La mañana siguiente en Nueva York no trae novedad alguna para Charlotte.
Despierta a la hora de siempre, incluso un poco antes. No hay jet lag que la afecte ni decisión pendiente que la distraiga. La ciudad sigue ahí, exactamente donde la dejó.
Llega a la oficina temprano. Antes que casi todos. Como es costumbre.
El edificio está en ese punto intermedio entre el silencio nocturno y el bullicio ejecutivo. Charlotte cruza el lobby sin detenerse, saluda apenas con la cabeza y sube directo a su piso. Cuando entra a su oficina, la secretaria ya la está esperando con una tablet en la mano.
—Este es el correo definitivo para NYU —dice, caminando junto a ella—. La propuesta formal para la conferencia de Stefani en el campus. Ajusté el tono: nada promocional, enfoque académico, impacto cultural y diálogo con la industria.
Charlotte lee rápido. No revisa palabras: revisa intención.
—Está bien —dice—. Envíalo.
La secretaria asiente y la sigue al interior de la oficina mientras continúa con la agenda.
—A las diez tienes legal. A las once Asia por videollamada. Zurich confirmó para el jueves.
Hace una pausa breve, casi medida.
—Ah… Adele estuvo hace unos días en el estudio. Preguntó por usted. Dejó saludos y pregunto si puede devolverle las llamadas.
Charlotte se quita el abrigo y lo deja en el respaldo de la silla. Asiente una sola vez.
No comenta nada.
Adele no es solo una artista. Es un ancla. Una época. Un tiempo en el que Jonathan todavía estaba vivo, todavía discutían, todavía había cosas que dolían distinto. Charlotte no se permite ir ahí. No ahora. Quizá nunca.
Se sienta tras el escritorio. Alinea un par de carpetas. Endereza el teléfono.
—Y una cosa más —añade la secretaria—. El señor Queen llamó. Dijo que antes de agendar algo para mañana, lo llame primero. Insistió en que es importante.
Charlotte vuelve a asentir.
—Gracias.
La secretaria se retira, cerrando la puerta con cuidado. El silencio queda suspendido apenas un segundo.
Charlotte toma el móvil y marca.
Richard contesta de inmediato.
No hay saludos. Nunca los hay.
—Hay una gala benéfica en Mayo. Esta noche —dice él, directo—. La invitación llegó hace meses. Tu madre y yo pensábamos asistir, pero ella no se ha estado sintiendo bien. Necesitamos que vayas por nosotros.
Charlotte se recuesta apenas en la silla.
—¿Crees que sigo siendo la niña de quince años sin agenda —responde— a la que le decías qué hacer?
La voz de Richard se endurece lo justo.
—No. Te estoy pidiendo un favor.
—Un favor al que no puedo decir que no —lo interrumpe Charlotte—. ¿Por qué no mandas un cheque y ya?
—Vamos a hacer un donativo importante —responde él—. Pero no es solo eso. Gracias a ese lugar tienes una hermana.
El silencio cae.
Charlotte no necesita el recordatorio. Nunca lo ha necesitado.
Recuerda a Sophia diminuta, frágil, sostenida contra su pecho como si el mundo pudiera romperla con solo mirarla. Ese recuerdo vive ahí, fijo, intacto.
Y recuerda también a Giulia.
Ese mismo lugar.
Lo que nunca se dijo.
Lo que se quebró la última vez que estuvo ahí.
—¿Puedo contar contigo? —pregunta Richard al fin.
Charlotte no responde de inmediato. Mira el escritorio. El reflejo de la ciudad en el vidrio.
—¿De cuánto dinero estamos hablando? —pregunta.
—Quinientos mil.
Charlotte asiente, aunque él no pueda verla. Quizá convenciéndose a sí misma.
—Sí —dice finalmente, firme.
Corta la llamada.
Apenas la llamada se corta, Charlotte no se queda mirando el teléfono. No lo deja reposar sobre el escritorio como si pesara. Actúa.
Pulsa el intercomunicador.
—Prepara un vuelo privado —dice—. Solo para mí. Antes de las diez de la mañana.
No levanta la voz. No da explicaciones.
—Pospón las citas presenciales de hoy —continúa—. Reagenda lo que se pueda en formato virtual. Lo demás, muévelo para antes de que vuelva a irme.
Hace una pausa mínima, la suficiente para cambiar de tablero.
—Necesito una suite en Arizona. Lo más cerca posible de la Clínica Mayo. Esta misma noche. Un estilista. Un maquillista. Y un coche con chofer, disponible desde que aterrice.
Silencio al otro lado. Luego, obediencia.
—Me encargo de todo —responde la secretaria.
Charlotte, corta.
No hay dramatismo. No hay duda. El favor ya está aceptado; ahora se convierte en logística.
Antes de que la tarde termine de caer, el avión desciende sobre Arizona con la suavidad de una decisión bien ejecutada. La pista está despejada. El coche la espera con el motor encendido. Todo está coordinado como si hubiera sido planeado con semanas de antelación, y no en una mañana tensa en Nueva York.
Charlotte sube sin mirar alrededor.
Desde ese momento, todo se pone en marcha.
La suite es amplia, silenciosa, perfectamente impersonal. No hay rastro de clínica, ni de hospital. Podría ser un hotel de lujo en cualquier ciudad del mundo. Apenas entra, nota que el equipo ya está instalado: maletas abiertas, luces portátiles, brochas alineadas como instrumentos quirúrgicos.
Sobre la cama hay varias opciones de gala, dispuestas con criterio: vestidos oscuros, cortes impecables, telas que no buscan atención, pero la dominan cuando alguien sabe llevarlas.
Una mesa completa está cubierta de maquillaje, joyería mínima, zapatos. Nada exagerado. Nada barato.
Charlotte deja el bolso a un lado y se sienta apenas un momento, celular en mano. Responde correos. Confirma dos decisiones más. Cancela una cena futura sin explicación.
El estilista trabaja en silencio. El maquillaje avanza sin preguntas innecesarias.
Cuando el cabello está listo —recogido con estructura limpia, sin concesiones románticas— y el maquillaje apenas a medias, llega el momento de decidir.
Charlotte se pone de pie y observa las opciones sin tocar ninguna al principio.