Charlotte la miró con atención plena. Si Stefani hubiera sabido leerla un poco mejor, habría entendido en ese instante que el juego ya estaba encendido.
—Interesante, Stefani —respondió—. Muy interesante.
Las puertas se abrieron y la tensión salió disparada con ellas, como si el ascensor hubiera expulsado algo que ya no podía contener.
La gira continuó en Canadá. Pasaron días. Luego semanas. Charlotte respetó la distancia que Stefani marcaba… a su manera. No la invadía, pero tampoco desaparecía. La provocaba sin tocarla. Aparecía de la nada. A veces estaba demasiado cerca. Otras, peligrosamente lejos. Stefani empezó a notarlo. Y Charlotte también.
Hasta Montreal.
Era de madrugada. El show había terminado y el equipo comenzaba a dispersarse hacia sus habitaciones. Charlotte se había quedado en recepción, de pie frente a un ventanal inmenso, observando la ciudad como quien construye imperios en silencio. No pensaba en el concierto. Pensaba en rutas. En tiempos. En futuros posibles.
No la vio venir.
—Charlotte —dijo Stefani—. Necesitamos hablar.
La voz no escondía confusión. Tampoco deseo. Las dos cosas convivían sin orden.
Charlotte se giró despacio. Evitó sonreír satisfecha, como si no acabara de ganar una batalla que solo ella sabía que estaba en curso.
—¿De qué quieres hablar, Stefani?
Control. Desde la primera palabra.
—De nosotras.
Ese nosotras le sonó a chiste interno. Uno peligroso.
—Charlotte… esto se ha vuelto más complicado de lo que esperaba. No puedo seguir evitándote. Necesito saber qué significa para ti todo esto.