Charlotte

Capítulo 119. — La pieza que faltaba.

Charlotte percibe el cambio antes de que Stefani diga una sola palabra de más. No necesita mirarla directamente; le basta ese desfase mínimo entre gesto y silencio, esa rigidez apenas perceptible que delata a quien está cargando algo que todavía no sabe cómo soltar. Charlotte no interrumpe. No invade. Espera. Siempre espera.

—¿Stefani? —pregunta al final, con voz tranquila—. ¿Todo bien?

No es una pregunta empática ni casual. Es una apertura medida, colocada con precisión quirúrgica. Stefani responde que sí, sonríe, y Charlotte detecta la incongruencia al instante. No la señala. No la corrige. Sonríe también. La observa desde el asiento contiguo mientras el coche se detiene frente al hotel.

Hay algo en Stefani —una mezcla de tensión, cansancio y necesidad— que Charlotte reconoce sin esfuerzo. No porque lo haya vivido igual, sino porque ha aprendido a identificarlo en otros. Y siempre lo registra.

—Sabes que algo te preocupa —dice, ya más directa—. ¿Quieres hablar?

No insiste. No presiona. Deja la opción suspendida en el aire, como hace con todo lo que importa.

El ascensor sube en silencio. Charlotte se mantiene erguida, contenida, consciente de cada microgesto, de cada pausa que Stefani alarga más de lo necesario. Cuando llegan al piso y se detienen frente a la puerta, Charlotte asume que ese es el cierre natural de la noche.

Hasta que Stefani se vuelve.

Charlotte levanta la mirada y el aire cambia. No hay palabras todavía, pero hay una corriente clara, inmediata. Charlotte no se mueve. No necesita hacerlo. Sabe esperar.

Da un paso lento hacia ella, acortando la distancia lo justo. Nada en su cuerpo es impulsivo; todo responde a una lectura previa.

—¿Vas a contarme… —dice, con esa cadencia suya que nunca termina de sonar a pregunta— o vas a querer que te soborne por la información?

El tono es bajo, cargado, deliberadamente ambiguo. Charlotte se acerca un poco más, hasta quedar apenas a centímetros.

—¿Quieres que pase?

Stefani se hace a un lado y Charlotte entra sin vacilar. No observa el lugar como si fuera ajeno; camina como quien ya decidió quedarse. Se mueve con una familiaridad que no pide permiso. Se quita la ropa con movimientos lentos, conscientes, se detiene de espaldas, deja que Stefani la mire. Cuando se gira, sonríe.

—Ven aquí.

No es una invitación. Es una indicación clara.

Charlotte permite que Stefani se acerque con urgencia, con hambre. Esta vez no marca el ritmo. Lo cede. Observa cómo Stefani la busca como si necesitara dejar de pensar, de sostener, de cargar. Charlotte lo entiende. No lo juzga. No lo romantiza.

Más tarde, cuando Stefani está exhausta, Charlotte sigue presente, despierta, atenta. Escucha sin interrumpir, sin corregir, mientras Stefani habla del cansancio, del ruido, de la semana imposible.

—Hoy… no eres tú —dice Charlotte en un momento—. ¿Es tu chica otra vez?

Stefani asiente.

—Cuéntame —añade Charlotte—. Háblame de ella.

Escucha todo con la misma atención con la que escucha un informe importante. No hay prisa. No hay reacciones innecesarias. Cuando Stefani dice el nombre, algo se ordena de inmediato.

Charlotte lo repite en voz baja, y su mente —rápida, implacable— conecta los puntos sin esfuerzo.

Tara.

La mesera.

El restaurante.

Aquel primer almuerzo.

La rubia que no hablaba demasiado, pero observaba lo suficiente.

No hay sorpresa exagerada. No hay celos. Hay reconocimiento.

—¿Tara…? —dice—. ¿La rubia del restaurante?

Ahí encaja todo.

Charlotte no sonríe por Stefani. Sonríe por la claridad. Porque ahora el rompecabezas tiene forma completa. Porque una ficha nueva que acaba de aparecer en el tablero, y con ella, una serie de posibles movimientos.

No decide nada aún.

Considera.

Evalúa contactos. Rutas. Consecuencias. No para intervenir, no todavía. Solo para saber qué podría hacer si decidiera hacerlo. El poder real, para Charlotte, nunca está en mover piezas de inmediato, sino en saber que puede hacerlo.

Se incorpora y comienza a vestirse. Pantalones. Camisa. Todo vuelve a su sitio con la misma naturalidad de siempre.

—¿Te vas? —pregunta Stefani.

Charlotte la mira mientras se abotona la camisa.

—¿Notas que esta es tu habitación? —responde—. En la mía sería distinto.

No hay reproche. Hay lógica.

Se acerca a la cama, esta vez con una expresión más seria, menos lúdica.

—No te culpes por necesitar escapar —dice—. A veces todos lo hacemos.

Stefani guarda silencio.

—Aún no sé de qué huyes tú.

Charlotte sostiene la mirada solo un instante. El suficiente para dejar claro que esa frontera sigue intacta.

—Aún no, Stef.

Es todo.

Cuando Stefani agradece, Charlotte no dramatiza ni suaviza el gesto.

—Estoy aquí cuando me necesitas —dice, sin promesas.

Se dirige a la puerta. Antes de salir, se vuelve una última vez. No para despedirse, sino para confirmar. Luego se va.

Con la información ordenada.
Con el tablero completo.
Y con la tranquilidad peligrosa de quien sabe que, ahora sí, tiene todas las piezas.

Charlotte entra a su habitación y cierra la puerta sin hacer ruido. No enciende luces innecesarias. No se detiene a quitarse el abrigo. El gesto no es impulsivo; es automático, casi mecánico. La decisión ya fue tomada en el instante anterior, mucho antes de cruzar el pasillo. Ahora solo queda ejecutar.

Camina directo hacia la maleta abierta sobre el soporte, la que había dejado preparada para el resto de la gira. La observa apenas un segundo y luego la gira con un movimiento seco, como si ese equipaje ya no respondiera al plan actual. Toma otra, más pequeña, más funcional. La coloca sobre la cama y comienza a llenarla con precisión quirúrgica.

No hay prisa, pero tampoco dudas.

Dobla la ropa con el mismo cuidado con el que ordena información: solo lo necesario, nada superfluo. Cambios exactos. Documentos. Un par de carpetas delgadas. El iPad. El cargador correcto. Todo entra en un orden que no admite correcciones.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.