Charlotte vuelve a Nueva York a la mañana siguiente sin dramatizar la partida. El trayecto es limpio, funcional, como todo lo que hace cuando decide no mirar atrás. Permanece allí un día más —apenas uno— y lo llena hasta el borde. Reuniones encadenadas. Llamadas que no admiten pausas. Documentos que exigen firma inmediata. Cualquier cosa que mantenga a Giulia exactamente donde ha estado durante más de diez años: en el pasado.
No lo logra del todo.
Giulia aparece en los intersticios. En los silencios entre correos. En el segundo extra que tarda en responder una pregunta simple. Charlotte lo nota y redobla la carga. Trabaja cada hora disponible como si la disciplina pudiera sellar una fisura que no debería existir. Como si la voluntad bastara.
Cuando el avión aterriza —siguiente parada de la gira de Stefani—, Charlotte está cansada de una manera que no reconoce como física. El hotel es impecable, el ritmo se reanuda sin fricciones, la maquinaria vuelve a girar.
Durante el almuerzo, Charlotte nota la ausencia antes de que nadie la mencione. Stefani no baja. Tampoco lo hace para la cena.
No pregunta de inmediato. Observa. Espera. Cuando el plato queda a medio terminar y el gesto ya no admite excusas, mira a Sonja.
—¿Stefani?
Sonja responde sin rodeos, pero sin detalles.
—Vuelve mañana por la mañana.
Charlotte asiente. No insiste. Pero el tablero se mueve.
Con la cena todavía frente a ella, toma el móvil.
Charlotte:
¿Estamos jugando al gato y al ratón?
La respuesta no tarda.
Stefani:
Espero ser yo el gato y no el ratón.
Charlotte sonríe apenas. Escribe sin pensarlo demasiado.
Charlotte:
El ratón tiene su magia.
Lo sabes.
Deja el teléfono boca abajo. No espera más.
Esa noche se va a la cama con algo que no es culpa ni deseo: es un recuerdo persistente. Un “no” de Giulia. No a hablar. No a aclarar. No a remendar. La negativa se le queda adherida de una forma extraña, incómoda, casi ajena a ella. Charlotte no está acostumbrada a cargar con negativas que no pueda mover.
Despierta antes del sol, como siempre.
Podría bajar a desayunar. Podría cruzarse con Stefani. No lo hace. Pide el desayuno a la habitación, trabaja desde ahí, ordena lo que quedó pendiente, revisa cifras que no necesitan revisión. Mantiene la distancia como quien respeta una línea invisible… o como quien no sabe todavía qué hacer con ella.
El día avanza.
Ensayos. Prueba de sonido. El estadio empieza a llenarse de voces y expectativa. Los fans se agrupan en las puertas desde temprano. Charlotte no aparece.
Hasta casi las ocho de la noche.
Entonces entra al estadio sin anuncio y camina directo al camerino. La puerta se abre y la ve.
Charlotte sonríe al instante. No lo planea. No lo controla. Stefani, sin que Charlotte lo admita siquiera de forma interna, es un respiro. Uno juguetón, liviano, posible.
Stefani sonríe también.
Y luego, sin transición, corre hacia ella.
La abraza con fuerza. Se aferra como si necesitara aire después de haber estado demasiado tiempo bajo el agua. Hay desesperación en el gesto. Alivio. Una necesidad cruda que no se disfraza.
Charlotte corresponde el abrazo, por reflejo, por presencia, por cuidado. Pero el gesto la descoloca. Las demostraciones de afecto no son lo suyo. No así. No incluso estando solas en ese camerino.
Permanece un segundo más de lo habitual. Luego se separa apenas, lo justo para mirarla.
—¿Qué sucede? —pregunta al fin.
La voz es baja. Directa. Sin ironía.
Y esta vez, Charlotte no está jugando.
Charlotte no se aparta cuando Stefani empieza a hablar. La deja quedarse ahí, con la frente apoyada contra su pecho, la voz rota, el cuerpo temblando apenas.
—Todo está tan complicado —dice Stefani, casi sin aire—. No sé qué hacer. Siento que todo se está desmoronando.
Charlotte no responde de inmediato. Apoya una mano en su cabello, despacio, quizás entendiendo más de lo que se permitía reconocer, la posición de Stefani. La sostiene con fuerza, como si supiera exactamente cuánto peso puede cargar sin romperse ni romperla.
—¿Qué pasó? —pregunta al fin.
—Tara… —el nombre sale entre sollozos—. Ella… tiene a alguien.
Charlotte no cambia la expresión. Pero sus dedos se detienen apenas un segundo antes de reanudar el gesto.
Stefani se separa lo justo para mirarla. Charlotte baja el rostro, obligándola a sostenerle la mirada.
—¿Estabas en Nueva York? —pregunta Charlotte.
Stefani asiente.
—Se vieron.
—En realidad… los vi.
Charlotte ladea la cabeza apenas.
—¿Es un chico?
Stefani vuelve a asentir, insegura.
—Quizás…
—No —la corta Stefani, apartándose un paso—. No la justifiques.
La ironía aparece en su sonrisa antes que en la voz.
—¿Y tú y yo qué? —pregunta Charlotte, confundida—. ¿Me lo imaginé?
Charlotte sonríe más amplio, peligrosamente tranquilo. Alza la mano y le acaricia el mentón con un gesto lento, deliberado.
—Ambas están solas —dice—. Y ella tiene derecho.
—Pero…
—Pero nada —interrumpe Charlotte, ya sin suavizar—. Tú y yo ya perdimos la cuenta de cuántas noches hemos pasado juntas. Y si hay algo de lo que estoy segura es de que sigues amándola.
La mira fijo. Azul sobre verde. Sin pestañear.
—¿Cuál es el problema con que Tara tenga a alguien? Si de verdad quieres estar con ella, ¿qué importa con quién durmió? Tú tampoco duermes sola.
Stefani la observa como si no la reconociera del todo. La intensidad en los ojos de Charlotte no es nueva, pero esta vez tiene algo distinto. No es juicio. No es burla. Es molestia contenida.
—¿Lo siento? —dice Stefani, con cautela—. ¿Prefieres que no hablemos de esto?