Charlotte vuelve a Nueva York sin transición emocional. No hay alivio ni nostalgia; hay acumulación. El trabajo la golpea de frente durante los primeros días como una marea contenida demasiado tiempo. Reuniones encadenadas, exposiciones ante consejos que no necesitan convencimiento pero sí confirmación, listados globales que se actualizan con la precisión de un pulso que nunca se detiene. Interscope, sus negocios personales, acuerdos familiares. Todo exige presencia inmediata y absoluta.
Está revisando un informe cuando entra la videollamada.
No hay aviso previo.
Charlotte se detiene apenas un segundo. Cierra el archivo. Deja el computador a un lado y acepta. Es extraño. Solo Sophia llama sin anunciarse. Los demás saben mejor.
La imagen de Evelyn aparece en la pantalla con una sonrisa forzada, cordial hasta el cansancio.
—Hola, Charlotte… —empieza—. Quería saber cómo estás, cómo fue el regreso…
—¿Qué sucede? —interrumpe Charlotte, sin levantar la voz, sin rodeos.
Evelyn parpadea. Suspira. La cordialidad se desarma un poco.
—No me he estado sintiendo bien —dice finalmente.
—¿No tienes una terapeuta con quien hablar de eso? —responde Charlotte, directa, casi clínica.
El silencio se instala. No es largo, pero pesa. Evelyn parece intimidada, aunque decide continuar.
—Sophia se escapó el fin de semana pasado —dice al fin—. Pasó dos noches fuera. Con el celular apagado. Apareció el lunes de madrugada, como si nada, lista para vestirse e ir a la escuela.
Charlotte no cambia de expresión.
—¿Dónde estuvo?
—No lo sabemos. No quiere decirlo. Tampoco con quién. Y… —Evelyn duda— gastó treinta mil dólares en dos días.
Charlotte ladea apenas la cabeza.
—¿Cuánto?
—Treinta mil —repite Evelyn.
Charlotte asiente una sola vez.
—Yo hablo con ella.
Evelyn se relaja apenas.
—Te lo agradecería, cariño.
Hace una pausa. Duda. Luego añade, como si no quisiera, pero supiera que debe hacerlo:
—Ah… y Richard necesita hablar contigo.
Charlotte alza la mirada por primera vez desde que inició la llamada.
—¿Sobre qué?
—No lo dijo —responde Evelyn—. Solo… insistió en que era importante.
Charlotte asiente una vez más, seca.
—Que me escriba.
Evelyn abre la boca, quizá para decir algo más, pero Charlotte ya ha tomado una decisión.
Corta la llamada sin despedirse.
De inmediato marca otro número.
La pantalla se ilumina y el rostro de Sophia aparece con esa sonrisa instantánea que siempre reserva para ella. Los ojos le brillan, como si hubiera conseguido exactamente lo que buscaba.
Charlotte no responde al gesto.
—¿Qué crees que estás haciendo? —pregunta, sin saludo previo.
Sophia ladea la cabeza, exageradamente inocente.
—¿De qué hablas?
—Ya tengo los reportes de la tarjeta —continúa Charlotte—. El fin de semana fuera. El celular apagado. El dinero.
Sophia no se molesta en negar nada.
—Me quedé en un hotel —dice—. Y los treinta mil fueron en ropa, zapatos y una computadora nueva. Tarde o temprano alguien iba a comprármela.
Charlotte la observa en silencio, midiendo cada palabra antes de hablar.
—¿En qué estabas pensando? —dice al fin—. ¿Un hotel? Apenas vas a cumplir quince años.
Sophia se encoge de hombros.
—El dinero no pide identificación.
Charlotte siente esa mezcla conocida: orgullo y furia. Ama que Sophia no necesite ADN Queen para entender el poder. Detesta que no vea el peligro. Que cruce normas como si no existieran consecuencias.
—Vas a empezar a comportarte —sentencia—. Esto no vuelve a pasar.
Sophia sonríe, traviesa, satisfecha. La sonrisa de quien consiguió exactamente la reacción que buscaba.
Charlotte la fulmina con la mirada.
—Eso no funciona conmigo —dice Sophia, divertida.
Ambas cuelgan al mismo tiempo.
Charlotte no se queda mirando la pantalla. Vuelve al trabajo sin transición. No hay descanso esa semana. Ni uno solo. Entre Interscope, asuntos personales, responsabilidades familiares y Sophia probando límites con precisión quirúrgica, apenas encuentra espacios para respirar.
Y aun así, sigue.
Como siempre.
Sabe que el territorio propio no se defiende con explicaciones.
Se defiende estando presente.
Finalmente llega el día de volver a la gira.
Charlotte despierta temprano, como siempre. No porque el cuerpo lo exija, sino porque la costumbre es una forma de dominio. La semana en Nueva York ha sido densa, exigente, saturada de responsabilidades que no admiten dilatación. Reuniones interminables, decisiones cruzadas, exposición constante. Y, aun así, no recuerda haber estado tan dispuesta a hacer algo que no es estrictamente lo suyo como en ese momento.
No va a trabajar.
Va a jugar.
Lo reconoce sin culpa. Hay una necesidad clara, física, precisa, que no se disfraza de nostalgia ni de apego. Su cuerpo la pide y su mente ya resolvió cómo atenderla. No improvisa. Nunca lo hace.
Se ducha sin prisa. Agua caliente, suficiente para despejar sin borrar la intención. Café cargado. Agenda revisada por última vez. Luego arma un par de maletas con meticulosidad casi quirúrgica. Todo lo necesario. Nada de más. Charlotte no viaja con incertidumbre.
A media mañana está lista.
El chofer sube por las maletas y la conduce hasta el edificio de Stefani. Charlotte observa la ciudad desde el asiento trasero con una calma particular. No piensa en el reencuentro como algo emocional. Piensa en ritmo, en timing, en el efecto exacto de aparecer sin aviso.
En la puerta la recibe uno de los hombres de seguridad de Stefani. No es Ed. No es Peter. Otro. Suficientemente atento. Suficientemente discreto. Toma las maletas, la acompaña hasta el piso correspondiente y abre la puerta sin hacer preguntas.
Charlotte entra primero.
La sonrisa traviesa aparece de inmediato al verla.